Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Por cierto —prosigue Meryn, a quien esta conversación le está sentando de maravilla, a juzgar por lo revitalizada que se la ve—, respecto a los sirvientes: que sepan que quien quiera marcharse es libre de hacerlo.

No se los va a obligar a servir a alguien a quien no apoyan o a quien temen.

Quien desee dimitir, recibirá el salario de un mes y buenas referencias.

Hay mucha gente en Hielormenta deseosa de ocupar sus puestos; no tiene sentido forzarlos a quedarse en contra de su voluntad.

Sus palabras atenúan cierta presión que sentía en el pecho.

Después de lo que hemos presenciado en la arena, me preocupaba la posibilidad de haberle dado alas a otra tirana en ciernes.

Pero Meryn sí que parece que aspire a ser una clase de regente distinta.

Si voy a ponerme de parte de alguien y ofrecerme como su arma, tengo que saber que no me blandirá en la dirección equivocada.

Mis pensamientos recalan en la manera en que ha permitido que Jonah y los demás se fueran, mientras que cualquier otro gobernante —Cyril por descontado, e incluso la alfa soberana— habría exigido su ejecución inmediata.

Ella no; se quedó paralizada por el horror ante las muertes que ha causado, un horror tan grande que ha intentado contrarrestarlo hiriéndose a sí misma.

Una reina que de verdad sufre ante las vicisitudes de su pueblo…

Los latidos de mi corazón se vuelven dolorosos al mirarla ahora, con esos ojos pardos encendidos por la vehemencia y los pómulos sonrojados. Si se rodea de gente que fomente esa empatía, si no se deja corromper por el poder que ostenta…, ¿qué impacto podría llegar a tener en Nocturna?

—Se lo haré saber de inmediato —contesta la senescal Alienor antes de anotarlo en un papel—. De entre los criados que se queden, seleccionaremos a vuestra asistente personal. Ella y los demás se ocuparán de disponer los aposentos reales para vos.

Meryn palidece.

—¿Los aposentos del rey Cyril?

La senescal Alienor arquea una de sus cejas grises.

—Por supuesto. Por tradición siempre han sido las habitaciones del monarca.

—No —replica Meryn con firmeza—. Me quedaré en el ala regia del castillo para transmitir el mensaje apropiado, pero no en esas estancias. Ahora no. Es demasiado pronto.

—¿Qué tal los aposentos de la alfa soberana? —intervengo, y la senescal Alienor asiente. Me vuelvo hacia Meryn para explicárselo—: En esa parte del castillo hay una alcoba designada al alfa soberano de turno, de modo que pueda estar cerca de la familia real.

—¿Por qué no la acompañas allí ahora? —sugiere la senescal Alienor—. Enviaré a alguien para que prepare un baño y un atuendo de inmediato.

Los tres nos ponemos en pie, aunque los labios de la senescal se tensan en una fina línea; reflexiona. Abre la boca como con la intención de decir algo, pero entonces se reprime y niega con la cabeza.

—¿Qué? —la animo—. No es momento de andarnos con ceremonias, senescal Alienor.

Ella asiente en mi dirección y después mira a Meryn.

—Alteza, espero que os toméis esto como una muestra de amabilidad, puesto que lo es, pero parece que tenéis ciertas… lagunas de conocimiento respecto a la realeza y su proceder.

Meryn empieza a reír sin poder parar. Se dobla sobre sí misma mientras las lágrimas le bañan las mejillas y unas pequeñas risas escapan aún de su garganta.

La senescal Alienor me lanza una mirada alarmada y yo cojo a Meryn del brazo, lo que hace que sienta un cosquilleo allá donde se tocan nuestras pieles.

—Comportaos —murmuro—, alteza .

Meryn se yergue mientras se limpia las lágrimas.

—Disculpa, senescal Alienor, pero esa ha sido la forma más amable en la que alguien me ha dicho que soy una zafia ignorante, y eso que en los últimos meses me lo han dicho mucho.

La senescal Alienor se ruboriza.

—No pretendía ofenderos, de veras…

Pobre mujer. No tenía ni idea de que podía sentirse tan violenta. Pero, al parecer, Meryn Hielormenta tiene una habilidad única para inspirar sentimientos inesperados en cualquiera.

Meryn sacude una mano para interrumpirla.

—No hay ofensa. Es cierto; las lagunas en mi conocimiento son tan grandes que podrían ser océanos. Estaré agradecida de recibir cualquier instrucción que me ofrezcas y, si hay algún libro que deba leer mientras tanto, por favor, facilítamelo.

Con una tímida sonrisa, la senescal se apresura hacia la estantería, que reviste toda una pared, y saca unos cuantos volúmenes.

Después le entrega los libros a Meryn y nos conduce hasta la puerta antes de cerrarla con determinación a nuestras espaldas.

Sin duda se alegra de que esta reunión haya concluido sin que su cabeza haya rodado en el proceso.

De vuelta en el vestíbulo, guío a Meryn en silencio hasta los aposentos del alfa soberano, hago una reverencia y me giro para marcharme.

Pero ella suelta un ahogado:

—Para.

Me detengo, pero no me doy la vuelta.

—Gracias —dice ella—. Por todo.

Flexiono las manos al oírla. Echo los hombros un poco hacia atrás, alzo la cabeza y la miro.

Las lágrimas que ha derramado por la risa han dejado nuevas estelas brillantes sobre su tez mugrienta. Tiene los libros apretados contra el pecho, lo que resalta su escote. Parece una reina y, a la vez, está hecha una mierda. El ardor se apodera de mí, urgente e implacable.

Una vez más, me imagino el tipo de gobernante que puede ser.

Una que no tema hacer lo necesario por su gente, sea lo que sea; confiada y ecuánime; capaz de demandar justicia cuando sea menester, pero sin imbuirla de crueldad.

Podría ser todo eso y mucho más. El pensamiento brota veloz en mi mente, del todo indeseado: «Debe estar en un trono. Merece que la veneren».

Con la misma rapidez, resuelvo que tengo que mantener las distancias, por mucho que vaya a controlar su entorno para vigilarla y protegerla.

Porque sé qué es lo que ha pasado hoy en la arena.

Ha sido testigo de su propio poder, lo ha temido con toda la razón del mundo y pretendía desterrarlo, hasta que la he animado a abandonarse a la oscuridad.

La sangre mancha sus manos tanto como las mías.

—Lo que he dicho iba en serio —le recalco con una voz ronca que espero que enmascare el anhelo subyacente—. La próxima vez que algo te supere, búscame. Daremos con otros métodos para purgar tu dolor.

Después doy media vuelta y cruzo rápido el pasillo, esforzándome al máximo por no imaginar en qué podrían consistir esos métodos.