Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Meryn

Los aposentos del alfa soberano son prácticos, con una decoración austera y unas puertas anchas que ocupan toda una pared y dan directamente a los jardines.

Cuantos menos adornos, menos probabilidades de que algún objeto como un candelabro o una lámpara de araña se rompa sacudido por la cola de un lobo.

La amplitud de las puertas facilita el acceso de Anassa.

No obstante, cuenta con algún que otro lujo.

El primero es un dormitorio anexo a la sala de estar en el que hay una cama enorme, tanto que Anassa casi podría tumbarse en ella.

El segundo, la chimenea con los cuatro emblemas de las manadas tallados, rodeada de sillones bien acolchados.

El tercero es un cuarto de baño gigante con una bañera hundida en el suelo en la que pasaré una eternidad antes de ponerme ropa limpia.

Y, por último, un vasto escritorio de madera en cuyo lateral destaca un grabado exquisitamente detallado de una manada de lobos corriendo.

Paso la yema del dedo por las hendiduras de la madera mientras me siento para ojear los libros que me ha dado la senescal Alienor.

Cuando aún no he conseguido sacar mucho en claro, unos suaves golpes procedentes del exterior me hacen levantar la cabeza y frotarme los ojos.

Es Anassa; no necesito mirar para saberlo.

Tras deslizar el pesado cerrojo hacia la izquierda, abro las puertas, que emiten un pequeño quejido.

Estas se abren hacia la hierba y dan paso a mi loba huargo, que no tarda ni medio segundo en entrar.

El movimiento de su cola me acaricia a medida que se adentra en la estancia con el repiqueteo de sus uñas sobre la piedra.

La ansiedad en mi pecho no se disipa a pesar del alivio que me hace relajar los hombros al verla.

Han pasado muchas cosas en muy poco tiempo, y ni siquiera hemos tenido la oportunidad de hablar.

Sin embargo, al verla, vuelvo a respirar.

Ha sido así desde que la verdad salió a la luz.

Una brisa fresca se cuela por las puertas abiertas y agita su pelaje y mi cabello, ambos de un blanco plateado capaz, aun así, de reflejar tonos cobrizos a la luz del fuego.

Es la hora. Tenemos que soltarlo todo.

—Soy consciente de que mucho de lo ocurrido en los últimos cuatro meses ha sido culpa mía —le digo, dando el primer paso.

Pronuncio las palabras en voz alta, no solo por el vínculo. Así se vuelven más indelebles; no se diluirán en la nada como si fueran un pensamiento. Aprecio el peso de cada sílaba en mi boca.

Los ojos dorados de Anassa se desorbitan. Baja la cabeza para mirarme de forma más directa.

A veces es difícil hablarle de este modo.

Sus expresiones, atenuadas aún más por su pelaje y sus rasgos caninos, resultan sutiles.

Si no está dispuesta a compartir sus emociones a través del vínculo, yo podría interpretar cualquier cosa de las pequeñas reacciones en sus ojos y orejas, desde asombro hasta ira.

Trago saliva y continúo:

—Tardé demasiado en aceptar nuestro vínculo y más aún en averiguar cómo comunicarme contigo de forma adecuada.

Quizá todavía no… —Sacudo la cabeza y me doy la vuelta—.

He cometido errores, y no he sido sincera conmigo misma ni con los demás.

Así que voy a ponerle fin a eso. A partir de ahora, quiero que haya total sinceridad entre nosotras, Anassa.

—Ella entorna los ojos. Joder. Pues nada, a seguir—.

Dicho eso, debo confesar… —Qué duro es esto.

Pero sinceridad, sinceridad— que me sentó fatal que me trataras como lo hiciste.

Sé que no podías decirme nada por el maleficio de sangre, pero más de una vez tuve la impresión de que estabas en mi contra. Y no entiendo por qué actuaste así.

Transcurre un largo silencio. La chimenea crepita y las llamas se sacuden con tanta fuerza que lanzan un par de ascuas sobre la piedra. Contemplo cómo se desvanecen hasta que no son más que hollín y percibo el movimiento de Anassa.

Se acerca un poco y se sienta en el suelo, a mis pies. Se agacha hasta quedar a mi altura. Juraría que lo que reflejan sus ojos es solemnidad.

Quizá atisbar sus emociones no sea tan difícil como creía.

«He estado sola mucho tiempo, Meryn», me dice ella.

Las palabras se me clavan en el alma.

Sola .

Recuerdo lo que dijeron los otros reclutas cuando llegamos a la cima del Ascenso. Anassa había estado en lo alto de esa montaña años y años. Y, la primera vez que la vi, estaba separada de los demás lobos huargo.

Tenía pareja, sí, pero esta se encontraba lejos de ella, en el frente con su jinete.

«Mi madre era la loba vinculada a la reina Chiara Hielormenta», revela Anassa.

Me quedo boquiabierta. La madre de Anassa estuvo vinculada a la última reina verdadera de Nocturna. Noto una presión en el pecho. Algo conocido, pesado y frío .

Duelo… Esa laceración que se debilita con el tiempo, pero que nunca termina de sanar.

Mi corazón se abre a Anassa como una flor acostumbrada a la oscuridad se abre ante la primera caricia del sol.

«Los lobos huargo tenemos una esperanza de vida sorprendentemente larga, como ya sabes. Podemos vivir miles de años en busca del jinete apropiado. Solo escogemos uno en la vida y ligamos nuestras existencia a él, así que debemos elegir bien. Y yo… —Parpadea despacio—. Yo pasé siglos esperándote».

Esperándome.

Siglos sola, a la espera de alguien que ni siquiera sabía con certeza que acudiría. Antes pensaba que Anassa era impaciente, pero soportó siglos y siglos de anhelo con tal de acabar juntas.

—¿Había otros huargos esperando? —pregunto—. ¿Otros lobos de tu edad?

«No».

Se me hace un nudo en la garganta. Qué solitario debe de haber sido eso.

Siento una gélida ola de vergüenza. Podría haber estado al corriente de esto si no hubiera tardado tanto en preguntarle, si hubiera estado más interesada en la historia de los lobos huargo, si me hubiera esforzado más por conocer al ser al que acababa de unir a mi vida.

Es difícil que la curiosidad o las indagaciones cobren fuerza cuando tu día a día consiste en una batalla por sobrevivir, pero eso no lo excusa. De ahora en adelante, tengo que hacer las cosas mejor, no solo con Anassa, sino con todo.

«Stark y Cratos me informaron de tu llegada, así que estaba preparada para vincularme a ti. Pero, después de tanto tiempo, resultó que me ligaba a una jinete que no quería serlo».

Otro fracaso. Stark dijo algo por el estilo. Que se había pasado la vida a la espera de que una descendiente Hielormenta se vinculara para acabar teniéndome a mí , un desastre con patas.

«Lo herida que me sentí, Meryn… —Anassa apoya el hocico en el suelo, cierra los ojos y suelta un cálido suspiro—. Mi instinto tomó las riendas. Habría hecho lo que fuera para detener la agonía de tu resentimiento y tu rechazo. O mantenía las distancias o te rajaba la garganta».

Empiezan a arderme los ojos. Alargo la mano para acariciar el pelaje tras sus orejas.

—Gracias por no matarme —digo en voz baja—. Aunque probablemente lo mereciera.

«Somos parecidas —me dice Anassa, y mi primer impulso es discutírselo. No sé bajo qué premisa podría comparar su sabiduría ancestral con mi patética torpeza. Pero entonces añade—: Somos impulsivas y obstinadas, cualidades en las que ambas deberíamos trabajar».

Me permito esbozar una tímida sonrisa.

—No siempre es una buena combinación.

«Es una combinación poderosa. Pero para que surta efecto, por supuesto, las dos tendremos que aprender a comunicarnos mejor —replica. Acerca más la cabeza; le agradan mis caricias—. Lo siento si mi comportamiento te hizo sufrir».

—Yo también lo siento. Tengo suerte de tenerte. Siempre la he tenido.

Anassa me busca con la cabeza y yo inclino la mía para apoyar la frente en la suya y aspirar el familiar aroma de su pelaje.

Mi loba huargo.

Me separo con delicadeza y, con cierto recelo, digo:

—Sobre Stark y Cratos… —No quiero ahondar en esta parte de la conversación, pero debo saberlo—. Lo que sentí en los calabozos, cuando retiraste tu coraza…

«Mi amor por Cratos —especifica ella—. El de pareja es un vínculo fuerte. Seguiré manteniéndote al margen de eso. Los huargos sabemos que nuestros vínculos de pareja pueden ser confusos para nuestros jinetes, sobre todo si a estos no los une ninguna relación romántica».

Trago saliva.

—¿Y… Stark? ¿Cratos también lo mantiene al margen de su amor por ti para que no le afecte?

Lo que di por hecho la primera vez que percibí el vínculo de pareja de Anassa fue que Stark había lidiado con esa sensación todo el tiempo desde que me vinculé a ella.

Sería un alivio saber que no es así.

Sigo sin saber muy bien qué pensar de él. Está claro que no es el enemigo que creí que era, pero apenas lo conozco…, más allá de la intimidad que me une ya a su perenne ceño fruncido y a lo mandón que me resulta.

No quiero que Stark suspire por mí en secreto. Ni siquiera me cae bien. Es un gilipollas insufrible. Por otra parte, que suspirara por mí en secreto ayudaría a dotar de sentido a ciertas cosas que han pasado entre nosotros.

Como el hambre voraz que pude apreciar en sus ojos cuando me lamió los tatuajes, o ese arrebato de calor que nos sobrevino esta tarde en su despacho cuando sostuvo mi mano contra su pecho.

Un ardor que ahora se extiende por mi vientre solo con pensar en que me toque.

Anassa bufa, con lo que su intenso aliento lobuno me golpea el rostro.

«No aseveraría nada respecto a la relación entre Stark y Cratos. El vínculo entre un lobo huargo y su jinete es privado, incluso para las duplas emparejadas. Si quieres conocer la respuesta a tu pregunta, deberás planteársela a Stark tú misma».

Sí, seguro que eso saldría genial: «Oye, Stark, solo por curiosidad, no sentirás una atracción implacable, abrumadora y profunda por mí constantemente, ¿no? ¿Por casualidad te mueres tanto por mí que te cuesta ser funcional?».

Aunque eso explicaría por qué su medio de comunicación favorito son los gruñidos.