Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 36 #3
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Capítulo 36 #3

O quizá trabajaba en alguna otra cosa que lo llevaba a tener contacto habitual con él.

Yo todavía vivía en Massachusetts entonces, y ya no estaba al tanto de los pormenores del sistema médico forense de Virginia, más allá de que prácticamente se lo había cargado Elvin Reddy, lo que agravaba de manera considerable la desesperación y la desilusión de Bailey.

—He venido por el lateral de la casa. —Marino sigue contándome lo que ha hecho, aunque me resulta difícil prestar atención, como si me chisporrotearan los pensamientos—.

Estaba de espaldas a mí, ocupado disparando su puta arma de destrucción masiva.

Sonaba como un microondas en funcionamiento.

Oía el motor, pero no veía salir nada de la antena…

—Tenemos que llamar a Benton y Lucy antes de hacer nada más. —Llevo encima un susto de muerte.

Las luciérnagas se encienden y se apagan, y las ranas croan con fuerza mientras deambulamos en torno al cadáver, registrándolo todo.

No tenemos analizador de señales. No sabemos si Dogg actuaba solo.

Algún otro terrorista podría estar apuntándonos ahora mismo con un arma de alta energía, y noto la cabeza a punto de estallar.

Tengo la boca seca y me sabe a polvo. Me está costando mucho evitar que me castañeteen los dientes.

—Pruebo a llamar a Lucy. —El móvil de Marino se ilumina en la oscuridad cuando efectúa la llamada.

Salta el buzón de voz, y deja una advertencia urgente.

Si nos ponemos en contacto con la policía local, dice, hurgarán en todas partes antes de que el Servicio Secreto tenga ocasión de hacerlo.

Es evidente que Lucy, Tron y Benton no quieren que los polis ni nadie más se incaute del arma microondas o sepa de su existencia siquiera.

—No podemos quedarnos aquí —le advierto a Marino cuando cuelga—. Nos las estamos viendo con una célula terrorista, y no podemos dar por sentado que no haya nadie más en las inmediaciones…

Está sudando a mares, con la atención puesta en todas partes cuando regresamos a la casa.

En la cocina, Piper está sentada como una estatua ante la mesa cubierta de papel de periódico sobre el que hay herramientas para limpiar cangrejos y cáscaras en abundancia, así como un cuenco con pulpa de cangrejo.

Los bollos de queso enfriándose en una bandeja para hornear huelen de maravilla.

—Ay, Dios mío —exclama con los ojos abiertos de par en par.

—No llames a Emergencias —advierte Marino—. No has llamado, ¿verdad?

Niega con la cabeza, no ha llamado. Marino deja la pistola y la munición de Dogg encima de los periódicos de la mesa.

Piper las mira como aturdida. Yo bajo la persiana que hay por encima del fregadero para dejar la noche del otro lado.

Me mira sin acabar de entender mientras vuelvo a plegar el maletín abierto.

—Es lo mismo que le ocurrió a Bailey, ¿no? —dice.

—Es muy posible —respondo—. Solo que él no estaba detrás de una puerta de espejo; no se le habría ocurrido algo así. Y no tenía esto. —Muestro mi maletín de apariencia anodina.

—Ah. —No tiene idea de qué hablo—. He oído disparos.

—Así es. —Marino está orgulloso de sí mismo, y no me extraña.

—¿Quién era? —pregunta ella.

—¿Te suena de algo el apellido Dogg, con dos ges?

Vuelve a negar con la cabeza; no ha oído hablar de él. Pero Bailey no traía su trabajo a la casa, repite una y otra vez.

—Era un canalla, un vigilante de seguridad privado que trabajaba en ese club náutico pijo de Alexandria —dice Marino—.

No llevaba documento de identidad en los bolsillos, pero ya lo habíamos visto.

Ha venido aquí de alguna manera, debe de haber un vehículo aparcado por alguna parte.

Pero eso no nos corresponde a nosotros investigarlo. No sería seguro, para empezar.

—¿Y ha venido aquí esta noche porque sabía que estarías aquí? —Piper está perpleja y cada vez más enfadada—. ¿Es la misma persona que dejó a Bailey tan mal? ¿Y ahora quiere hacerle lo mismo a Kay?

—Supongo que tenía intención de acabar con todos nosotros —señala Marino, y Piper empieza a sollozar—.

Quizá nos ha seguido —decide Marino, que aún tiene la pistola en la mano, apuntando hacia el suelo—.

No lo sé, pero tenemos que marcharnos, y te vienes con nosotros, Piper.

Vamos a llevarnos los puñeteros diarios y todo lo demás, ya que estamos, a no ser que no quieras volver a verlos.

Si los polis de Norfolk o los del FBI se hacen con ellos, ya puedes olvidarte.

—Tiene razón. —Doy un respingo evidente cuando vibra mi anillo; el móvil funciona bien.

Abro el compartimento del maletín donde lo había dejado antes, casi esperando otra queja automatizada acerca de lo poco que me cuido, pero es Benton quien llama.

—¿Estás herida? —Su voz es firme y queda, tal como suena cuando está loco de inquietud.

—Me parece que no.

—No hay tiempo para hablar. Los agentes están a un par de manzanas, ellos se ocuparán de todo —dice—.

En cuanto lleguen, tú, Marino y Piper os montáis en la furgoneta.

Os escoltarán de regreso a Old Town. Vamos a asegurarnos de que estéis a salvo.

Todo irá bien, te lo prometo, Kay. No olvides que te quiero.