Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

La penumbra que impera en la arena parece la de una tormenta que se hubiera formado sobre nuestras cabezas.

Todas y cada una de las sombras que hay en este vasto lugar se estiran y se distorsionan en mi dirección.

Avanzan de forma extraña, reptando hacia mi interior, envolviéndose las unas con las otras y enroscándose en mis extremidades como si fueran enredaderas.

«Ten cuidado —advierte Anassa—. Este no es un poder que sepas controlar. No sabes dónde comienza ni dónde acaba».

El fondo de mi oscuridad es interminable.

Eso sí lo noto. O podría serlo, si tuviera lo que hay que tener para aceptarlo con los brazos abiertos.

Pero ahora mismo… Ahora mismo sé exactamente dónde acaba.

Hay un punto preciso en el que la influencia de Killian ahoga y limita mis poderes.

Aun así, tengo acceso a mucho más de lo que nunca imaginé.

Al extender una mano envuelta en sombras, me quedo mirándola boquiabierta y fascinada. Percibo una palpitación en el pecho, como si la magia me impeliera a utilizarla, a asirla y liberarla.

—¡Cuidado! —vocifera alguien.

Yo me giro justo a tiempo de ver a tres de los camaradas de Jonah precipitarse sobre mí.

—¡Usa tu poder, Meryn! —urge Stark.

La ira se adueña de mis entrañas y, por primera vez desde que me quitaron la corona, las sombras obedecen. Alzo las manos en un instintivo gesto de protección.

«Parad», pienso.

«Parad», ordeno.

La fuerza estalla en las palmas de mis manos en forma de una inmensa e implacable ola de sombras.

Arrasa con los jinetes que tengo delante antes de desviarse en grandes círculos para engullir a más aliados de Jonah desperdigados por la arena.

Al principio, por cómo se solidifica el aire, me recuerda a las explosiones Daemos, aunque en esta ocasión ocurre a mayor escala y plantea una imagen bastante más perturbadora.

Yo disfruto del momento mientras la oscuridad de mi interior asciende con violencia hasta la superficie.

«Detenedlos», vuelvo a exigirles a las sombras.

Reaccionan obedientes, aunque guiadas por su propia voluntad; una que nace de mí pero, al mismo tiempo, existe más allá también.

Las sombras se repliegan junto a los lobos y sus jinetes, cuyos cuerpos empiezan a contorsionarse y a volar por los aires.

Una sinfonía de gritos retumba por la arena, lo que me ayuda a dejar atrás mi estupor de satisfacción.

«No». Yo no soy así. Tengo que ponerle fin a esto…

La presión que se agolpa en mi pecho, a medida que las tenebrosas sombras se ciernen más y más sobre ellos, resulta sofocante. Han llegado a envolverles el cuello; se cuelan en sus bocas entreabiertas y enmudecen sus súplicas vociferantes.

«Parad, parad, PARAD ».

Después, se oye el eco de un potente chasquido.

Los jinetes y sus lobos caen inertes en el suelo del estadio. No solo los tres que venían a por mí, sino también muchos de sus aliados. Una docena, por lo menos; muertos.

Las sombras se retiran y la realidad de lo sucedido cae inmisericorde sobre mí, haciendo que se me revuelva el estómago. Creo que voy a vomitar. Empiezan a temblarme las manos contra el pelaje de Anassa al ser testigo de tanto horror… Un horror del que yo soy autora.

La arena se sume en la quietud. Todo combate queda interrumpido por las miradas que la gente, perpleja, dirige a los lobos y jinetes deformados.

Contemplo sus cadáveres como si esperara que fueran a ponerse en pie de un momento a otro.

Sus miembros retorcidos en contraste con la inmensidad de la arena los hacen parecer más pequeños y vulnerables.

La oscuridad se desliza por mis brazos, fresca contra mi piel, a modo de recordatorio de lo que soy capaz de hacer.

Un recordatorio visceral. Porque yo he matado a todos estos vinculados.

Y lo he hecho con un simple movimiento de muñeca.

Puede que no estuvieran listos para aceptarme como su reina, pero eso no quita que fueran mi gente.

—¡Ya veis lo que es! —La voz de Jonah destierra el silencio.

Me estremezco. Con toda la gente que me he llevado por delante, ¿por qué ha tenido que librarse él, precisamente? Anassa vibra bajo mi peso.

Él me apunta con el dedo, con la respiración entrecortada.

—De esto es de lo que nos ha advertido Killian… ¡Es un mal incontrolable que acabará con todos nosotros!

Jonah voltea a su lobo en busca de una salida de la arena.

Los seguidores que le quedan huyen con él.

Algunos de mis simpatizantes empiezan a ir tras ellos, pero la idea de que la violencia se prolongue me pone enferma.

A través de nuestros vínculos, les ordeno que los dejen marchar.

No es así como quería persuadir a la gente de que se uniera a mi causa, de que tuviera fe en mí como su líder.

No por medio de la violencia y el terror.

Las sombras empiezan a menguar hasta regresar a donde deben estar.

La gélida conmoción que se adueña de mi cuerpo aplaca la ira que las ha liberado.

A través de nuestro vínculo, Anassa proyecta una energía calmante, y una suerte de vibración se propaga por mis nervios desgarrados de forma lenta y suave.

Todos me miran; no puedo permitir que vean cómo me vengo abajo.

Stark y Cratos se acercan. Cratos le da un débil empujón a Anassa con el morro antes de detenerse, tan amenazante e inmenso como siempre.

—Phylax, ayudadme a mover los cuerpos de los lobos —ordena Stark.

Mis pupilas se detienen en los cadáveres de la gente a la que he matado. Reconozco a la joven más cercana a mí. Solía llevar su melena rubia de destellos cobrizos recogida en una trenza.

«Meryn —llama Anassa—. Respalda a Stark. Están esperando tus órdenes».

«De acuerdo».

Trago saliva con fuerza.

—Juro que Jonah y sus seguidores pagarán por esta traición —digo con un tono de voz en el que se aprecia una fuerza que no siento.

Junto a ella yace un hombre con unos impresionantes ojos azules que ahora contemplan la nada más absoluta.

«¿Qué más?».

Estoy en blanco.

«Estaban a punto de recibir sus primeras órdenes como vinculados», añade Anassa.

Yo carraspeo con la boca seca como el esparto.

—Hasta entonces, todavía tenemos un deber que cumplir para con el resto del país. Recibiréis instrucciones respecto al procedimiento en el campo de batalla mañana, cuando… cuando lo haya consultado con mi asamblea militar.

Aturdida, observo cómo los vinculados hacen una reverencia y luego, a lomos de Anassa, me doy la vuelta para abandonar la arena.

Me han hecho caso, sí, y han inclinado la cabeza, pero el vínculo de las manadas me permite percibir su miedo.

Un miedo inspirado por mí, por el poder devastador que ha emanado de mis venas.

Anassa y yo salimos de la arena seguidas por el peso de innumerables ojos.

Mantengo la cabeza alta, pero en cuanto sé que ya nadie me ve, se me nubla la vista y dejo que las lágrimas acudan a mí.

Ni siquiera sé adónde me lleva Anassa, pero tampoco me importa.

Lo único que necesito es alejarme: alejarme de toda esa gente a la que he decepcionado y aterrorizado; alejarme de aquellos a los que les he arrebatado la vida.

«No deberías estar sola —dice Anassa—. Y mucho menos cuando hay quienes ambicionan tu corona y tú estás en tan mal estado».

Doy un respingo al percatarme de que me ha traído hasta el despacho de Stark. Me bajo de su lomo y estudio el entorno. Este es un sitio tan bueno como cualquier otro para desmoronarme. No me permito hacerlo hasta que estamos dentro, con la puerta cerrada.

Me desplomo de rodillas sin ninguna clase de miramiento y golpeo el frío suelo con las palmas de las manos.

La corona, que cae de mi cabeza, repiquetea contra la piedra mientras yo sucumbo, aplastada por el enorme peso de lo que acaba de pasar, de lo que yo he hecho.

He asesinado a una docena de personas sin ni siquiera tocarlas, con un poder extraño que tampoco entiendo.

¿Me estaré convirtiendo en aquello que Killian me acusó de ser? ¿En alguien peligroso, inestable y en quien no se puede confiar?

No puedo parar de llorar. El llanto sigue y sigue; cuanto más se prolonga, peor se vuelve.

Cada bocanada de aire, entrecortada y dolorosa, aviva unos sollozos en mis pulmones que acaban pareciéndose más a gritos que a otra cosa.

Apenas soy consciente de que pierdo más aire del que tomo. Me voy a ahogar si sigo así.

Anassa intenta ayudar. La persistencia de su atención se derrama en las inmediaciones de mi consciencia. Intenta consolarme de nuevo. Al notar la presión de su hocico, casi me dan ganas de abandonarme a ella y dejarme acunar por su suave y gutural vibración.

Pero entonces el horror me vapulea de nuevo. Me siento despreciable por ansiar consuelo; no lo merezco.

La transformación de Saela, la traición de Killian, las vidas que acabo de segar… Todo son manifestaciones de mi fracaso. Implican una desolación que podría haber evitado si fuera mejor de lo que soy.

Entro en un bucle que me hunde en la oscuridad más densa, tanto que acabo empujando a Anassa, y no de un modo precisamente amable.

Ella gruñe, cada vez más preocupada. Intento ignorarla; no quiero nada de eso.

El bucle se acentúa. Mi puño adquiere vida propia y se estampa con fuerza contra el suelo de piedra. El tormento físico no tarda en adueñarse de mis sentidos, paliando el pánico.

Me alivia.

Doy otro puñetazo, esta vez con más fuerza. Se me rasga la piel.

Uno más, y dejo una mancha de sangre en el suelo.

El sufrimiento me despeja la mente y me libera del tormento de ideas que me agitan por dentro. Me estabiliza y me devuelve a mi ser, a mi cuerpo, al momento presente. Me brinda cierta lucidez.

Es una sensación espantosa, pero no tanto como la agonía que me destroza la mente. Golpeo el suelo una y otra y otra vez hasta que no percibo nada más que el dolor. Me consume con tanta fiereza que ni siquiera oigo la puerta al abrirse de golpe.