Capítulo 2 #3
Mis amigas Izabel y Venna son las siguientes en dar un paso al frente, con sus respectivos lobos a sus flancos.
Me muerdo el labio inferior con fuerza para contener las lágrimas.
Ambas me dedican un saludo marcial antes de arrodillarse junto a Aldrich mientras sus lobos agachan la cabeza en señal de respeto. Se les unen Tomison, Nevah y sus lobos.
Al principio me resulta raro verlos así. Fueron ellos los que me enseñaron a luchar. Con ellos he llegado incluso a emborracharme. Hemos tenido que sobrevivir juntos. Y ahora están arrodillados ante mí.
La fe que les inspiro hace que se me hinche el pecho de un modo doloroso y reconfortante a la vez.
La tensión que se apodera de la arena mientras los demás esperan a ver qué hacen sus compañeros se puede cortar con un cuchillo.
El gruñido de Anassa vuelve a reverberar en sus adentros.
Percibo cómo su mente se concentra y se resiste ante algo; imagino que se debe a la comunicación que mantiene de forma independiente con los lobos.
Después, los novatos restantes de Estrategos avanzan a grandes zancadas, una o dos duplas a la vez. Los lobos de color blanco plateado se agachan, acompañados por sus jinetes, que inclinan la cabeza o se arrodillan junto a ellos.
Tanto respaldo hace que me invada una oleada de calor. Incluso Anassa parece enderezarse mientras contemplamos la hilera de lobos y jinetes Estrategos, que han aceptado una verdad que apenas he digerido yo misma.
Soy la legítima líder de los vinculados y de toda Nocturna.
Después son los demás instructores de las Pruebas quienes dan un paso al frente, seguidos de un puñado de Kryptos, a los que se suman algunos jinetes de Daemos y de Phylax.
Pero me doy cuenta de que no constituyen la mayoría de los vinculados. Hay varios grupos de vinculados de más edad que no se pronuncian; hablan entre ellos en voz baja o se comunican en silencio con sus lobos.
El personal del castillo, reunido junto a las salidas de la arena, observa la escena con recelo o se aleja sin mediar palabra. Sin embargo, no puedo culparlos por querer mantener las distancias con la inmensa agrupación de jinetes y lobos huargo, al margen de sus lealtades.
También hay algunos novatos dudosos. Con muchos me he cruzado una docena de veces y he peleado junto a ellos en esta misma arena, pero lo cierto es que nunca hemos hablado ni interactuado de verdad.
Puto Killian. Pasé tanto tiempo con ese cabrón mentiroso que me privé de dedicar más horas a conocer a mis compañeros novatos. Ahora tendré que esforzarme más para ponerlos de mi parte.
«Pues sí, ahora que por fin has decidido que merece la pena contar con ellos», señala Anassa con amabilidad, lo que me hace comprender que he estado proyectando mis reflexiones en su dirección.
«Tienes razón —respondo con un suspiro—. Aunque, en mi defensa, debo decir que me habría dedicado más tiempo a la diplomacia si hubiera sabido la que se me venía encima».
Por toda respuesta, Anassa suelta un majestuoso bufido.
—Por favor, levantaos —les pido, pues algunos de los vinculados aún permanecen agachados—.
Sé que la verdad sobre la dinastía Valtiere es desconcertante y que todo esto es muy reciente.
Para ser sincera, yo también estoy tratando de darle sentido.
Espero contar con vuestra ayuda para garantizar una transición pacífica.
Capto un movimiento repentino a mi derecha y me giro a tiempo de ver cómo Jonah, a horcajadas sobre su lobo, se abre paso entre un grupo de simpatizantes Kryptos.
«Deberías montar», me advierte Anassa, pero yo sacudo la cabeza.
«No quiero empeorar las cosas —insisto—. No es necesario que haya ninguna pelea».
Anassa agita el rabo un momento antes de dejarlo descansar.
—¡No eres más que una embustera de mierda! —ladra Jonah.
Abro la boca para defenderme, pero entonces se pone de cara a la multitud y, como el matón que es, dice:
—¿De verdad vais a dejar que esta regicida se quede con el trono de Nocturna? ¿Qué hay de nuestra misión sagrada como vinculados de proteger al rey y al reino?
Sobre su lobo, Jonah deambula de un lado a otro, consciente de que todos los ojos están puestos en él. Es evidente que lo está disfrutando.
—Afirma que nuestro príncipe es un sifón; que su padre, el rey Cyril, también lo era.
Si fuera cierto, ¿por qué iban a dedicar tantos esfuerzos a intentar eliminar la amenaza sifona en el sur?
Llevamos siglos en guerra con Astreona, ¡y el monarca lo apoyaba sin ambages!
—Jonah se da la vuelta para mirarme directamente a la cara.
Su expresión es agresiva, desagradable—.
No. Tiene mucho más sentido que esta zorra quisiera ser reina para vivir una vida de lujos en vez de luchar por su país.
Pero el príncipe Killian no iba a quedarse con ella después de que se le fuera la cabeza y asesinara a nuestro rey.
Como la puta llena de rencor que es, ahora está haciendo todo lo posible por arrebatarle al príncipe Killian lo que es suyo por derecho. Me corrijo: al rey Killian.
Me quedo sin aliento al ver que hay personas que le están prestando atención… Se están tragando sus mentiras, o sopesando si hacerlo. Se ha metido en un asunto que no le concierne en absoluto y ha formado el discurso que le viene mejor, ¿todo por qué? ¡Porque es un narcisista vengativo!
Frustrada, miro a mi alrededor en busca de algo , lo que sea, que haga que esta gente crea la verdad.
¿Qué importancia iban a tener mis palabras o mis acciones ahora si todo el mundo me considera una mentirosa y una traidora?, ¿si para ellos es más fácil dejarse convencer por los hombres que llevan siglos ostentando el poder que por una mujer salida de las cloacas?
Con un silbido metálico, Jonah desenvaina con destreza su espada y la alza todo lo alto que puede.
Me asalta el pánico al ver cómo abre la boca para dirigirse a mi gente.
—¡Auténticos nocturnianos, conmigo! ¡Muerte a la usurpadora!