Una semana después
Las iniciales BFD que mencionaba Bailey Carter en los diarios correspondían a Benjamin Franklin Dogg. El vigilante de seguridad privada de cincuenta y cuatro años tenía el desafortunado apodo de Benji, y había provocado más de un «bonito follón descomunal».
Pero lo que quería desesperadamente era dar la nota a cualquier precio.
Ese era su mayor defecto, compartido quizá con buena parte de la gente hoy en día.
Según lo que se ha descubierto hasta el momento, Dogg se vendió al diablo del mismo modo que lo hace la mayoría: poquito a poco, remontándose hasta el primer día.
Tomó malas decisiones. Al final murió tal como había vivido.
Solo que él no sufrió ni remotamente tanto como sus víctimas, y ya sé que los médicos forenses no debemos dejarnos influir por nuestras consideraciones personales.
No tiene que importarnos el quién o el porqué, solo el qué y el cómo son tangibles, demostrables, válidos ante un tribunal.
Se espera de mí que no muestre interés alguno en la motivación que tuvo la persona para hacerlo o no hacerlo.
Mi trabajo no es el de juez o jurado, pero a cualquiera que lo pregunte le diré que ojalá ese Benji Dogg no hubiera nacido.
Me alegro de que haya tenido una muerte bien perra, como dice Lucy.
De no ser así, habría destrozado más vidas.
Todo indica que no había hecho más que empezar.
En los años y meses recientes se había vuelto cada vez más impulsivo a la hora de tramar asesinatos y golpes en nombre de las causas radicales de La República.
Su especialización y su interés obsesivo giraban en torno a la fabricación de armas de microondas y todo lo relacionado con ellas.
Trabajaba en ese tipo de armas constantemente en el campo de adiestramiento cerca de Quantico, pues llevaba asociado a la organización terrorista desde sus inicios.
Descrito como reservado y tímido, Dogg podía ser amable y servicial hasta que tenía accesos de ira cuando le llevaban la contraria o lo despreciaban.
Era en buena medida como Benton conjeturó, de esos que te ayudan a quitar la nieve del camino de acceso o a cambiar una rueda pinchada.
Un tipo en el que apenas te fijarías a menos que decidiera plantarte cara.
Como la mayoría de los matones, atacaba cuando la víctima no tenía la menor oportunidad de defenderse.
No tenía presencia en las redes sociales y se servía de alias para vigilar a objetivos futuros.
—Aparcamientos de centros comerciales, espectáculos en directo, graduaciones universitarias y mítines políticos al aire libre… —enumera Marino, y menos mal que tiene una voz potente que se hace oír a pesar de la música y del ruido.
Mollie’s Underground está tan abarrotado que no queda ni un centímetro desocupado.
Un joven con tatuajes y el pelo al rape canta en el karaoke una versión de Country Roads de John Denver que no está nada mal.
Nuestra mesa se encuentra en un rincón alejado, donde siempre nos sienta la propietaria, y tengo a Lucy a mi lado.
Junto a ella está Annie Chilton, y enfrente, Marino y Dorothy.
—Según todo parece indicar, el tipo tenía una lista cada vez más larga —continúa Marino—. Porque si le faltabas al respeto, eras el siguiente. Exactamente como lo hizo con el pobre Bailey Carter…
Invité a Piper a que se uniera a nosotros esta noche, pero este fin de semana está en Norfolk con unos familiares. Los diarios y documentos de su esposo están a buen recaudo en una caja fuerte para armas donde nadie se hará con ellos.
—Lo que sigue reconcomiéndome es si había una novia, un colega, quizá algún otro terrorista —dice Dorothy—. Debía de estar unido a alguien.
—No —responde Lucy—. Era solitario hasta la médula. En realidad, no lo conocían ni sus camaradas. Pregúntale a Benton.
La silla a mi izquierda está vacía mientras lo esperamos, y la vista se me va una y otra vez hacia la puerta. Benton se ha rezagado en el Pentágono con el marido de Mollie, el general Jake Gunner, comandante de las Fuerzas Espaciales de Estados Unidos. Tendrían que llegar en cualquier momento.
—¿Cualquier cosa sagrada y valiosa? Pues ahí estaba el sheriff Dogg y su alegre pandilla de capullos para destruirla y que nadie quisiera salir más de su puta casa —afirma Marino en tono bullicioso y desafiante.
—Cuando despersonalizas a esos individuos, es algo parecido a cuando ellos nos cosifican —observa Annie. Marino y ella no son necesariamente del mismo parecer.
Podría decirse que no votarían por los mismos candidatos políticos, ni verían los mismos programas de televisión ni las mismas películas. No se llevarían bien por mucho que quedaran varados ellos solos en una isla desierta.
—Estoy firmemente convencido de que, si les hacemos a otros lo mismo que ellos nos hacen, solo empeoramos las cosas.
Eso no es justicia. —Cuanto más bebe Annie, más parece que estuviera dando instrucciones al jurado—.
Eso es caer en prejuicios e intolerancia.
Benji Dogg no es un simple imbécil, un gilipollas…
—¡Ya no, eso seguro! ¡Pero joder que si lo era! —replica Marino.
—La gente deja que los hechos se expresen por ellos —conviene Dorothy—. Los actos hablan con más fuerza.
—Cuidado con categorizar. —Annie está de pronto más sombría.
—Ambos bandos tienen que poner de su parte —coincido.
—Eso es fácil decirlo. —Dorothy nos va señalando a los presentes con un dedo extendido—. Pero luego hay problemas de cableado defectuoso…
Los trastornos de personalidad no son tan evidentes como cuando hay un cortocircuito eléctrico o salta el automático, y no hay explicación fácil de qué es lo que crea una personalidad psicopática violenta.
Dogg tenía un coeficiente intelectual superior.
Asistió a la Universidad Old Dominion de Norfolk; le interesaba la ingeniería y la astrofísica.
Su padre había abandonado a la familia, y los problemas de dinero eran constantes.
Mientras cursaba los estudios, Dogg vivía en casa con su madre, una maquilladora que trabajaba en una cadena de televisión local.
Después de que su esposo dejara a la familia, ella estuvo con una sucesión de hombres que la visitaban en su casa.
La policía supuso que fue uno de ellos el que la asesinó la primavera que Dogg iba por su segundo año de carrera.
Su madre paseaba a escasas manzanas de su casa como tenía por costumbre después de cenar.
Cuando la acuchillaron hasta matarla lo hicieron delante de una iglesia mientras el coro estaba en pleno ensayo, preparándose para el concierto de Pascua que se avecinaba.
La música sonaba tan fuerte en la calle que es poco probable que alguien pudiera haberla oído gritar.
Vieron a un joven esbelto, con ropa oscura y capucha, que huía corriendo y que se fue escondiendo detrás de árboles y edificios hasta que se perdió entre las sombras.
—Como decía —continúa Dorothy—, estaba podrido hasta los tuétanos.
—Y que lo digas —coincide Marino—. Ese cabrón de mierda se cargó a su propia madre…
Recientemente, Dogg se había instalado en Quantico cerca de Fort Belvoir, en una casa de alquiler de dos dormitorios.
El todoterreno Durango de la seguridad privada de Raven Landing estaba a la vista en el sendero de acceso cuando llegaron los agentes federales.
Tenía la furgoneta personal en el garaje, pero la noche que murió estaba aparcada en un lugar discreto cerca de la propiedad a orillas del río de los Carter en Norfolk.
Dentro de la furgoneta había una mochila con un cuchillo táctico en el que quedaban restos de ADN de Wally Potter.
También había un rollo de cinta americana, y los cortes de las tiras recuperadas de su cadáver coincidían con el mismo.
Los microrrestos pegados al adhesivo concordaban con lo que hallamos en la pelusa de polvo.
El ADN transferido por contacto a la camisa de Wally coincidía con el de Benjamin Franklin Dogg, igual que el ADN en el interior de la caja fuerte y en la silla de oficina de Belle Haven Market.
Dogg estaba fuera de control, se había vuelto arrogante y quizá se había abandonado al delirio de que era invencible.
No estaba en la base de datos CODIS del FBI porque nunca lo habían detenido, lo que reafirmaba su falsa sensación de seguridad.
Encargué a mi subjefa en Norfolk, Rena Peace, que analizara la escena del crimen y llevara a cabo el examen post mortem . No me correspondía a mí hacerlo. Me pareció lo más indicado, teniendo en cuenta que ella se había ocupado de Bailey Carter.
Jugueteo con la copa de Margarita Marciana, una de las especialidades de la casa: tequila, un chorrito de agua y jugo de granada con hielo.
—Bueno, no es agradable imaginarlo. —Dorothy vuelve a perorar sobre los asesinatos de Colonial Parkway, lleva un rato haciéndolo sin parar, y ojalá lo dejara de una vez—. Pero ¿cómo sabéis que ese no estuvo implicado de algún modo en las horribles muertes de aquellas pobres parejas de jóvenes?
—He de reconocer que a mí también me ronda ese pensamiento de continuo —dice Annie—. Quizá entonces estaba empezando, aprendiendo a dar caza a seres humanos. Se estaba entrenando.
—Eso es. —Dorothy asiente—. Y muy bien podría haber actuado como cómplice de como se llame, el tipo al que acusaron de los asesinatos, ¿no?
El que tenía ese ADN tan raro y acabó tiroteado.
Igual estaban implicados ambos. ¿Quién sabe?
Cómplices en los peores crímenes imaginables.
Habría sido más fácil que dos personas sometieran a una pareja…
—Hay muchas cosas que ignoramos. —Intento cambiar de tema—. Basta con decir que, si Dogg tuvo algo que ver en los casos de Parkway, me da la sensación de que acabaremos por averiguarlo.
—Es posible que no llevara notas ni hiciera fotos, pero apuesto a que guardaba recuerdos —dice Lucy mientras coge unos bocaditos de jalapeño que sirven con el nombre de Flash-Bangs.