Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 1 #3
2%

Capítulo 1 #3

Mi cuerpo ha estado funcionando a base de adrenalina pura y dura, por lo que el repentino recordatorio del tiempo transcurrido cae sobre mí como una pesada manta. Me froto los ojos, esforzándome por mantenerlos abiertos.

—Pues… —Enmudezco, intentando recordar lo que iba a decir—. Entonces hablaré con todo el mundo por la mañana. Deberíais descansar un poco.

No percibo que he perdido el equilibrio hasta que tropiezo con una piedra en un torpe e inútil intento por mantenerme erguida. El pecho de Stark me frena; sus manos tatuadas y llenas de callos se cierran en torno a mis brazos.

El contacto con él trae consigo un instante de fugaz vigilia durante el cual, entre rápidos parpadeos, aprovecho para apartarlo.

—Ve a la cama —gruñe.

—Ni de coña. —Estoy tan cansada que no me molesto ni en mirarlo—. No pienso apartarme de Saela.

Con un resoplido, Stark se recorre el cabello con la mano. Pasa por mi lado seguido de Aldrich y Helene y refunfuña algo sospechosamente parecido a «Será cabezota».

Saela parece haberse tranquilizado un poco. Sigue estampándose contra los barrotes una y otra vez, pero ahora lo hace con desgana; sus sienes ya no tocan el hierro. Sus ojos están perdidos en la nada, sin ver.

Unos minutos más tarde, un sonoro y áspero ruido me rescata de mi aflicción. Stark arrastra un catre por el suelo. Lo limpia con la mano para quitarle un poco el polvo y después le da un par de palmaditas, gesto con el que pretende convencerme de que es cómodo.

Yo me dejo caer en él sin rechistar, demasiado cansada como para poner objeciones. No obstante, estoy decidida a mantenerme despierta para vigilar a Saela, por lo que me recuesto de lado mientras Stark se acomoda junto a mí, con la espalda apoyada en el muro de piedra.

Pero es inútil: me pesan demasiado los párpados, que se cierran por mucho que me empeñe en mantenerlos abiertos.

Me asedia la sensación familiar de caer en la espiral del sueño. Abro los ojos con la intención de seguir despierta.

Pero ya no estoy en las mazmorras.

Me encuentro en un lugar oscuro, una habitación repleta de sombras y grises interminables carente de suelos, techos o paredes. Las sombras se arremolinan en torno a mis pies como espesa niebla.

Es demasiado real para tratarse de un sueño; se me acelera la respiración, temerosa. Al darme la vuelta y observar en derredor, descubro que no hay nada salvo este inconmensurable espacio.

—Por fin estás aquí, mi niña —dice el eco de una voz profunda, etérea y masculina: la misma voz que ha estado hablándome desde el principio. Aquella que me impelió a tomar la corona.

¿La voz de quién? ¿De dónde proviene? Se me hiela la sangre. Algo va mal, muy mal.

Me giro de golpe en busca del origen, pero sigue sin haber nada. Las sombras se elevan como el humo y descienden como estalactitas. Empiezo a temblar.

¿Dónde estoy?

Abro la boca para formular la pregunta, pero de ella no brota sonido alguno.

—Estás aquí, pero has dejado abierta una puerta que no puedes cerrar… Así que él también está aquí —me dice la voz.

Quienquiera que sea está enfadado conmigo; lo noto. Una punzada de miedo me atraviesa el cuerpo.

Las sombras comienzan a arremolinarse con ímpetu y me estrechan en un fuerte abrazo, aprisionándome. La oscuridad se vuelve cada vez más y más asfixiante, hasta que percibo su tacto en la garganta. Me estrangula.

Grito en sueños y me despierto con la respiración agitada.

Tengo las uñas clavadas en la tosca madera del catre.

No sé cuánto rato he estado atrapada en la nada, pero por lo visto ha dado tiempo a que Anassa y Cratos volvieran y se fueran de nuevo, ya que hay un ciervo muerto en la celda de Saela.

Además de una inmensa y horripilante mancha de sangre que reviste la piedra.

Mi hermana duerme aovillada en el suelo, con el ensangrentado rostro descansando sobre vísceras, y los brazos hundidos en ellas hasta los codos.

Ahogo mis sollozos mientras me incorporo. Stark sigue dormido, apoyado contra la pared y con la cabeza reposando en la piedra. No parece muy cómodo.

Me arrodillo a su lado. Sus espesas pestañas negras tiemblan debido a lo que sea que esté soñando. Alzo la mano para tocarlo. Solo para despertarlo, me digo a mí misma.

Pero, antes de que pueda hacer nada, un inesperado dolor me perfora la cabeza.

Hago una mueca y me llevo la mano a la zona presa de la agonía.

Resulta invasivo, como si alguien estuviera introduciéndome una aguja en la sien, cada vez más y más hondo, centímetro a centímetro.

Y, una vez está enterrada con la suficiente profundidad, lo oigo.

Es él.

«Buenos días, vinculados», dice Killian.

Reconocería su voz en cualquier parte. No hace tanto solía escucharla desde el otro extremo de la almohada. Ahora suena distorsionada, pero sigue teniendo esa hermosa cadencia aterciopelada.

De alguna manera, a pesar de no ser un vinculado, ha conseguido acceder a nuestro torrente mudo de comunicación. Me habla telepáticamente. ¿Qué cojones es esto?

Stark abre los ojos de inmediato. El viso de alarma en su semblante me indica que él también lo oye.

La voz de Killian vuelve a resonar en nuestras cabezas:

«Hay una usurpadora entre vosotros».