Capítulo 2 #2
En la media hora transcurrida desde que salí de las mazmorras, Anassa se ha dedicado a orientarme respecto a cómo comunicarme con los vinculados.
Tengo que proyectar un mensaje complejo que además incluya mis recuerdos a miles de personas en Nocturna.
Estoy preparada para que me pase factura, pero sé que puedo con ello.
Porque si Killian ha podido recurrir a mi magia para ponerse en contacto con todo el mundo, entonces yo también puedo hacerlo.
Resulta que el resentimiento es un combustible bastante potente.
Tras respirar hondo varias veces, cierro los ojos y libero la consciencia. Primero, mi mente se incorpora a corrientes que me resultan familiares: Anassa, mi manada, mi gente y, sorprendentemente, Stark.
Los canales que he usado antes están abiertos, despejados. Sin embargo, percibo al otro lado muchas más mentes de las esperadas, como si pudiera discernirlas a través de la niebla baja sobre una balsa de agua. Aprieto los ojos con fuerza y empujo. Tras un instante de resistencia, me lanzo.
Fluyo hacia las mentes de los expectantes vinculados y, a continuación, atravieso los muros que cercan la arena. Si Killian está vigilando esta conexión…, yo no logro captarlo.
Casi resulta demasiado fácil. Hay un vasto océano de magia en mi interior, y la mente de cada uno de los vinculados constituye un río que se desprende de esa fuente. Lo único que he de hacer es centrarme en mi poder y seguir la corriente natural hacia ellos.
Establecer la conexión es sencillo, sí, pero también es increíblemente complicado mantenerla, en especial cuando empieza a fluir en mi contra para sumergirme del todo en ella.
La sensación es vertiginosa y, al igual que pasó cuando le proyecté mis recuerdos a Aldrich, el sudor empieza a perlarme la frente.
Después percibo las mentes de los vinculados que están más lejos, veteranos curtidos en el frente de batalla, cansados, furiosos e impacientes. Me tambaleo un poco, pero procuro mantener abiertos los canales.
No tardo en sentir una mano en mi espalda, que me mantiene recta para evitar que me caiga.
Stark.
Trago saliva y recoloco los pies, separándolos para que la gravedad tenga menos margen de acción sobre mí.
Al abrir los ojos y alzar el amplificador, me encuentro con la mente de Anassa, que acude a la mía.
Las palabras se agolpan en mi consciencia y su influencia las impele a salir, como barcos que navegaran por cada uno de los afluentes de nuestra red de vinculados.
Esta es la clase de líder que deseo ser: directa, sincera.
—Quiero responder a lo que os ha dicho Killian. Merecéis saber la verdad. Todos. Sí, maté al rey Cyril —confieso, alto y claro para que los sirvientes puedan oírlo, al mismo tiempo que proyecto idéntico mensaje en mi mente para que llegue a los vinculados.
Los que no estuvieron presentes en la graduación reaccionan de inmediato con horror y confusión, sentimientos que percibo meridianamente.
—Lo maté, pero tenía una razón de peso. No era el hombre que creíamos. De hecho, no era ningún hombre . Lo que hice no fue fruto de la locura, sino un acto de absoluta lucidez.
Conjuro las imágenes que dejarán patente que soy sincera. A diferencia de Killian, no necesito adulterarlas para reforzar mi argumento. La verdad basta.
Se lo muestro todo: los niños tras los barrotes, asustados y olvidados; Saela, llorando e intentando tocarme desde su celda; la confesión de Killian de que tanto su verdadera naturaleza como la de su padre los convertía en recipientes de Alistair Brilloscuro; el destello de los colmillos de Killian tras esa sonrisa que supura maldad.
También comparto el recuerdo de su magia de sombras envolviéndonos, inclinándose hacia mí para, después, volcarse sobre él, que utilizó mi magia para escapar.
El efecto es inmediato. Exclamaciones ahogadas y no tan ahogadas recorren la arena. Los vinculados de mayor edad son los primeros en ponerse en marcha para formar pequeños grupos o reunirse con los lobos. Guerreros y lobos se retiran hacia los rincones para deliberar y compartir impresiones.
Sus emociones erosionan mi mente, ya que no he interrumpido la conexión. Ira. Desconcierto. Horror. Dolor.
Los sirvientes del castillo, que no pueden ver lo que les he enseñado a los demás, observan confusos el caos a su alrededor. Hablo deprisa porque les he prometido respuestas:
—Mi nombre es Meryn Hielormenta. Soy descendiente de las reinas Hielormenta, las líderes originales de Nocturna. Un sifón llamado Alistair Brilloscuro le arrebató a mi familia el trono que legítimamente le correspondía.
Más recuerdos: esa antigua corona que ahora me adorna la cabeza, el libro de la biblioteca de Stark en el que se detalla el linaje real, los diarios de mi madre con sus crípticos bosquejos.
—Alistair Brilloscuro ha estado poseyendo el cuerpo de los reyes generación tras generación por medio de la magia de sangre para así mantener su dominio y eliminar el recuerdo de la auténtica dinastía real.
Cyril y su hijo Killian son descendientes de Alistair que han ejercido como sus recipientes, cómplices a su servicio.
Dicho esto, la arena enmudece. Sin embargo, en mi cabeza solo hay ruido. Los sentimientos de los vinculados… son un caos. Que procesen tanto mis recuerdos como mis palabras no impide que más de uno se resista a creerme.
Mi control sobre los canales de comunicación se tambalea, ya que algunas de las mentes se rebelan contra mí, contra el dominio que ejerzo en las suyas. Unos levantan muros; otros, de forma instintiva, intentan expulsarme, igual que hacía yo con Anassa.
Cojo aire y me mantengo firme. Logro conservar la conexión, aunque es débil en ciertas zonas, como si dependiera de hilos muy finos. Por todo el reino hay vinculados que se revuelven contra mí, incapaces de asumir la terrible verdad.
¿Puedo culparlos? ¿Acaso yo creería algo de esto si no lo hubiera visto con mis propios ojos? Miro a Anassa, que me envía una pulsación de apoyo a través del vínculo.
«No te preocupes. Yo les estoy confirmando tus palabras a los lobos», me dice.
Aprieto los dientes e intento concentrarme en el río de comunicación que hay en mi interior. Me vuelven a palpitar las sienes por el esfuerzo.
Sirviéndome de tanta fuerza como me es posible gracias al apoyo de Anassa, pruebo otra estrategia, algo que les ayude a entender que no soy la loca desquiciada que Killian pretende hacerles creer.
—Podemos tener una Nocturna mejor —digo en voz alta, proyectando ese mismo pensamiento también hacia quienes estén escuchando—.
No hay por qué enfrentarse a tanta muerte durante las Pruebas de Vinculación.
La gente debería tener para comer, debería ser capaz de alimentar a sus familias.
Quiero… lograr eso. —Las palabras brotan de mis labios a trompicones, inexpertas.
Nadie dijo nunca que se me dieran bien los discursos—.
Quiero ser una reina justa, alguien a quien sea un orgullo servir.
A… Atenderé a las necesidades del pueblo.
Me esforzaré al máximo para hacerlo lo mejor posible.
—Cada palabra, cuyos ecos destierran el silencio, suena aún más extraña que la anterior—.
Dadme una oportunidad y os demostraré lo leal que soy a Nocturna.
Permitid que intente ser la líder que nuestro reino merece.
Agotada y falta de ideas, abandono la conexión con los vinculados con un último vuelco mental, como si hubiera dependido de la última hebra de una cuerda deshilachada, quebrada de golpe.
Es agotador. Los otros vinculados se estremecen ante la falta de tacto en la manifestación de mi poder, y yo me estremezco a la espera de ver cómo responden.
Silencio. Después, leves murmullos entre vinculados por un lado y humanos por otro.
«Para que quede claro —interviene entonces Siegrid, la alfa soberana, cuya voz severa resuena en todos los vinculados desde la lejanía, a leguas de distancia, igual que lo ha hecho la mía hace escasos segundos—, mi familia y yo somos los protectores jurados de la corona, y reconocemos a Meryn Hielormenta como la legítima heredera al trono.
Como vuestra alfa soberana, espero ser testigo de esa misma lealtad por parte de los auténticos vinculados».
Sus palabras me arrancan un suspiro.
Aunque se encuentre en el frente, lo que acaba de decir es muy significativo para todos los vinculados, estén donde estén.
Y como alfa soberana, se supone que tanto ella como su lobo pueden obligar a los vinculados a seguir sus mandatos.
Creo que yo también podría hacerlo, en teoría.
Desde luego, el rey Cyril podía por medio del Acero Feroz.
Al intervenir de esta manera y presentar un estímulo en vez de una orden directa, Siegrid está concediéndole a nuestra gente algo de lo que se le privó hace muchísimo tiempo. Algo que yo también deseo que tenga: libertad de elección.
Lo único que puedo hacer es esperar que baste.
Durante un largo e incómodo rato, nadie mueve un músculo. El sonido de mi propia y agitada respiración suena demasiado alto, de un modo casi patético, mientras desvío la mirada aquí y allá, sin saber muy bien cómo encajar lo que suceda a continuación.
El líder Aldrich es el primero en dar un paso al frente, dejando atrás a un grupo de vinculados de mayor edad. Camina despacio, con la cabeza alta hasta que la inclina ante mí. Separado del resto, hinca una rodilla en el suelo. Su loba le imita, con la cabeza gacha y los ojos cerrados.
Después, Aldrich dice:
—Os juro mi lealtad, reina Meryn.
Su gesto hace que se me salten las lágrimas, así que parpadeo para mantenerlas a raya. Oírlo decir esas palabras en voz alta, que me haya llamado reina… La vivencia se cristaliza en mi memoria y comprendo que jamás la olvidaré.