Una semana después #2
Le pasa la cesta a Annie, que va vestida con su pantalón caqui habitual y su sahariana de talla grande.
Parece que le sienta bien vivir en el edificio Watergate.
No tiene planes de mudarse a otra parte, y sigue dando trabajo a Holt Willard, a quien Lucy se refiere como la única familia que tiene la jueza, su viejo y fiel criado.
Él es quien se encarga de hacer recados y ayudar con tareas menores.
Cuando ella no está en los juzgados o tiene algún otro compromiso, Annie y él toman café y hablan de los viejos tiempos.
El reportaje de investigación de Dana Diletti no ha causado ningún daño.
Si acaso, parece haber favorecido la reputación de Annie, por los editoriales y artículos de prensa que he estado siguiendo.
Según tengo entendido, Raven Landing va a comprar Chilton Farms, y mi vieja amiga ya no volverá a ser más pobre que las ratas.
—Bueno, cuanto más lo pienso —dice Dorothy arrastrando un poco las palabras—, más preocupante me parece que el auténtico asesino de las parejas siga por ahí libre, Dios no lo quiera. ¿Y si nunca lo atraparon para empezar…?
Aparece Elizabeth, despampanante, con otra ronda que nadie ha pedido ni rehusará.
Jack, su novio camarero con el que vive, no se corta a la hora de escanciar alcohol, y Annie no es muy bebedora que digamos.
Va por el segundo Bloody Mary Jack el Destripador, que lleva vodka no ruso.
Es una suerte que Lucy no beba, porque va a llevar en coche a su señoría, y también a su madre y a Marino.
—¿Y si la reapertura del caso lo incita a pasar a la acción y comienza a dar caza a parejas o quién sabe qué? —Dorothy ha cogido carrerilla—. ¿Y si vuelve a hacer algo horrendo?
—Hablas de algo que pasó hace veintidós años. Sea quien sea, seguramente es muy viejo ya —opina Annie.
—Bobadas —objeta Dorothy—. El que cometió aquellos asesinatos es posible que no tenga más de cincuenta y tantos a estas alturas, la misma edad que el chiflado al que tuvo que cargarse Marino…
—Sí, la edad es algo muy relativo. Hay tipos de setenta y tantos años y más con los que no me gustaría vérmelas.
—Marino juguetea con el vasito de bourbon, los musculosos bíceps a la vista—.
Me jode que Bailey se topara con el puto Dogg con dos ges.
No hago más que pensar que si la doctora y yo hubiéramos estado en Virginia por aquel entonces, eso no habría ocurrido.
—No habría ocurrido. Amén. —Dorothy asiente con firmeza como si estuviera en misa.
—Si hubiéramos estado aquí en Virginia, lo podríamos haber evitado, ¿no crees, Doc? —Me mira—. Las cosas no habrían llegado a ese extremo, ni de coña.
—Espero que no —respondo—. Desde luego, si Bailey me hubiera hecho llegar sus quejas como se las hizo llegar a Elvin, yo habría hecho algo al respecto.
Dogg empezó a trabajar como vigilante de seguridad en el Instituto de Medicina Forense de Norfolk en otoño de 2019.
Para entonces, ya estaba involucrado en la célula terrorista incipiente que ahora se autodenomina La República, de la que Gilbert Hooke fue miembro fundador.
Se conocían, y es probable que Dogg se cruzara con April Tupelo en algún momento.
Ella estaba perfectamente al tanto de las convicciones anarquistas de Hooke y de sus aspiraciones, compartía sus ideas, y visitaban con frecuencia el campo de adiestramiento de Virginia del Norte.
Ahora está muerta, y Hooke está entre rejas, esta vez por cargos de terrorismo, después de que se interrogara a sus camaradas y se recabasen más pruebas.
Si April siguiera con vida, también estaría en la cárcel.
Los dos habrían sido acusados de múltiples crímenes.
—Robo de propiedades del gobierno y atracos a mano armada que se produjeron en la zona de Hampton Roads no mucho antes de morir ella… —Dorothy continúa recitando lo que han dicho las noticias sobre April Tupelo.
—¿Y sabéis lo que creo de que se cayera por la borda? —Marino alza otro trago de bourbon al tiempo que mira a todos los presentes—. ¡Fue la vida tomándose la revancha!
—Ya te dije que Gilbert y ella eran tal para cual —dice mi hermana bien alto y con dramatismo mientras me mira—. Y no me sorprendería que alguien la hubiera ayudado a tropezar e ir a parar al agua.
—Hooke bien pudo empujarla si se peleaban, ¿verdad, Doc? —comenta Marino—. ¿Con lo borracho que estaba? No habría sido muy difícil.
—No la estranguló hasta morir. —Me echo a la boca otro Flash-Bang y tomo un sorbo de combinado—. Pero pudo empujarla al agua y dejar que se ahogara. No habría tardado mucho. Es posible que no hubiera sido capaz de ayudarla aunque lo hubiese intentado.
Nunca lo sabremos, porque nada acerca del último día de April Tupelo se sabe con certeza.
Cuando Hooke y ella salieron en su barco a recoger el globo meteorológico que se había estrellado el 14 de octubre de 2020, no solo se trataba de ayudar a la NASA en Wallops a recuperar el experimento fallido.
El globo estaba hecho con Mylar suficiente como para recubrir todo un campo de fútbol.
Por lo general, el material dañado se habría vendido como excedente, pero no llegó a salir a la venta.
Después de que April y Hooke recogieran los restos del globo, estos se desvanecieron.
Como muchas veces ocurre en instalaciones del gobierno con múltiples almacenes sobresaturados, nadie se dio cuenta.
Cuando hicieron una redada en el campamento y los terrenos de entrenamiento de los terroristas, descubrieron que La República tenía una industria artesanal considerable, que incluía reservas de Mylar, hornos y trituradoras industriales.
Los terroristas habían estado fabricando baldosas de obra que llevaban incrustada purpurina de Mylar, parte de ella recubierta por pulverización catódica de cantidades microscópicas de metales preciosos.
Las baldosas se habían utilizado en sus propios edificios, dando lugar a hábitats con la capacidad de protección de jaulas de Faraday.
Habían confeccionado también prendas protectoras de camuflaje, y modificado los móviles con ayuda de tecnología de espectro disperso.
Eso explica que nadie detectara a los terroristas en su intento fallido de atentado contra el presidente.
Las señales de sus móviles se perdieron entre el ruido de fondo y no fueron localizadas, sus comunicaciones pasaron inadvertidas.
Los canallas se anduvieron con cuidado, a diferencia de Dogg cuando decidió asesinar y desatar el caos en Belle Haven Market y Chilton Farms. Fue más temerario incluso al presentarse en Norfolk sin tomarse la molestia de ponerse guantes, capucha ni demás protección.
No le preocupaba que lo descubrieran antes de acabar lo que había empezado.
Quizá se había vuelto demasiado engreído o su furia desmedida le impedía atenerse a la lógica y al buen juicio.
Probablemente ya no pensaba con claridad, quizá debido a la exposición crónica a la radiación.
No debió de pasársele por la cabeza que alguien como Marino pudiera estar mirando por la ventana cuando las luces parpadearon antes de que el cobertizo quedara a oscuras del todo.
—Me di cuenta al instante de lo que ocurría.
—La narración de Marino se vuelve más dramática a medida que va pasando la happy hour —.
Salí por la puerta delantera y rodeé la casa con sigilo.
Distinguí la silueta de ese cabrón en la orilla, entre unos arbustos.
Debió de percibir mi llegada, porque giró la cabeza justo lo suficiente para que lo alcanzara en la sien izquierda. Luego dos veces más en el torso…
Elizabeth interrumpe su último relato reciclado.
Trae Guacamole Guardián con Bocaditos Crujientes, además de cestitas de Patatas Calenturientas, por gentileza de la casa.
Se inclina lo suficiente con su blusa escotada para que Marino disfrute del espectáculo.
A mí se me va la vista hacia Bose Flagler en la otra punta de la sala, ahora mismo solo en su reservado, y por un instante nos sostenemos la mirada.