Capítulo 4
Stark
En fin, vaya puto desastre.
En la arena impera el silencio tras la salida de Meryn; los presentes se la quedan mirando mudos de estupefacción. Dejo que se recreen en el desconcierto un momento, tal vez algo más.
Luego me canso de ver tantas caras de ignorancia y confusión. ¿Acaso no se han enterado de las órdenes?
—Ya habéis oído a vuestra reina —declaro en alto, y mi voz se extiende entre la multitud desde mi posición a lomos de Cratos—.
Phylax, ocupaos de los lobos caídos. Daemos, ayudad a los sirvientes con los cuerpos.
Cualquier graduado reciente de las Pruebas sigue teniendo que partir mañana, así que tanto Estrategos como Kryptos deben prepararse. Si no sois graduados recientes…
Al evaluar a la multitud, identifico a unos cuantos vinculados de más edad que vinieron para asistir a las ceremonias y establezco contacto visual con ellos.
—Salid cagando leches de aquí. Instructores vinculados, conmigo.
A lomos de sus lobos, los allí presentes se sobresaltan y se ponen en marcha. En mitad del jaleo, aparecen los tres instructores que supervisaron las pruebas con Aldrich y conmigo: Elinor Gardiner, la gamma de Phylax; Samson Whyte, el gamma de Kryptos; Daegan Prak, el gamma de Estrategos.
Samson es el primero en llegar junto a nosotros a lomos de su elegante lobo gris moteado. Daegan y Elinor le pisan los talones.
—Menuda forma de concluir las Pruebas este año.
Me mira con una de sus pálidas cejas enarcada en un rictus de desconcierto. Muy Kryptos por su parte. Nunca me ha caído demasiado bien esa sabandija, la verdad.
—Vigilad a vuestras manadas —les digo a los tres con tono áspero—. Todo lo que os ha mostrado es cierto.
—Yo me lo creo —responde Daegan de inmediato—. La alfa Meryn será muchas cosas, pero mentirosa no.
—La reina Meryn —le corrijo, lacónico.
Elinor, que no ha dejado de escrutar la arena, mantiene los labios apretados en una fina línea.
—Alfa Stark, os creo a ti… y a la reina Meryn…, pero… —Se muerde la lengua con un suspiro y después me mira con renovada determinación—. No quiero ser irrespetuosa, pero ¿ cómo esperas que vigilemos a nuestras manadas?
«Está preocupada. Solo es una gamma, y ni tú ni yo hemos podido controlar del todo a Daemos», interviene Cratos. Muestra los dientes en un gesto que hace que Elinor retroceda un poco, aunque sé que no va dirigido a ella.
Está furioso con los miembros de la manada que han tenido la osadía de desobedecer. En el pasado, por mucho que otro jinete y yo no estuviéramos de acuerdo en algo, Cratos siempre había sido capaz de doblegar al otro lobo en cuestión. Es parte de nuestro poder como dupla alfa.
O, al menos, se supone que debe serlo.
«¿Qué ha sido eso, Cratos? —le pregunto, asediado por una ira vengativa que arde en mis venas—. Cuando demos caza a esos mamones, porque se la daremos, dejaré que devores a sus jinetes con calma».
Cratos sacude su enorme cabeza lupina.
«No lo sé. Nadie debería poder resistirse a su alfa. Tal vez se deba a lo corruptos que están los canales de comunicación vinculados debido a la intromisión del sifón, o quizá tenga algo que ver con el Acero Feroz…».
Ver cómo un arma tan poderosa se hacía pedazos como si estuviera hecha de cristal ha sido inquietante, desde luego.
Pero ni siquiera antes de que yo me convirtiera en alfa había lobos que desobedecieran a Cratos; sabían que debían seguir sus órdenes. Era demasiado poderoso; siempre ha sido el de más envergadura, el más despiadado. Por eso resulta perturbador que haya lobos que quieran desafiarlo.
—Haced lo que podáis —le digo a Elinor—. Que sepan que, si no siguen vuestras órdenes, tendrán que responder ante mí.
Cratos suelta un potente ladrido y los lobos de los tres instructores retroceden de inmediato. Desde cada rincón de la arena nos llegan las miradas atemorizadas de los recién graduados.
Bien . Porque está claro que en los últimos cuatro meses no les han infundido el terror necesario.
Mientras los tres instructores se dan la vuelta para supervisar a sus manadas, Cratos se tensa debajo de mí, con las orejas hacia atrás de pronto.
«Meryn no está bien —informa—. Anassa la ha llevado a tu despacho».
Mierda.
«Enséñamelo».
Le había pedido a Cratos que mantuviera un muro alzado en cuanto Anassa se vinculó a ella. Nunca me había molestado que Cratos tuviera una pareja. Percibía el anhelo y la lujuria que sentía por ella, pero siempre como algo ajeno, que solo le concernía a él.
Y entonces Anassa escogió a Meryn.
Antes podía permitirme el lujo de apreciar ese fiero destello de sus ojos pardos en la distancia.
Podía admirar la carnosidad de sus labios sin perder de vista que la detestaba a más no poder.
El recordatorio de que mi vida estaba ligada a la suya, y de que ella no paraba de comportarse como una idiota, me ayudaba a aplacar esa atracción tan molesta.
El primer día fue una tortura. Cratos no había alzado el muro todavía.
Llegamos a lo alto de la cima y, en cuanto vi a Meryn en pie junto a Anassa y su cabello adoptó esa argéntea tonalidad blanquecina, algo animal se desató en mis entrañas.
Sentí la necesidad de cargar con ella al hombro y bajarla de la montaña yo mismo.
No… Lo que quería era dar con alguna cueva cercana y arrancarle la ropa con los dientes para enseñarle lo mucho que otro cuerpo puede ayudar a conservar el calor en mitad del frío.
Cratos tuvo que dar media vuelta para que yo pudiera tirarme en la nieve y congelar tanto mis impulsos como ese deseo tan irracional que se apoderó de cada rincón de mi mente. Fue doloroso . Un dolor que quizá no tuviese fin.
Ella estaba con alguien. Y me odiaba. Y yo la odiaba a ella; tan indisciplinada, con esa falta de control tan caótica que me volvía loco incluso entonces. Cratos se apiadó de mí y levantó un muro entre él y su conexión de pareja con Anassa.
Y ahí se quedó. Sus emociones más intensas lograban filtrarse de vez en cuando, pero, en general, mantuve mi mente protegida. Aun así, soy consciente de que esa… sensación solo está a una barrera de distancia.
Que la mitad del tiempo quisiera matarla también ayudó bastante.
Pero ahora el dolor que se apodera de mi corazón es tan vehemente que casi me doblo sobre mí mismo encima de Cratos. Se me acelera el corazón; se me revuelve el estómago. A lo que sigue un dolor físico: punzadas de angustia intercaladas con breves arrebatos de alivio.
Y entonces comprendo lo que está haciendo.
Pero no va a ser durante mi puta guardia.
—Vamos —ordeno.
Cratos no necesita que se lo repita; echa a correr lejos de la arena sin que le preocupe lo más mínimo la gente que todavía merodea por ahí, y a punto está de pisotear a varios vinculados.
En cuestión de minutos, llego a mi despacho, desmonto a toda prisa y abro la puerta sin miramientos. El crujido de la madera contra la pared no eclipsa el golpe seco del puño de Meryn contra la piedra.
Su corona dorada —la corona que tanto nos ha costado recuperar— está tirada en el suelo, olvidada. Ella misma podría pasar por un montón de tela debido a ese estúpido y aparatoso vestido que todavía lleva puesto.
Tiene los nudillos reventados. Al alzar la mano de nuevo, la sangre le resbala por la muñeca.
Una punzada de impotencia frustrada me aguijonea el pecho, tal como sucedió en aquella posada de Tardorlin cuando vi esas cicatrices plateadas y zigzagueantes en sus muslos; cicatrices provocadas por ella misma.
—Para. Ahora —exijo.
La necesidad de protegerla está sumamente arraigada en mí, ya sea por los años que he pasado entrenando para hacerlo o por el maldito vínculo de pareja.
Con los ojos anegados en lágrimas, aparta la mirada del suelo para fulminarme con ella y mascullar:
—¿O qué? ¿Me vas a obligar?
Requiero de toda mi fuerza de voluntad para no contestarle con la misma animadversión. Me pone de los nervios.
Estoy acostumbrado a estar al mando. Cuando le digo a alguien que haga algo, me hace caso. Y puede que esta maldita mujer cabezota me supere en rango, pero yo nunca he dejado que el rango se interponga en lo que hay que hacer.
—Sí —respondo mientras avanzo por la estancia.
Al acercarme a Meryn, su dulce aroma embriaga mi olfato con tal nitidez que casi tropiezo.
Me da vueltas la cabeza y caigo en la cuenta de que el muro entre nosotros sigue bajado.
Necesito de todo mi autocontrol para no lanzarme sobre ella, inmovilizarla bajo mi cuerpo y lamer la sangre de sus heridas.
«Cratos —siseo, con los ojos cerrados para reprimir otra oleada de deseo y sobreprotección—, me estás matando con esto».
«Perdón, lo siento». En su tono se advierte una nota de diversión, por lo que me pregunto hasta qué punto lo siente de verdad. Pero vuelve a alzar el muro; vuelvo a respirar.
Al abrir los ojos, dirijo una nueva mirada a Meryn.
—Tengo el deber de impedir que te hagan daño, aunque sea un daño que te estés causando tú misma.
—¡Vete a la mierda! —me grita antes de dar otro puñetazo al suelo. Su mano cruje.
Me cago en la puta. Llego hasta ella en dos zancadas. Se atreve a levantar el puño de nuevo, pero atrapo su muñeca. Se ve muy pequeña en mi mano, pero reconozco que tiene mucha fuerza cuando intenta soltarse.
—¡Que pares! —le ordeno otra vez al tiempo que la pongo en pie. Se resiste, con los labios apretados en una línea tenaz y petulante.
Meryn está tan decidida a causarse dolor que ni siquiera estoy seguro de que haya reparado del todo en mí. Me limito a sujetarla con más fuerza. ¿Que está obsesionada con hacer daño? Pues muy bien.
—¿Quieres golpear algo? ¿Herir a alguien? —tercio. Sin ningún miramiento, la acerco más a mí y ella trastabilla. Entonces tomo su mano (la que no está ensangrentada) y la estampo contra mi pecho—. Pégame a mí . Hazme daño a mí . Puedo aguantarlo.
Ella abre la boca y su resistencia se desvanece. Es como si por fin su mente la hubiera liberado para permitirle ocupar el resto de su cuerpo. Se relaja contra mí. Su mano, atrapada en la mía, mucho más grande, me resulta sorprendentemente suave.