Capítulo 36 #2
No estaba en la línea de fuego, y recuerdo que Piper ha comentado que tenía su propia caja de alimentación eléctrica.
Marino me lleva por el muelle hasta una zona de hierba en la orilla donde antes he visto gansos.
El asaltante estaba agazapado al abrigo de los arbustos y los cipreses.
Desde aquí no era fácil verlo, y el cobertizo debía de quedarle a tiro sin ningún obstáculo.
Conocía el lugar idóneo porque ya lo había localizado en septiembre de 2020, cuando Bailey sufrió el presunto ictus, se produjo el apagón y murió el pez de colores.
Ahora el monstruo había regresado para causar más destrozos y muerte.
Marino ilumina el rostro barbudo ensangrentado, los ojos abiertos que miran ciegos, el brillo blanco de los dientes tras los labios entreabiertos.
Reconozco vagamente a aquel vigilante de seguridad de Raven Landing llamado Dogg.
Se nos pegó al parachoques trasero en plan agresivo cuando nos dirigíamos a Chilton Farms; recuerdo sus gafas de sol descaradamente fijas en nosotros.
Fue Dogg el que informó a la policía de Alexandria de que había visto el coche de Flagler en la entrada de la casa de Annie.
Seguro que el vigilante privado se fijó en toda suerte de detalles mientras acechaba y planeaba sus actividades terroristas, aprovechando que la gente lo consideraba un buen tipo.
Tiene la tupida barba medio gris, empapada en sangre por la herida de bala en la sien izquierda.
Me agacho, y a la luz de la linterna, el orificio es tangencial, en ángulo levemente descendente.
Ese disparo ha sido el decisivo, y si tuviera que hacer una suposición, diría que es el primero que ha efectuado Marino.
Dos balas más han alcanzado a Dogg en la parte superior del cuerpo, seguramente desgarrando órganos y vasos sanguíneos vitales.
Sospecho que cualquiera de las heridas habría resultado fatal.
Me resisto al impulso de elogiar a Marino por el trabajo bien hecho, de decirle lo aliviada e impresionada que estoy.
Le doy las gracias por salvarme la vida, y no es la primera vez que lo hago.
Es probable que tampoco sea la última. Alumbra con la linterna el mono de camuflaje de Dogg.
Al lado, en el suelo, está la capucha que no se ha tomado la molestia de ponerse; Marino la coge.
Lleva unas gafas de protección de espejo incorporadas.
—No puedo jurarlo —dice—, pero creo que es Mylar.
Lo mismo se puede decir del mono, y le da la vuelta al cadáver.
Las costuras parecen selladas al calor salvo por una cremallera de plástico de dientes pequeños en la espalda, protegida por una tira de velcro que Marino abre de un tirón.
Dogg no ha creído necesario ponerse capucha, protección ocular, guantes ni cubrezapatos para descargar ráfagas de alta energía contra el cobertizo dentro del que estaba yo.
No sé cuánto ha durado el ataque. He tenido la sensación de que era una eternidad, pero Marino dice que no ha superado el minuto. Quizá dos, matiza mientras abre la cremallera del mono, cachea el cadáver y se asegura de que no quede aquí nada que no deba estar ahí.
—¿Cómo lo has desactivado? —No entiendo qué ha hecho Marino; tampoco puedo dejar de temblar.
—Cuando le he disparado la primera vez, ha dejado de apretar el gatillo —es su sencilla respuesta—. Luego he comprobado que estuviera muerto. He pulsado el interruptor de alimentación del motor antes de ir corriendo al cobertizo para asegurarme de que estabas bien.
Los arbustos a través de los que ha abierto fuego Dogg se han quedado sin hojas ni follaje.
La antena direccional con la que apuntaba, como si del cañón de un rifle se tratara, está conectada a un cable eléctrico que desaparece en el interior de la mochila de gran tamaño.
El arma tiene un aspecto raro, es una combinación de La guerra de las galaxias y una herramienta de la edad de piedra.
La antena mide en torno a un metro veinte y está encerrada en un tosco cono metálico que dirige la energía letal hacia el objetivo.
El mono crepita de modo inesperado cuando Marino comprueba qué lleva Dogg debajo.
Pantalones cargo de camuflaje. Una camiseta café con leche sin distintivos.
En los bolsillos tiene un rollo de billetes de cien dólares, el mando a distancia de arranque de un vehículo Ford y otras llaves.
Dentro de una riñonera hay una pistola del calibre 40, un silenciador y munición extra.
Marino quita el cargador ampliado del arma y saca la bala de la recámara.
No le preocupa preservar la escena del crimen ni contaminar las pruebas.
No es ningún secreto quién le ha disparado a Dogg y por qué.
Suponiendo que él abriera fuego con un arma de microondas contra el cobertizo de botes aquella noche de septiembre de 2020, cabría pensar que él y Bailey se conocían.
Quizá Dogg era vigilante de seguridad en las oficinas del médico forense por entonces. Eso diría yo.