Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 1
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Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2)

Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2)

Por Sable Sorensen

© inepub.com

Capítulo 1

Meryn

Respira, Meryn».

La oscuridad que se agita a mi alrededor traza movimientos imposibles. Cada pocos segundos, se diluye para mostrarme imágenes que me resultan desgarradoras.

Sangre viscosa derramada.

«Respira» .

Violentas estelas rojas sobre el suelo de piedra gris.

«Respira» .

Sobre el rostro furioso de mi hermana Saela: en sus labios, en sus… colmillos.

«Meryn, respira» .

El dolor me lacera el pecho. Las sombras vuelven a agruparse para, una vez más, sumergir la habitación en la más densa negrura. Al hacerlo, unos brazos sólidos y reconfortantes me aferran el abdomen.

Pero no puedo, no puedo, no puedo…

«¡Respira, Meryn!».

Yo boqueo con el aliento entrecortado. Comprendo que la fiera voz de mi cabeza no es mía, sino de Anassa, la loba huargo a la que estoy vinculada. La inmensa figura de un blanco plateado hunde el hocico en mi costado al tiempo que el aire me inunda los pulmones y yo regreso del todo a mi ser.

Las sombras vuelven a diluirse. Es un extraño poder nuevo sobre el que tengo parte de control. Es evidente que responde a mis emociones, a mi conmoción, a mi ira.

He dedicado los últimos cuatro meses de mi vida a convertirme en vinculada, todo con la esperanza de ir al frente de guerra para encontrar a Saela, a la que secuestraron y sacaron de casa en mitad de la noche para que sirviera de alimento a los sifones de Astreona, nuestro reino vecino.

O eso pensaba.

Delante de mí, los espasmos sacuden el cuerpo de Saela, de cuyo mentón gotea sangre. Me estremezco al ver sus colmillos. Después de todo por lo que he pasado para encontrarla, para salvarla…, mi hermanita ha acabado convertida en una de ellos . En un sifón.

Víctima de una sed de sangre incontrolable que lo demuestra.

Helene, miembro de la manada Daemos, de pie en un rincón del despacho de Stark, perpleja y con los ojos desorbitados, se lleva una mano al cuello ensangrentado… Pero se encuentra a salvo. El vínculo con su huargo ya le ha sanado la herida que le ha infligido Saela.

Helena está bien, pero mi hermana, mi todo …

Me abalanzo hacia ella, desesperada por recuperarla, por ayudarla, por detenerla, por, de algún modo, cambiar lo sucedido.

Pero esos brazos en torno a mi cuerpo me retienen con firmeza.

—¡Suéltame, Stark! —mascullo.

Como respuesta a mi agravio, las sombras se intensifican a nuestro alrededor. Antes de que pueda liberarme, el inmenso lobo huargo de Stark, Cratos, se precipita sobre Saela con un violento gruñido.

Se me cae el alma a los pies y trato de resistirme sin éxito al férreo agarre de Stark.

—¡No!

Cratos va a matarla. Mi chiquitina, mi preciosa hermana. Va a rebanarle el cuello porque ahora supone una amenaza.

Las lágrimas me bañan el rostro.

—¡Páralo! —le suplico tanto a Stark como a Anassa—. ¡Cratos, para!

Al verlo caer sobre ella, grito. La habitación se sume en las sombras de nuevo.

En esta ocasión, el hocico de Anassa me hostiga con más vehemencia todavía.

«Meryn, no va a matarla. La está neutralizando por tu seguridad y por la de todos. Respira hondo».

Hago lo que me dicen. Las sombras se disipan.

Con sus enormes patas, Cratos mantiene contra el suelo a Saela, presionando su espalda para que no se mueva.

Aun así, ella se retuerce con tanto ímpetu que a punto está de quitárselo de encima, de derribar, únicamente con el movimiento de su columna, a un lobo huargo gigante que es, por lo menos, tres veces más grande que ella.

Me quedo boquiabierta, consciente de que la sangre ha huido de mi rostro. Cuánta fuerza en el cuerpo de una muchacha de once años.

Saela nunca ha destacado por su poderío físico. Era la empollona. Yo, la fuerte. Se desenvolvió bien en las clases de defensa personal, pero incluso entonces era más de pelear con las palabras, no con los músculos.

Sus ojos pardos se vuelven incisivos al retorcerse de nuevo y, otra vez, sacude a Cratos de arriba abajo. Anassa detiene su mirada dorada en mí en un gesto que me permite intuir lo que está pensando sin necesidad de palabras.

Cratos solo no bastará para mantenerla bajo control. Anassa se acerca a su pareja y coloca sus propias zarpas en la espalda de Saela.

El terror hace que se me hiele la sangre, asustada no solo por lo que pueda pasarle a mi hermana…, sino por lo que puede hacer.

Aquí dedicamos bastantes clases a los sifones, a estudiarlos, pero sigue habiendo muchas cosas que desconozco. ¿Conservan los sifones parte de quienes eran antes de transformarse? ¿Hasta qué punto siguen siendo humanos a pesar de los colmillos?

Quiero correr a su lado, sostenerla entre mis brazos como hasta hace apenas un momento. Ella sonreía, a salvo.

Estaba a salvo.

¿Pero es que acaso aún sigue ahí? ¿O va a ser así… para siempre?

Saela grita, un alarido espeluznante que resuena por toda la estancia. Le están haciendo daño.

Consigo darle un codazo a Stark en el costado y me libro de su agarre. Pero solo dura un instante. Aprisiona mi muñeca y tira de mí hacia atrás con tanta fuerza que poco le falta para dislocarme el hombro.

—Los sifones recién transformados son los más peligrosos —me susurra Stark al oído.

Me mantiene contra su pecho con unos brazos que parecen barras de acero. Su contacto me hace arder, y lo odio. Lo odio pero también me abandono a esa sensación.

—He visto esto en el frente, muchas veces.

Es un juego del que disfrutan mucho los astreonenses.

Por favor, escucha. —Me quedo quieta, ajena a mi propio pánico por un segundo debido a la urgencia de su voz.

«Por favor», ha dicho—. Convierten a nuestros soldados en sifones y los lanzan contra nuestros efectivos.

Al principio, cuando los transforman, los nuevos sifones están tan consumidos por la sed de sangre que son capaces de aniquilar cualquier cosa que se les ponga por delante.

Ahora mismo no sabe ni quién eres; podría matarte —explica Stark en voz baja.

«Podría matarte». Saela, la niña pequeña que lloraba si le hacía las trenzas demasiado tirantes; que cerraba la puerta de nuestra habitación y apoyaba la cabeza en mi regazo las noches en las que nuestra madre se ponía violenta; que, en una ocasión, cogió a un ratón que vio en casa y, en vez de matarlo o tirarlo fuera, le hizo una camita con una caja de cerillas y lo llamó Felix.

¿Cómo es posible que haya pasado esto? Pero lo que dice es verdad. Una verdad terrible e inasumible. Mi dulce hermana pequeña… ya no está.

Me da vueltas la cabeza al intentar decidir cómo proceder a continuación y, al mismo tiempo, ignorar los pensamientos vengativos y llenos de violencia que me asaltan sobre por qué estamos en esta situación. Sobre el hombre —no, el monstruo— que le ha hecho esto a mi hermana.

Mi prometido.

La cólera que estalla en mi interior me incendia las venas, lo que hace que las sombras asciendan hasta el techo como una ola implacable.

Respiro de nuevo y las sombras descienden por las paredes.

Esto es lo que él querría: tenerme demasiado distraída y debilitada como para poder enfrentar esta crisis. No pienso dejar que siga manipulándome más. Saela necesita que sea dueña de mí misma, que esté serena.

Ella es lo primero.

«Cratos y yo no vamos a poder mantenerla así para siempre», señala Anassa al percibir la deriva de mis pensamientos.

—Vale —digo con la mente más despejada—.

Tenemos que atarla. —Me enderezo contra Stark, que debe de ser consciente de que no voy a correr hacia Saela de nuevo, porque afloja el agarre sin mediar palabra—.

Y después hay que llevarla a un lugar seguro —le digo a él—.

Un lugar donde no pueda lastimar a nadie ni a sí misma mientras pensamos qué hacer.

Parpadeo para recuperar la nitidez de mi visión y me limpio la mejilla con una mano temblorosa. Acabo de dar con la solución, y la odio.

—No puedo creer que vaya a decir esto, pero me parece que deberíamos devolverla a las mazmorras.

Proponer que mi hermana regrese a ese oscuro agujero de pesadilla es una sugerencia que se me antoja amarga y repugnante en la boca. Pero ¿qué otra opción tenemos?

Al girarme, miro a Helene y Grigore. Ella ha recuperado el color de las mejillas, pero Grigore sigue sin apartarse de su lado, preocupado, con una mano apoyada en su hombro.

—Vosotros dos no diréis ni una palabra de esto. No compartiréis con nadie, y digo nadie , lo que habéis visto aquí.

Por fin, al oír el tono gélido de mi voz, Stark me suelta del todo.

La pérdida de su contacto me resulta incómoda por un instante.

Cruza la habitación con sus largas piernas sin necesidad de dar más que un par de zancadas, y yo, aturdida, contemplo cómo abre un cofre para rebuscar en su interior.

Enseguida vuelve a mi lado, aunque pasa de largo en dirección a Saela.

Stark coloca la mano en el lateral de Cratos antes de arrodillarse e inmovilizar las piernas de mi hermana, que junta para atarlas firmemente con unas cadenas plateadas lo bastante resistentes como para contenerla, según observo.

Emplea un trozo de tela para amordazarla.

La sujeta por el pelo oscuro para poder colocar la mordaza entre sus colmillos.

Semejante visión hace que me hierva la sangre, y tengo que ignorar cómo se me crispan las manos, ansiosas por arremeter contra él.

A Anassa, en cuyos adentros se fragua un gruñido, también se le eriza el pelaje.

Pero Cratos reacciona deprisa y acerca su hocico al de ella para ayudarla a sobrellevar tanta emoción.

Por muy molesta que esté, también me siento agradecida, porque sé que es algo que hay que hacer y sabe la Diosa que yo sería incapaz.

Sigo sin poder asumir del todo que esto esté ocurriendo. Que esté a punto de meter a mi hermana entre rejas como si ella fuera el enemigo. No asumo que, de hecho, se ha convertido en el enemigo. Me mataría. Saela me mataría si esas cadenas no le aprisionaran los miembros.

Stark cabecea hacia Grigore y ambos se la llevan en volandas, mientras se retuerce entre sus brazos, cubierta de sangre, forcejeando sin parar. En vano; las cadenas son férreas.