Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 36
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Capítulo 36

Pero esa mañana había nueve autopsias, y andaba más escaso de personal que nunca.

Elvin Reddy era el jefe por entonces y dispensaba a las oficinas del distrito de Tidewater el mismo trato penoso que a las demás.

Bailey tenía problemas de presupuesto y personal que agravaban aún más sus circunstancias.

Fue a su sede, y a las siete menos cuarto de la tarde estaba de nuevo en el cobertizo para botes escribiendo la entrada en el diario de ese día:

¡Qué horror, qué horror! ¡Ya no queda honor ni decencia!

¿Adónde vamos a ir a parar? ¡No queda ningún sitio bueno!

Esta mañana han dejado la puerta de la zona de carga y descarga abierta de par en par, como invitando a cualquier malnacido a entrar.

BFD. La puerta de la escalera también estaba abierta otra vez. BFD…

Podría ser la abreviatura de Bonito Follón Descomunal, una expresión por la que Bailey tenía preferencia para referirse a los desastres relacionados con el trabajo, porque no decía palabrotas más allá de algún «puñetero» o «maldita sea».

Lo que sí hacía era salpicar las conversaciones de eufemismos y acrónimos.

Se quejaba del Jd tal o cual, por «jodido», y se refería a los criminales como HdPs y Cbs que podían irse «a tomar viento».

Escribe:

No me gustan las confrontaciones, pero no me ha quedado otro remedio, lo que no ha hecho sino empeorar las cosas.

¡Me resisto a venir a la oficina siquiera!

Cuanto más se ausenta el gato, más se descontrola la situación.

Como si la pandemia no fuera desgracia suficiente, ahora me las tengo que ver con esta estupidez. Nadie escucha ni se preocupa…

Echo un trago de cerveza y compruebo que ya no está fría: llevo un buen rato leyendo. Me levanto del sofá y miro el móvil. Son casi las ocho y media. El cielo es de un naranja candente con el sol ardiendo sin llama en el horizonte. Quiero ver qué tal lo lleva Marino.

—Me preguntaba cómo va eso —digo, y oigo música de fondo.

—Estamos limpiando la pesca. —Se encuentra de buen ánimo—. Piper va a preparar sus famosas croquetas de cangrejo. Qué maravilla de sitio. No me importaría quedarme aquí un par de semanas, quizá todo el verano. ¿Te apetece tomar un descanso?

—Voy a seguir leyendo un poco más —respondo, y eso que tengo la vista cansada—. No es fácil leer la letra de Bailey. De momento no he encontrado nada que pueda sernos útil, a menos que sepas a quién o a qué se refería cuando habla de BFD.

—No me viene a la cabeza nada evidente —dice Marino, que le pregunta a Piper si lo sabe.

Ella es de la misma opinión, y le sugiero a Marino que compruebe nuestras reservas de hotel.

Si Piper no tiene inconveniente, voy a tener que volver aquí por la mañana.

Quiero hacerme una idea de todo el contenido de los diarios antes de regresar a Alexandria.

Sobre todo, quiero tener ocasión de ver qué le rondaba por la cabeza a su marido durante los asesinatos de Parkway.

—Recomiendo buscar el modo de poner a salvo sus diarios y documentos —le resumo a Marino—. Creo que es sumamente arriesgado dejarlo todo aquí. Quizá puedas engatusar a Piper para que nos deje llevárnoslos.

—Lo intentaré. No te quedes ahí mucho más rato —me dice.

Vuelvo al sofá y al diario que estaba leyendo hace unos minutos, el último que llevó Bailey. Busco la última entrada antes de que sufriera el supuesto ictus la noche del 20 de septiembre, hace casi dos años. Una vez más, hace referencia a BFD.

Por si el trabajo no fuera lo bastante funesto de por sí, la maldad te sigue hasta tu propia puerta.

BFD. En secreto, he estado echando un ojo al inventario, y ya van cuatro veces en los últimos seis meses.

No es una coincidencia, así que esta mañana por fin he dicho algo al respecto. «¿Por qué desaparece el Niroflex?».

Bailey sospechaba que el robo de material en las oficinas del distrito de Tidewater llevaba produciéndose desde hacía tiempo, seguramente casi dos años.

Productos de limpieza, los EPI y otros suministros se agotaban antes de lo habitual.

Se desvanecían sin explicación instrumentos quirúrgicos caros.

Lo más llamativo era la desaparición repetida de guantes de malla metálica Niroflex que ayudan a prevenir cortes y pinchazos de aguja durante las autopsias.

Los guantes con textura de cota de malla ofrecen la protección de una jaula de Faraday, al menos en las manos, lo que sería conveniente a la hora de experimentar con armas de microondas.

Los guantes sustraídos a los que hace referencia Bailey en el diario no son baratos.

Adquisiciones al por mayor en internet podrían llamar la atención por motivos equivocados de gente como Lucy y Tron.

Ese tipo de pedidos y envíos son rastreables, pero el robo de guantes de malla metálica del depósito de cadáveres no tenía por qué serlo necesariamente. A menos que identificaran al responsable, y es posible que así fuera.

Bailey, a las 20.35 de aquella noche de septiembre de hace dos años, escribe lo siguiente:

Dejé claro que no volveríamos a encargarlos.

La grosería con la que me respondieron fue: «Te crees muy listo».

El mismo insulto que había recibido en el pasado, y dije: «Bueno, soy más listo que tú; eso seguro, Jd».

Esto no puede seguir así. Volveré a planteárselo a Elvin, pero es evidente que no voy a sacar nada de…

La entrada termina literalmente a mitad de frase.

No vuelve a haber nada durante varios días, y luego la caligrafía de Bailey apenas es reconocible.

Es como si estuviera borracho o padeciera un temblor incontrolable, y no es fácil seguir buena parte de lo que dice.

Pero era muy consciente de que algo iba terriblemente mal. Escribe una y otra vez:

No puedo hacerlo. No puedo hacerlo. ¿Qué le pasó a Midas? ¿Qué le pasó a mi pobre pez…? ¿Qué me pasó a mí? ¡Tengo mucho miedo…!

Me viene a la cabeza el acuario de plástico en la otra punta de la sala de estar, todavía con piedras y follaje de plástico.

No me cabe duda de a qué se refería Bailey, y el escenario se torna más triste todavía.

Pero no hay un mustio cadáver que recoger esta vez.

Aun así, necesito confirmación, así que vuelvo a llamar a Marino.

—Pregúntale a Piper por un pez llamado Midas —le digo.

—Un momento. —Pone el móvil en modo altavoz, y repito la pregunta.

—El pez de colores de Bailey. Murió cuando se fue al cuerno la instalación eléctrica —dice Piper, tal como yo esperaba—. Se llevó un gran disgusto, se quedó destrozado. Hablaba con Midas de la misma manera que lo hacía con los diarios.

El pez de colores no contaba con protección en el interior de la pecera no metálica, del mismo modo que Bailey no contaba con ella en el cobertizo de madera de estilo rústico sin mosquiteras en puertas y ventanas.

Les digo a Piper y Marino que voy a dejarlo y que no tardaré en llegar.

Prometo volver a dejar los diarios en su sitio, y los guardo en el maletín.

Subo la escalera a la guarida, donde huele a madera de cedro, y me siento fatal por Bailey, por su pez y por todo el mundo.

Abro un cajón del archivador, y al parpadear las luces no me alarmo.

Cuando ocurre por segunda vez, de vuelta a la sala de estar, la luz se va con una potente detonación, dejándome en la más absoluta oscuridad.

Noto un calor crepitante y un intenso dolor, al tiempo que oigo fuertes chasquidos y estallidos.

La electricidad chispea y describe arcos a mi alrededor como si fueran fuegos artificiales.

Mientras, tanteo torpemente el maletín que Lucy insiste en que lleve.

Lo despliego abriéndolo de par en par y me protejo con él a la vez que me agazapo detrás del espejo puerta. Huelo a metal caliente; la televisión y la gramola antigua resuenan a todo volumen. La música suena a rachas, igual que las ráfagas de diálogos…

Desde la grabadora encima del escritorio llega la voz monótona de Bailey…

«Dentro de los límites normales…».

«El hígado pesa quinientos sesenta gramos…».

«El caso queda pendiente de nuevas investigaciones…».

El aire crepita como si estuviera ardiendo mientras sigo parapetada detrás del maletín desplegado y la puerta de espejo. No puedo hacer otra cosa que esconderme, esperando lo que se avecine. El corazón me martillea contra el pecho, me late en el cuello, tengo la boca áspera como papel de lija…

¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!

Entonces, silencio absoluto. Apenas respiro. Aguzo el oído, pensando en la pistola en el cajón en mi casa. Me sobresalto cuando la puerta principal se abre de repente, dando un fuerte golpe contra la pared. Oigo resonar unas pisadas en el suelo de madera dentro del cobertizo que luego se detienen.

—¿Doc? —Es la voz de Marino, y nunca lo había oído tan asustado—. ¿Doc? ¿Estás ahí?

—¿Dónde iba a estar? —Al salir de detrás de la puerta en plena oscuridad sueno como otra persona.

—¿Estás bien?

—No lo sé. Creo que sí, pero no lo sé. —Me falla el equilibrio y noto los oídos taponados, como si hubiera estado nadando.

Bajo el maletín abierto, y una linterna barre la sala de estar. Veo la silueta de Marino, que alumbra cerca de mí sin deslumbrarme. El olor metálico y caliente es más intenso.

—¿Qué ha pasado? —pregunto cuando se acerca—. He oído disparos. O eso me ha parecido. Es difícil saberlo, había tanto ruido…

—Venga, Doc. Vámonos de aquí cagando leches.

Me rodea con uno de sus grandes brazos y me ayuda a salir por la puerta al aire cálido de olor salobre, donde la marea lame en silencio la orilla.

Tiemblo como si fuera invierno mientras él alumbra el camino.

Mareada, levanto la vista hacia el cielo sembrado de estrellas, la luna que brilla por entre las nubes como una calavera.

A lo lejos, la casa principal está alegremente iluminada; por lo visto no ha sufrido ningún daño.