Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Con un nudo en la garganta, aparto la mirada.

Al no soportar verla así, elijo la única opción que me queda: poner un pie detrás del otro y guiar a los demás hasta los calabozos.

Los llevo a las mazmorras comunes, no a las que estaban ocultas y en las que mantuvieron prisioneros a Saela y a los otros niños.

Me da la sensación de que solo han pasado unas horas desde que Venna me guio por las entrañas del castillo para descubrir que mi hermana se encontraba allí, cautiva.

Hace solo unas horas que estábamos planeando la forma de sacarla de ahí.

Ni en mis peores sueños me habría imaginado que volvería a encerrarla.

Avanzamos deprisa y con cuidado, procurando no llamar la atención. El descenso hacia una oscuridad cada vez más densa parece un burdo y cruel reflejo de la deriva de mi deteriorado estado mental.

Los inhóspitos pasadizos que conducen a los calabozos rezuman humedad; se hallan repletos de grietas que surcan la piedra y el agua fría se filtra aquí y allá. Cada vez hay menos apliques en las paredes.

Por fin, alcanzamos una hilera de celdas relativamente secas y bien iluminadas.

En la primera se aprecian unas púas propias de bárbaros y algunas estanterías en la pared.

Nos apresuramos por dejarlas atrás. Stark y Grigore se detienen dos puertas más allá y escrutan el interior.

Espero tras ellos, intentando que mi vista se adapte a la oscuridad creciente.

Stark detiene su mirada en mí en busca de una decisión, y yo asiento de forma casi imperceptible. Así, le doy mi aprobación a que encierre a mi hermana. Reencierre , en realidad.

—Helene —llamo con la voz quebrada. Ella me mira con los ojos muy abiertos—. Ve a buscar al líder Aldrich y dile que venga.

El líder Aldrich es el vinculado más veterano que hay en el castillo y el de mayor experiencia; él estaba a cargo de nuestras Pruebas de Vinculación. Algo se le ocurrirá para ayudarnos y arreglar esto. Tiene que hacerlo.

Tarde, caigo en la cuenta de que podría contactar con Aldrich mentalmente si quisiera.

Anassa me dijo que ahora ya podemos comunicarnos con todos los vinculados…

Y, en cualquier caso, él forma parte de Estrategos, manada de la que yo soy la alfa.

Sin embargo, ahora mismo, no confío mucho ni en mí misma ni en mis habilidades.

Con una rápida inclinación de cabeza, Helene se da la vuelta y se marcha a todo correr por las mazmorras. Contemplo su partida sin tener muy claro si lo que le hace ir tan deprisa es mi orden, el miedo que le inspira mi hermana o lo lúgubre que es este sitio.

Grigore le comenta algo a Stark, que asiente y se prepara antes de soltar a Saela. Mi hermana golpea el pecho de Stark con los puños maniatados, pero él se limita a esbozar una mueca y moverla para que no alcance su objetivo.

La puerta de la celda chirría cuando Grigore la empuja.

Stark entra y coloca a Saela en un catre.

La deja ahí, todavía atada, puesto que liberarla supondría un riesgo para sus vidas.

Sale de la celda con los ojos cautelosamente anclados en Saela.

Una vez fuera, Grigore cierra de un portazo y coge la llave de un asidero que hay en la pared opuesta.

El sonido de la llave al empujar el cerrojo con un chasquido me retumba en los tímpanos.

Saela consigue ponerse en pie y trastabillar hasta los barrotes.

Grigore retrocede de un salto al ver cómo estampa el cuerpo contra estos con tanto ímpetu que el metal cruje, resentido.

Se estampa contra los barrotes una y otra vez.

El sonido hace que el corazón esté a punto de salírseme del pecho.

Ojalá pudiera abrazarla como la abracé cuando estaba en la prisión del rey.

Pero, si lo intentara, me arrancaría el brazo de cuajo y me drenaría las venas.

—Para —suplico, débil, con un incipiente paso al frente—, te harás daño.

Los ojos de Saela, salvajes y frenéticos, se mueven de acá para allá, sin detenerse ni medio segundo en los míos, como si ni siquiera fuera consciente de que le he hablado.

La chiquilla a la que tanto quiero no está ahí en absoluto.

Noto la calidez de Anassa a mis espaldas, así que me permito el lujo de apoyarme en ella. Su calor me envuelve. Me mantiene erguida cuando me fallan las piernas.

Para cuando por fin llega Aldrich, yo ya me siento desligada de mí misma.

Él inspecciona la escena que se le presenta, boquiabierto por un momento por el asombro antes de recomponer su rostro barbudo. Menuda pinta debemos de tener. Sobre todo yo, con este absurdo vestido de fiesta y una corona en la cabeza.

Aldrich separa los labios con la intención de decir algo, pero doy un paso al frente con una mano extendida para detenerlo. Anassa me ayuda a reunir la poca energía que me queda.

«¿Cómo lo hago?», le pregunto deprisa. Antes, de algún modo, ha sido ella la que ha compartido sus recuerdos con Helene y Grigore, pero ahora me toca a mí ocuparme de esto.

«En tu mente, encuentra el río que te une a los demás vinculados y búscalo en la manada Estrategos. Forma una conexión exclusiva con Aldrich y asegúrate de que te centras en él. Después, proyecta tus recuerdos en su dirección, como si los pusieras en un bote río abajo».

Sigo sus instrucciones y, al mismo tiempo, vuelvo a extender la mano para apoyarla en el curtido antebrazo del veterano.

Llenos de preocupación, sus ojos se topan con los míos, y yo me veo obligada a apartar la vista para evitar desmoronarme.

El contacto piel con piel ayuda a fortalecer nuestra conexión mental.

Después me concentro en proyectar mis recuerdos en su dirección.

El dolor de cabeza aparece de modo casi instantáneo, y el sudor empieza a recubrirme el cuero cabelludo debido al esfuerzo.

Pero funciona.

Le imbuyo conocimientos sobre mi sangre real, sobre la maldición y sobre cómo nos ha afectado.

Conocimientos de cómo Alistair Brilloscuro se adueñó ilegítimamente del trono de mis ancestros, de cómo ha recurrido a su linaje para ostentar el poder tantos siglos.

De cómo una maldición de sangre de los sifones ha mantenido a raya la verdad.

De cómo Stark me ha ayudado a desenmascararlo todo y de la huida de Killian.

El líder Aldrich cae de rodillas. Con las manos temblorosas, me mira y, enmudecido, toma mi mano y la aprieta contra su frente.

Yo trago saliva con dificultad.

—Por favor, levántate. Por favor. —Las palabras salen a trompicones de mi boca, suplicantes y patéticas—. Aldrich…, la que está en la celda es mi hermana. Debemos ayudarla.

La comprensión le demuda el rostro. Su boca se tuerce en un rictus que aúna tanto pena como aversión. Tengo que apartar la mirada.

—Seguro que hay algo que se pueda hacer. —Incluso yo oigo la desesperación que se desprende de mi voz—. Podrá arreglarse de algún modo, revertirlo.

Si me convertí en vinculada, si me he convertido en reina, fue para rescatarla de los rapiñadores… o de Killian y su padre, visto lo visto. Haría lo que fuera por ella.

Me niego a creer que no haya servido para nada.

Aldrich no responde enseguida, sino que detiene sus ojos en Stark y ambos se quedan atrapados en esa mirada. No estoy tan arrasada por la pena como para no comprender lo que significa.

Sé lo que están pensando: no creen que pueda revertirse.

—Por favor —suplico de nuevo—, dime qué hago.

Aldrich traga saliva. Une las manos con una palmada y un velo de simpatía en los ojos.

—Lo que más ayudaría a Saela es sangre humana. Tanta como sea posible. Tiene una sed implacable, y si no se sacia pronto, acabará por matarla.

—Vale —replico con los dientes apretados—. Pues beberá de la mía.

Stark chasquea la lengua, irritado.

—Ni hablar. Tal y como está ahora, no podemos fiarnos de su autocontrol; probablemente te dejaría seca.

Y, una vez más, me asalta esa mezcla de desprecio y gratitud.

—Quizá —propone Aldrich, dubitativo— baste con un animal de proporciones considerables.

Asiento, desesperada por dar con una propuesta que pueda servir.

«Cratos y yo iremos de caza. Traeremos un ciervo para Saela», me dice Anassa, lo que me provoca un estremecimiento de alivio.

—Probemos —respondo.

Los lobos vuelven sobre sus pasos a gran velocidad y desaparecen al doblar la esquina.

«¿Y ahora qué?». Mi mente es un torbellino en busca de hilos lógicos de los que tirar para trazar un plan. ¿Qué pasos son los que debo seguir para deshacer este entuerto?

Como miembro de Estrategos que soy, mi mente no debería tener problema para urdir una estrategia; al fin y al cabo es uno de los poderes de nuestra manada.

Pero ahora mismo estoy tan aturdida que ni siquiera soy capaz de hallar esa faceta dentro de mí.

Aun así, soy consciente de lo importante que será controlar el relato de lo sucedido.

Busco la mirada del líder Aldrich.

—¿Se ha enterado alguien de la partida de Killian?

Él niega con la cabeza.

—Después de que mataras al rey Cyril, los nobles salieron disparados a sus feudos, pero los vinculados siguen aquí, a la espera de órdenes del frente. Solo su nuevo gobernante puede transmitirles dichas órdenes. Se conoce que el joven Valtiere tendrá una intervención por la mañana.

Por la mañana. Ay, Diosa. No falta nada para la mañana.