Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Una calidez me envuelve el corazón. ¿Notará la fuerza de mis latidos?

Reduzco la firmeza con la que la retengo, preocupado por que se desplome. Meryn respira de forma entrecortada mientras la tormenta de emociones que la sacude se apacigua despacio.

Bajo la vista hasta su mano ensangrentada y en carne viva para observar cómo se cura. Anassa está usando su magia con Meryn.

Detengo mis ojos en la mirada dorada de la loba.

—No vuelvas a hacer eso —le digo, ignorando el nudo de rabia que tengo en la garganta—. La próxima vez que intente hacerse daño, no debe hacerlo con la idea de que tu magia lo solucionará.

Meryn carraspea y se libera de mi agarre con los pómulos arrebolados.

—Estoy aquí en caso de que quieras decirme algo —me dice con los ojos pardos entornados—. No tienes que darle indicaciones a Anassa en mi lugar como si yo fuera una niña pequeña que necesita que la cuiden.

—Pues no te comportes como tal. ¿Ya has terminado de compadecerte? —espeto, y su mirada se vuelve más intensa. Bien. Está haciendo exactamente lo que tiene que hacer: enfadarse de nuevo. Ha recuperado su fuego—. Tienes un país entero que dirigir.

—Sí, ya está —responde, limpiándose la sangre de la mano en el vestido.

La contemplo con atención un momento para asegurarme de que lo dice en serio. Después, Meryn endereza su postura y aprieta los labios en un gesto un tanto cohibido.

—¿Y ahora qué hacemos?

Ha bajado un poco el tono. La lucha no ha cejado en su interior, pero al menos sabe que no es necesario que la vierta sobre mí. Suelto el aliento y me paso una mano por el pelo. Menuda pregunta. ¿Por dónde empezar?

—Hay que centrarse en tu coronación. —Ella parpadea, confusa—. No puedes proclamarte reina y ya —le explico, algo exasperado—. Debe haber una coronación previa.

Una risa contenida y amarga brota de sus labios.

—¿Y quién va a coronarme? Saqué esa corona de una maldita zanja —dice, señalando la corona boca abajo en el suelo—. El rey al que le arrebaté el poder ni siquiera está vivo.

Me agacho para coger la corona y dejarla con delicadeza en la mesa a nuestro lado, sobre una pila de libros. Al menos sí tengo una respuesta para eso. Siegrid se puso en contacto conmigo anoche, tras percibir la adulteración de los vínculos.

—La suma sacerdotisa de la orden de la Diosa Sin Rostro presidirá la ceremonia.

Meryn bufa.

—Y yo que creía que para ti lo de la Diosa Sin Rostro no eran más que «tonterías de plebeyos» —señala, rescatando unas palabras que yo mismo pronuncié en Tardorlin, cuando visitamos la célebre estatua de la Diosa.

Tiene razón. Lo pienso. Si de verdad hubiera alguna diosa benefactora, ¿por qué iba nuestro mundo a ser tan desastroso?

No. Las únicas deidades que hay ahí arriba son las que disfrutan al ver a sus juguetitos humanos matándose los unos a los otros.

Aunque no puedo culpar a nadie por aspirar a algo mejor.

Me encojo de hombros.

—Lo que yo piense da lo mismo. Lo importante es que tu coronación sea legítima a ojos de la gente de a pie, y la cabeza de la orden es la que ha supervisado las ceremonias de la realeza a lo largo de toda la historia.

La alfa soberana está en camino para asistir, y será ella quien escolte a la suma sacerdotisa hasta aquí.

Meryn frunce el ceño.

—Disculpa, ¿la alfa soberana? ¿Te refieres a tu madre?

Un pequeño músculo se me contrae en la mandíbula.

—Obvio. —Capto la risilla de Cratos a través del vínculo, pero la ignoro—.

Necesitaremos que asistan varios nobles para que la coronación sea legítima —prosigo—.

Será difícil convencerlos de que acudan.

Puede que no contemos con el respaldo de todos los feudos; es una posibilidad para la que debes prepararte.

Por suerte, Siegrid vendrá acompañada de Noemi desde el frente, lo cual debería sernos de ayuda. Siento calidez en el pecho al pensarlo. Han pasado meses desde la última vez que vi a Noemi y pude sostenerla en mis brazos.

Meryn asiente, rígida.

—¿Debería preocuparme por los demás vinculados después de lo que ha pasado en la arena? ¿Con… Jonah?

Ese trozo de mierda infecto. Tendría que haberlo liquidado durante las Pruebas cuando tuve ocasión.

Está mal visto que los instructores se carguen a los novatos, pero si un jinete no es apto para pertenecer a una manada, hay que tomar medidas.

Nunca me lo perdonaré. Cuando por fin acabe con él, lo haré con calma.

Cratos puede devorar sus entrañas mientras las tórtolas le picotean los ojos; su polla servirá de aperitivo para las ratas.

—No estoy seguro —respondo con sinceridad—. Lo que ha pasado en la arena…

—El Acero Feroz. —Meryn se sienta en el suelo y se acuna la cabeza con las manos—. Lo tuve en mi poder un día entero antes de que se rompiera. Ahora nadie creerá en mi legitimidad.

Alza su rostro manchado hacia mí. La devastación que se adivina en él me golpea con fuerza. Se apresura a explicar lo que sucedió cuando la espada se hizo pedazos, la claridad con la que sintió que su poder se corrompía y se extinguía.

—Es el brazalete —concluye en voz baja—. Sea la que sea la magia de sangre de los sifones que hay ahí dentro… se lo está cargando todo. ¿Habrá alguien que obedezca mis órdenes si ya no tengo el Acero Feroz?

Me encojo de hombros.

—Sabemos que el Acero Feroz existía en la época de las reinas Hielormenta, pero no sabemos cómo se utilizaba.

Al margen de eso, la gente te seguirá porque acabará aceptándote como su gobernante por derecho.

—Dibuja un mohín de escepticismo con los labios.

No puedo culparla—. La llegada de la alfa soberana calmará un poco las cosas —continúo—.

Nadie puede negar el poder que ostentas, y nadie se atrevería a hacer nada contra Siegrid.

Los vinculados la respetan y temen demasiado.

—Vale. —Meryn se mira el vestido harapiento que lleva—. Uf, necesito asearme y ponerme otra cosa.

Suspiro y le tiendo una mano para impulsarla a levantarse.

—Conozco a alguien que puede ayudarnos con eso.

Cratos y Anassa se marchan para ocuparse de los demás lobos y yo acompaño a Meryn por las intrincadas entrañas del castillo hasta que llegamos a un enorme portón de madera. Llamo.

—Adelante —dice una voz madura y aristocrática.

Accedemos a un despacho que da a los jardines delanteros, cubiertos de nieve y visibles a través de una pared repleta de ventanas ornamentadas.

La decoración resulta suntuosa sin llegar a ser opulenta.

El centro de la estancia está presidido por un hermoso escritorio tallado.

Tras él, una mujer mayor de mirada astuta y cabello gris recogido en un moño terso.

—Alteza —saluda la mujer a Meryn con una pronunciada reverencia.

—Esta es la senescal del castillo, Alienor Bernard —le digo a Meryn con un gesto para que tome asiento en una de las mullidas sillas azul cobalto frente al escritorio.

Nadie sabe muy bien cuántos años tiene Bernard; lleva en el cargo el tiempo suficiente como para que haya llegado a los ochenta, pero tiene el aspecto de una sexagenaria. Figura en mis recuerdos de la infancia. Nunca ha sido simpática, pero sí amable.

Meryn alza la vista, algo perpleja.

—¿La… senescal?

La senescal Alienor ladea la cabeza.

—Sí. Estoy a cargo del personal y de las instalaciones.

Yo carraspeo mientras me acomodo en la silla junto a la de Meryn y le indico a la senescal Alienor que se siente también.

—Eso es una descripción muy simplona de lo que haces. Es la responsable de todo lo que sucede en el castillo, desde la supervisión de la servidumbre hasta el proceder de los nobles y la realeza.

—Y ahora os sirvo a vos —le dice a Meryn con suavidad.

Puede que haya estado al servicio de los Valtiere durante décadas, pero La senescal Alienor es lo bastante lista como para saber lo que debe hacer si quiere conservar tanto su puesto como su cabeza.

No tardo en ponerla al corriente de las necesidades de Meryn: aposentos, vestuario, sirvientes.

—¿Habéis pensado en vuestro Consejo? —le pregunta la senescal Alienor a Meryn.

Meryn niega con la cabeza.

—Lo siento, no tengo muy claro qué quiere decir eso.

La mirada que me lanza la senescal Alienor es veloz, pero espero que Meryn no se haya percatado de ella, porque su significado está claro: esta mujer va a ser reina y no tiene ni idea de en qué consiste serlo.

Ni siquiera de lo más elemental. Una cosa es que la corona te llame, ser capaz de montar al lobo huargo más poderoso de los últimos siglos o tener sangre real en las venas y otra es saber gobernar.

Todos tenemos mucho trabajo por delante, especialmente Meryn.

Joder, más le vale estar dispuesta a aprender esta vez.

—El Consejo Palatino está constituido por vuestros asesores reales —explica la senescal Alienor con delicadeza, sin rastro alguno de crítica en la voz—.

El antiguo Consejo del rey Cyril lo conformábamos una servidora, el consejero Hielormenta, la alfa soberana Siegrid Therion y numerosos parientes suyos.

Meryn frunce el ceño.

—¿Para qué necesitaba a sus familiares?

—Para que lo aconsejaran sobre sus relaciones con la plebe y con los vinculados, y para supervisar la planificación de los eventos importantes y las ceremonias que se celebraran en el castillo.

—Vale —dice Meryn. Enmudece; lo que deja claro, al menos para mí, que está recibiendo orientación de Anassa—.

Os mantendré a ti y a la alfa soberana en el Consejo.

El consejero Hielormenta… En fin, supongo que también debería quedarse.

Deshazte de los familiares de los Valtiere; los sustituiré por asesores provisionales.

La senescal Alienor entrelaza las manos sobre el escritorio.

—¿Qué método preferiríais? ¿Decapitación? ¿Encarcelamiento? ¿Desmembramiento lobuno?

Meryn palidece.

—Diosa, no. Me refería a que… A que los saques de aquí. Que vuelvan al feudo del que hayan salido y listo. Sé cómo lidiaba el rey Cyril con sus asuntos, senescal Alienor, pero yo soy diferente.

Una pequeña sonrisa se conjura en el rostro de la senescal.

—Entendido.