Capítulo 2
Meryn
Es casi imposible llegar a todos los vinculados a la vez. Solo hay dos personas que ostentan ese poder, según tengo entendido: la alfa soberana, Siegrid Therion…, y yo, al parecer. Pero, al oír a Killian, una certeza se adueña de mis huesos: está dirigiéndose a los vinculados de toda Nocturna.
Mis ojos descienden rápidamente al brazalete de compromiso que Killian me puso en la muñeca; el rubí sigue contaminado con unas sombras oscuras.
Lleva así desde que se aprovechó de mi magia en sus aposentos; conserva su sempiterna perturbación.
Me han arrebatado parte de mi poder, atrapado ahora en una especie de retorcido hechizo entretejido en esta joya.
Sea lo que sea lo que esté haciendo, lo hace por medio de mis poderes, usando la magia que me robó .
«La Diosa Sin Rostro me ha bendecido con la habilidad de hacerme oír en los vínculos lobunos como recompensa por mi compromiso con los vinculados y con el reino», tercia Killian con delicadeza.
Y no puedo evitarlo: me río.
Menudo embustero de mierda, además de predecible. Va a mentir a cada uno de los vinculados igual que me mintió a mí.
Con la cara teñida de rojo por la ira, tiro del brazalete de mi muñeca.
Pero, una vez más, se aferra a mi piel con tanta fuerza que tuerzo el gesto de dolor.
Justo entonces, las imágenes se suceden en mi mente.
Con un respingo de sorpresa, comprendo que está imbuyendo de recuerdos el vínculo, como Anassa me enseñó a hacer a mí.
Ahí estoy, con mi reluciente cabello plateado y el rostro bañado en sangre por la batalla de la graduación.
Anassa se alza a mis espaldas mientras yo blando a Acero Feroz, la espada con el lobo tallado en la empuñadura que pertenecía al rey y somete a los huargos.
Con el semblante contorsionado por la rabia, le asesto un golpe inclemente en la garganta.
En ese instante, mi verdadero yo sintió un arrebato de adrenalina y orgullo; sin embargo, ahora esas emociones se ven eclipsadas por las de Killian o, al menos, por las que él quiere hacernos creer que experimentó.
Un horror gélido se extiende en sus adentros. Dolor, desengaño y miedo.
La visión pasa a la de la mañana siguiente.
Estamos en la habitación de Killian. Lo tengo inmovilizado, sentada a horcajadas sobre él mientras se revuelve bajo mi peso, incómodo y aterrado.
Mis ojos color avellana están muy abiertos, desorbitados.
De nuevo, enarbolo la espada con el lobo tallado en su empuñadura. Y la presiono contra su cuello.
Killian proyecta el recuerdo del dolor lacerante, producto del corte en la delicada piel de su garganta.
El corazón le late espantado al contemplar a la monstruosa mujer frente a él; una mujer en la que cometió el error de confiar, una mujer que no era en absoluto lo que parecía y que, por fin, ha mostrado su auténtica y terrible cara.
Es como si hubiera cogido lo que yo viví con él y le hubiera dado la vuelta para esgrimirlo en mi contra.
En ambos recuerdos, la villana indiscutible soy yo.
Yo también me odiaría si no tuviera más perspectiva que esa.
La visión toca a su fin y un parpadeo me devuelve a las mazmorras. Stark me mira a los ojos. Es una mirada asesina. Aprieta los puños tatuados con una vehemencia que exige acción.
«Meryn Cooper me ha expulsado de Hielormenta y se ha hecho con el trono», prosigue Killian.
Me hierve la sangre. Conoce la verdad tan bien como yo: no soy ninguna Cooper. Soy una reina Hielormenta. Reclamaré lo que es mío por derecho de nacimiento; lo que su familia le arrebató a la mía.
«Es peligrosa, inestable y enemiga de Nocturna. No podéis confiar en esta plebeya trastornada».
Se me escapa una exclamación ahogada. Me encantaría pensar que nadie en su sano juicio podría creerle, pero yo misma le creí una vez. Y no puedo corregir la parte de verdad que hay en esos recuerdos.
Sí que hice esas cosas. Y las hice teniendo un aspecto aterrador.
Pero él es un puto sifón, joder.
«Estoy estableciendo una fortaleza en el oeste para reunir huestes con las que recuperar el trono. Animo a cualquier partidario de la verdad y de la justicia a unirse a mí. Juntos devolveremos a Nocturna la gloria que le corresponde».
Con esas palabras finaliza la conexión, tras cerrar de forma agresiva el canal mental que mantenía abierto.
—¿Verdad y justicia? —vocifero, con tanta fiereza que mi pregunta retumba por cada rincón de las mazmorras vacías.
Relajo los puños. La fuerza con la que los apretaba me ha dejado las marcas de las uñas en las palmas hasta casi sangrar.
Mi mente está unida a la corriente de emociones vinculadas por medio de una conexión íntima que me permite apreciar el torrente de conmoción, incredulidad y confusión que fluye por toda Nocturna.
Joder .
Vuelvo a mirar a Stark.
—Tengo que dirigirme a ellos. Ya.
—Sí —se limita a contestar.
—Pero no…
Me miro de arriba abajo. Todavía llevo el estúpido vestido que Killian me obligó a ponerme. El mismo que ha aparecido en el recuerdo que acaba de compartir con todos.
Es el uniforme oficial de mujer trastornada e inestable , y me niego a alimentar esa mentira.
—Estás… —empieza Stark, pero se muerde la lengua, con los labios apretados en una fina línea.
Al estudiar mi aspecto, una marea de emociones se agita tras sus ojos, oscuros e inescrutables.
Yo alzo la cabeza.
—¿Qué?
—Estás presentable, más o menos —repone, rígido. Debe de haber entendido mi vacilación—. Alargar la espera solo dará pie a que duden.
Con dificultad, trago saliva y asiento. Después me obligo a respirar hondo. Solo tengo que recordar que la verdad está de mi parte, no de la de Killian. Y yo también tengo unos cuantos recuerdos condenatorios que compartir.
«Anassa —llamo mentalmente a mi loba—, ¿puedes dirigirte a todos los lobos del castillo y asegurarte de que sus jinetes acudan a la arena? Diles que tengo que compartir algunas respuestas con ellos».
Es probable que yo posea esa capacidad, pero no tengo muy claro cómo contactar solo con aquellos que están físicamente aquí, en Hielormenta. Si mi comunicación se propaga más allá…, ¿podría Killian oírme?
Tras unos instantes de silencio, Anassa responde:
«Hecho».
Mi mirada recala en la figura durmiente y ensangrentada de Saela. Qué pequeña e indefensa parece, a pesar de los restos esparcidos por la celda que prueban que no lo es. Dejarla, aunque solo sea un momento, es como una puñalada en mis entrañas. No está bien.
Y, por segunda vez, Stark parece leerme la mente.
—Helene y Grigore la vigilarán mientras estés fuera. No le pasará nada, te lo prometo.
Su voz suena cortante y formal, pero sus palabras son tan amables… Lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza, tensa.
Me duele alejarme de Saela, pero si no me voy, Killian destruirá también el resto de mi mundo.
Aunque la arena está sumida en el silencio, mi corazón late con fuerza, y podría jurar que cada pulsación reverbera en las paredes.
Stark está a mi izquierda, en una pose resuelta, sin que los cientos de ojos que se alzan hacia nosotros lo perturben lo más mínimo. Anassa y Cratos nos flanquean sin desviar la vista de la gente reunida a nuestros pies.
La llegada incesante de vinculados hace que tenga que apartar de mi mente la imagen del sacrificio final ordenado por el rey Cyril; el recuerdo de la sangre manando de las heridas infligidas por dientes afilados mientras los vinculados se enfrentaban los unos a los otros en una escarlata y errónea danza colérica.
Se me encoge el corazón.
«Quiero evitar cualquier muerte innecesaria», pienso, en parte para mí y en parte para Anassa. Su afirmación me llega en forma de leve vibración en el fondo de mi cabeza.
La mayoría de los asistentes son recién graduados, aunque algunos de los vinculados que vinieron para presenciar la graduación se han unido a la multitud. Los soldados más veteranos están en formación, pero los jóvenes se mueven en grupo, de manera que las manadas se reúnen sin llegar a mezclarse.
Por el rabillo del ojo capto el cabello oscuro con mechas rojizas de Jonah. Lo acompañan algunos de esos amigos suyos con cara de comadreja que hablan entre susurros, con las manos apoyadas en las empuñaduras de sus espadas o de sus dagas.
Él alza la vista y, al hacerlo, percibo un inquietante destello afilado en sus pupilas. Nos hemos llevado francamente mal desde la mañana del Ascenso, cuando atacó a Izabel; desde entonces nunca ha desaprovechado una oportunidad para intentar herirme.
Anassa también ha reparado en su grupito y, aunque sus costados empiezan a hincharse debido al gruñido grave que se fragua en su interior, ninguno de ellos hace el menor amago de venir a por nosotras.
En las inmediaciones de la arena, los sirvientes del castillo aguardan nerviosos, tensos.
Stark ha ordenado a toda la servidumbre que acudiera; quiere garantizar que lo que sea que esté a punto de ocurrir cuente con el mayor número de testigos posibles.
A juzgar por los que siguen cruzando las puertas de la arena, aún no han venido todos.
No es fácil quedarse esperando en el estrado.
Me siento como una impostora. Y ¿cómo no hacerlo?
Hace unos meses pensaba que no era más que una plebeya.
En muchos sentidos, todavía lo soy. Tengo el vestido destrozado debido a mi paso por los calabozos, el cabello plateado lleno de nudos y unos ojos que, probablemente, estén enrojecidos por la combinación de falta de sueño y llanto interminable.
Parte plebeya, parte vinculada y parte reina, pero caótica hasta la médula, eso sí.
Y aquí estoy. Aquí es donde debo estar. Tengo que ser más de lo que soy.
«Debes hacerlo y lo harás», asevera Anassa, recordándome lo que me dijo el día que, sin esperarlo, me convertí en la alfa de la manada Estrategos.
«Debo hacerlo y lo haré», coincido.
Stark da un paso al frente para entregarme un amplificador con forma cónica que tomo con mano trémula.