Capítulo 3 #2
Ahora que la refriega me da una pequeña tregua, repaso con un vistazo las peleas que se desarrollan en la arena. Se me revuelve el estómago; es un auténtico espanto. Se trataba de nuestra ocasión de demostrar unidad y, sin embargo, aquí estamos, destrozándonos los unos a los otros.
Desvío la mirada hasta Acero Feroz en mi mano.
El rey Cyril lo usaba para doblegarlos, para controlar a nuestros lobos. Yo lo vi hacerlo; vi cómo desataba la violencia con un simple gesto.
Me pregunto…
«Sí», se adelanta Anassa a mi lado.
«Cúbreme un minuto más», le ordeno a Izabel sin darle tiempo a responder.
En una extraña confluencia de pasado y futuro, alzo el Acero Feroz sobre mi cabeza justo como vi que el rey muerto lo hacía en cada una de nuestras Pruebas.
No quería que llegáramos a tal extremo, porque ¿acaso no era una de mis prioridades que nuestra gente fuese de nuevo libre y tuviera la capacidad de tomar sus propias decisiones?
Pero volvernos los unos contra los otros… Eso no.
Con un suspiro hondo, utilizo ambas manos para enterrar la espada en el suelo a mis pies.
« PARAD ESTO . DEPONED LAS ARMAS ».
Mi grito mental reverbera a lo largo y ancho del vínculo, con tanto poder que me palpitan los oídos.
La arena parece sumirse en la quietud, paulatinamente silenciosa. Siento el peso de la mente de cientos de lobos al tiempo que esta antigua magia ancestral se afianza.
Funciona. Gracias a la Diosa. Los lobos detendrán a sus jinetes, obedecerán a la llamada.
Lo superaremos… juntos, como vinculados.
Entonces, el brazalete de mi muñeca empieza a calentarse, tanto que poco le falta para quemar. Las sombras oscurecen su rutilante rubí.
Y, de pronto, lo sé. Simplemente lo sé.
Fuese cual fuese la magia que usó para obligar a los lobos huargo a permanecer sometidos a esta espada, fuese cual fuese la magia que nos une a todos, se encuentra corrompida, adulterada: ultrajada.
Puedo notarlo, como una enfermedad que amenazara con apoderarse de mí desde los márgenes de mi mente. Siento náuseas.
Mis poderes no son míos; él ha cercenado buena parte de ellos. Y lo ha hecho por medio de su maldita magia de sangre. El sifón que tiempo atrás gobernó esta tierra todavía tiene sus condenados colmillos clavados en este reino.
No va a ser suficiente.
En cuanto lo pienso, el calor que emana del brazalete se propaga por mi muñeca, por mis dedos… y hasta la propia espada. Unas estelas rojas descienden por Acero Feroz. Con un chirrido agudo y afilado, la hoja se parte en mil pedazos relucientes y plateados.
¡No!
Contemplo los fragmentos, anonadada.
Esa espada… Ese objeto tan increíble y antiguo que ayudó a conectar a huargos y humanos, que abrió la puerta al control…, acaba de desintegrarse .
«Muévete, Meryn», me urge Anassa y, como si el tiempo se hubiera ralentizado, las imágenes a mi alrededor recobran nitidez y sentido.
Los guerreros de Daemos se están acercando.
Las esquirlas del Acero Feroz me rodean, apagadas e inútiles sobre la tierra.
Asteio se yergue para clavar sus afiladas zarpas en el rostro de un guerrero vinculado que se aproxima a pie, cuyo semblante acaba siendo un amasijo de carne sanguinolenta cuando cae desplomado.
Mis dedos siguen aferrados a la empuñadura del Acero Feroz, pero el arma es ya un objeto inservible, pues lo que queda de la hoja no es más que un hierro irregular a pocos centímetros de la guarda.
Un grito de dolor me desgarra la garganta. Todo esto es culpa suya .
Me encaramo a lomos de Anassa con la mente cada vez más despejada y envaino lo que queda del arma. El recuerdo del torrente de poder que me imbuyó la corona se muestra nítido en mi memoria. Si quiero tener alguna posibilidad de éxito, necesito ceñírmela de nuevo.
«Vamos», le digo a Anassa, que no necesita hacer preguntas; echa a correr hacia Stark y Cratos y esa zorra Kryptos.
El alfa de Daemos y su lobo están en medio de la arena, en el centro de un círculo conformado por varios lobos.
Los mantiene a raya él solo. Sus movimientos son tan veloces que me cuesta seguirlos.
Bloquea y asesta golpes de tal modo que cinco atacantes vinculados y sus respectivas bestias tienen que luchar por su vida.
Esa refriega es la que impide que la mujer Kryptos acceda a una de las salidas. Miro su reluciente silueta aún escudada en las sombras mientras procura no soltar su preciado trofeo: mi corona; el símbolo de lo legítima que es mi autoridad.
La ira arde en mis adentros y, una vez más, trato de asir la magia de sombras que antes ha fluido por mis venas con tanta facilidad, pero es una magia escurridiza y esquiva que no consigo atrapar.
Doy un grito de frustración. Casi hemos llegado hasta Stark cuando Anassa, de pronto, frena en seco.
—¿Qué…? —empiezo, pero entonces reparo en que Jonah y un puñado de sus seguidores nos cortan el camino.
—Maldito seas, Jonah —murmuro, y extraigo dos de mis cuchillos arrojadizos para hacer uso de ellos con cautela, pero sin perder tiempo.
El que iba destinado a la garganta de Jonah se estampa contra un muro de su magia Daemos. La daga cae inservible al suelo mientras Anassa y yo nos enfrentamos al brutal empuje de su magia.
Intento desviarlo, echar su poder a un lado, pero no sucede nada.
Chasqueo la lengua, irritada. ¿Qué está pasando aquí?
Stark intentó usar sus poderes Daemos contra Killian la otra noche y él consiguió neutralizarlos; dijo que era porque los poderes de Daemos bebían directamente de los míos.
Entonces ¿por qué Jonah sí puede atacarme con ellos?
¿Y por qué su poder es tan fuerte? ¿Se debe a que, al no llevar la corona, mi propia magia se ve… mermada?
La ira que siento crece, pero, aun así, no obtengo nada de las sombras. Me vendrían de perlas ahora mismo, la verdad.
Lanzo mi segunda daga, que da en el blanco y, con un repugnante sonido viscoso, se hunde en las costillas de una mujer que está a la izquierda de Jonah. Al caer de su lobo, el compañero de detrás la pisotea. Sus estridentes alaridos irradian agonía.
Me invade un orgullo brutal procedente de Anassa, pero lo ignoro… Todo esto es un desperdicio enorme.
Jonah baja el ritmo para mirar a su camarada derribada, y después retoma el avance hacia mí con una mirada centelleante.
—Me muero de ganas de romperte ese cuello esmirriado que tienes —escupe.
Yo río, haciéndome con otra daga.
—Ya estás tardando.
Ignoro la sacudida de mis músculos fruto del cansancio. Jonah está flanqueado por tres vinculados más que se separan para cercarme.
«Tenemos que acabar ya con esto», pienso para Anassa de mal humor. Ella responde con un aullido.
«Aguanta, Meryn», me pide la voz de Izabel con una nota de desesperación. Recibo un destello mental de su posición: continúa atrapada, enfrentándose a otro grupo. Incluso con suerte harán falta varios minutos para que pueda respaldarme.
El tipo a la derecha de Jonah acelera en mi dirección, y su lobo trata de morder el costado de Anassa mientras él, veloz, desenvaina su espada.
Apenas consigo bloquear su estocada antes de que Anassa gire con seguridad sobre sí misma para poner distancia de por medio y evitar que mis endebles brazos cedan.
Tras ese brusco movimiento, me veo obligada a inclinarme para no caer. A una velocidad vertiginosa, una flecha corta el aire justo a mis espaldas, tan cerca que el asta me roza el pelo.
Anassa gira a la izquierda y da una vuelta, lo que me otorga un segundo para recuperarme antes de atacar de nuevo. Me esfuerzo cuanto puedo con la intención, una vez más, de invocar mi magia de sombras, pero en esta ocasión no hallo nada, ni siquiera un resquicio.
Un estruendo brutal reclama nuestra atención allá donde está peleando Stark. Pero resulta que… no está allí. O, al menos, yo no lo localizo. Me embiste una ola de pánico.
Una nube de polvo ha estallado e inunda la zona donde lo he visto por última vez. La tierra se esparce por la arena hasta envolvernos. Me pican los ojos. Con un pitido en los tímpanos, agudizo la vista para distinguir algo en mitad de ese torbellino polvoriento.
«Por favor, que esté ahí. Por favor, por favor…».
El aire se despeja y yo ahogo una exclamación. De algún modo, Stark ha utilizado su poder Daemos para destruir el arco de la puerta por completo y derribarlo sobre los oponentes que quedaban. Apenas los distingo bajo los escombros.
Sabía que era poderoso, pero ¿esto…?
Por un momento, la lucha se interrumpe por completo. Todos están mirando boquiabiertos.
La piel bronceada de Stark está pálida por el esfuerzo de ejercer tanto poder y, sin embargo, ya está en marcha de nuevo, dispuesto a alcanzar a la mujer Kryptos. Ahora sí que puedo verla del todo, ya que el terror le ha hecho perder el control de su magia.
En un abrir y cerrar de ojos, la derriba; su maltrecho cuerpo cae al suelo con un golpe sordo y húmedo. Stark conduce a Cratos hasta ella y le arrebata la corona lobuna que todavía sostiene en la mano.
—¡Meryn! —me llama, y yo alzo la daga para que me ubique rápido—. ¡Cógela!
Lanza la corona por los aires. Su ópalo central desprende brillos aquí y allá a medida que se precipita hacia mí.
Anassa y yo damos un salto, impulsadas por la fuerza de sus patas traseras.
Por un momento, me asalta una desconcertante sensación de déjà vu que me retrotrae a la Prueba de la Voz y a ese primer salto de fe que realizamos juntas.
Cuántas cosas han sucedido desde entonces.
Estiro la mano libre para atrapar la corona al vuelo y me la ciño en la cabeza sin pensar.
La magia se apodera de mí en un instante.
Trae cierta oscuridad consigo, por lo que mi visión se resiente: el mundo pierde todo su color; las manchas de sangre se vuelven negras, y, por todas partes a mi alrededor, se alzan las sombras.