Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Meryn

Pasan un millón de cosas a la vez.

Por instinto, me aferro al pelaje de Anassa para impulsarme sobre su lomo. Mis amigos cierran la formación. Izabel, Tomison y los demás Estrategos se unen automáticamente para trazar un perímetro defensivo en torno al estrado.

Venna se separa y describe un círculo cerrado. Su loba, Skaia, se encarama a la plataforma junto a mí.

—¡Alfa Stark! —vocifera Venna, gesticulando por algo que sucede a mi espalda.

Stark y yo nos damos la vuelta.

Una mujer Kryptos de más edad y su lobo han aparecido detrás de nosotros. Su lobo gris avanza con un gruñido, y yo enarbolo a Acero Feroz con rapidez, preparada para el impacto.

Sin embargo, en lugar de ir a por mí, loba y jinete arremeten por lo bajo, de manera que la cabeza del huargo se estrella contra las patas traseras de Anassa para derribarnos.

Salgo disparada del lomo de Anassa a propósito, para evitar que me aplaste al desplomarse. Me golpeo con la tarima tan fuerte que me quedo sin respiración y el mundo gira a toda velocidad a mi alrededor. Se me escapa la espada. Me protejo la cara con los brazos mientras ruedo una y otra vez.

Y entonces, de pronto, ya no hay nada bajo mi cuerpo. Salgo volando del estrado y me estampo contra el suelo. Con un quejido, me doy la vuelta para descansar sobre la espalda.

Estoy mareada. Trato de asir esas sombras oscuras, fruto de mi ira, pero no son más que un susurro. Ese batacazo me ha dejado destrozada.

El cielo se apaga y yo parpadeo en un intento de conservar la lucidez. Después, esa misma marea negra se materializa en una pincelada de pelo y gruñidos, como una encarnación de la violencia: Cratos y Stark.

Cratos aterriza directamente frente a mí, de modo que ambos custodian mi delantera.

Anassa continúa en el estrado, en una posición defensiva, con una pata colocada de forma posesiva sobre la empuñadura de Acero Feroz.

Aturdida, con una mano en la sien, me percato de que he perdido la corona Hielormenta en la caída.

«¡Allí!», irrumpe la voz mental de Anassa.

La mujer Kryptos y su lobo se colocan delante de Stark, a unos cuantos pasos a la derecha.

Usa su poder de Kryptos para ocultarse a la vista mientras se desplazan.

Su control es impresionante; no entiendo que pueda camuflarse con esa pericia en un lugar tan iluminado.

¿Cómo lo consigue? ¿Se debe simplemente a la experiencia que da la edad?

¿O acaso ha sucedido algo que ha hecho que su magia sea más… poderosa?

Adopto una posición de pelea mientras trato de hacerme con mi espada.

No obstante, una vez más, la dupla Kryptos hace algo inesperado; en vez de venir a por mí, se echa a un lado.

La mujer extrae una lanza corta, no sé bien de dónde, y la clava en algo que resplandece en el suelo.

Acto seguido, se alejan a toda velocidad.

«Mi corona», comprendo. Joder . Percibo una oscuridad susurrante en mis venas pero, al igual que antes, no es más que eso: un susurro.

Stark cruza una mirada conmigo y yo asiento en silencio para responder a la pregunta latente en sus ojos.

—Recupérala.

—Mi reina —responde él.

Junto a Cratos, se pone en marcha tan deprisa que apenas los veo moverse.

Anassa salta del estrado y yo vuelvo a montar. Me conecto al resto de los Estrategos para ver cuál es la situación. Sigo débil por la caída, intimidada ante la perspectiva de tener que contactar de nuevo con los vinculados ajenos a mi manada.

«Jonah tiene varios efectivos desplegados por el perímetro —informa Nevah—. Mirad: ahí, ahí y ahí. —Hace un gesto con la daga mientras comparte imágenes a través de su mente—. Vigilan las entradas y las salidas».

La manada registra la información de forma conjunta, la procesa y enlaza ideas y novedades procedentes de una docena de mentes distintas.

«Ese pelotón viene directo a por nosotros», grita la mente de Izabel, lo que permite que el resto atisbemos el puñado de lobos que se dirige hacia Jonah; en general, son novatos que lo siguieron durante el entrenamiento.

Más preocupante resulta que dicha facción cuente con un par de vinculados de más edad.

«¡Y por la izquierda!», añade Nevah, liderando a una escuadra para que vire hasta el lateral de la plataforma.

Todos utilizamos la estructura de madera a nuestras espaldas como una línea de defensa extra.

«¡Formad!», indico ahora que he recuperado la disposición propia de la batalla.

Nuestra formación es algo más numerosa que la de Jonah, pero no mucho.

¿Cómo coño hemos llegado a semejante situación? ¿Cómo es posible que estemos tan cerca de convertir esto en una batalla campal?

No son pocos los vinculados en la arena que todavía se mantienen al margen; seguramente a la espera de ver el resultado definitivo y así escoger bando.

Frunzo los labios; percibo una tensión familiar en el ambiente, ese crepitar del aire que ya conozco y que suele preceder al derramamiento de sangre.

Desde el lomo de Anassa, aprecio que la servidumbre también es capaz de verlo.

Sus ojos saltan enloquecidos de un grupo de vinculados a otro.

Saben lo que va a pasar aquí. No tardan en escabullirse en dirección al castillo, lejos del desastre que se está fraguando.

Las fuerzas de Jonah les permiten salir sin mayor problema.

Bien. No es necesario que nadie más sea testigo de esta locura.

Los jinetes de Estrategos y otros vinculados leales cierran filas en torno a mí.

Desvío la mirada en busca de Stark y Cratos.

Ya casi se han puesto a la altura de la mujer Kryptos, pero ella les lleva delantera, dispuesta a alcanzar una de las salidas custodiadas por los efectivos de Jonah por mucho que le cueste.

Stark va de cabeza a las líneas enemigas.

«No te preocupes por ellos —me dice Anassa—. Llevan en el oficio desde que tú eras una cachorra. ¡Arriba la espada!».

Chocamos con la primera oleada de atacantes, muchos de los cuales van armados con lanzas largas que deben de haber traído consigo al prever que esto podía pasar. Menudos gilipollas. Nos separamos un poco para evitar que sus armas atraviesen a nuestros lobos.

Anassa sale disparada y muerde uno de los astiles con la fuerza suficiente como para que innumerables astillas salgan despedidas aquí y allá. El jinete no opone resistencia y la suelta, pero saca su espada.

Va a ser que no.

Le asesto un golpe con Acero Feroz. Aprieto los dientes ante el encuentro del metal con el metal y presiono tanto como puedo para obligarlo a retroceder centímetro a centímetro.

Después, Anassa cierra su mandíbula con decisión, llevándose consigo una maraña de pelo. Hay un agujero allí donde hasta ahora había estado la oreja izquierda del otro lobo.

La sangre nos baña por entero antes de derramarse sobre el suelo desde la lacerante herida abierta. Un latigazo de satisfacción recorre a Anassa.

El dominio que el jinete tiene de su espada se ve alterado por la percepción ineludible del dolor de su lobo.

Yo aprovecho que ha bajado la guardia para darle una estocada en el costado, donde le hago un corte profundo.

Él lanza un grito agónico y cae hacia atrás, pero enseguida otro jinete y otro lobo lo sustituyen.

Como Izabel se pone a mi lado, nos ocupamos juntas de la dupla enemiga; nuestras espadas resplandecen con fuerza con cada maniobra en un intento por acertar con un golpe mortal.

Este jinete, un Daemos que reconozco de las Pruebas, es más joven que yo. Alza las manos para verter una ráfaga de poder Daemos en nuestra dirección. Izabel y su loba, Asteio, se echan a un lado para esquivar el impacto.

Nos da de lleno a Anassa y a mí, implacable como un muro de piedra, más fuerte de lo que debería ser posible. Pero, de algún modo, también parece rebotar, como si el poder tuviera un segundo reflejo en quien lo ostenta, por lo que el muchacho de Daemos cae de su lobo y queda tendido en el suelo.

«¿Y eso?», le pregunto a mi loba con los músculos al límite por el esfuerzo que me supone mantenerme sobre su lomo.

Nunca he visto que un poder flaqueara de ese modo. Pero no tenemos tiempo de ponernos a charlar al respecto.

Otro jinete Daemos nos acecha. A punto está de alcanzar el costado de Izabel con su daga. Después salta encima de la montura de Izabel, justo detrás de ella.

Busco una apertura. Anassa gira hasta que nos situamos de nuevo junto a Izabel, Asteio y el Daemos que la ataca.

Me inclino hacia delante, pero la distancia que me separa de él es demasiado escasa como para hostigarlo con mi espada sin herir a Iz en el intento.

Él le rodea el cuello con el brazo en una postura que imposibilita que ella pueda emplear su propio acero.

Con calma, y sin que su apurada respiración le suponga un impedimento, extrae una daga de la funda de su muslo y la hunde en la pierna del enemigo, que grita y se ladea, de manera que solo su peso basta para que ambos acaben en el suelo.

De un salto, me abalanzo sobre el hombre sin miramientos.

De su cuello comienza a manar sangre a borbotones.

También su lobo se debilita. Se desploman, víctimas de esa vida que los abandona.

Anassa gruñe complacida ante lo que acabo de hacer, pero yo, con los ojos clavados en la hermosa criatura inerte, no lo comparto. Menudo desperdicio.

Asteio interviene con un gruñido y destroza la garganta del lobo Daemos con los dientes; su hocico argénteo se tiñe de rojo.

Sin dejar de jadear, me giro para anticipar el siguiente ataque, pero Nevah, Tomison y los demás vinculados de Estrategos han desviado el grueso del combate cuerpo a cuerpo, lejos ahora de nosotros.

—Gracias —musita Izabel mientras se frota el cuello dolorido antes de volver a montar.

—En cualquier otra circunstancia lo habrías hecho pedazos —replico con una sonrisa apurada en un intento de disimular el mal cuerpo que me ha puesto ver a Iz en una situación tan complicada.