Capítulo 35 #2
Nuestros pasos resuenan huecos sobre el viejo muelle de tablones combados y cabezas de clavo oxidadas.
Alcanzo a oler el agua salobre, que se riza allí donde los peces tocan la superficie.
La garza azul ha vuelto, o quizá es otra distinta que se posa en la orilla sobre sus patas zancudas.
En la ribera atestada de cipreses y arbustos se ha reunido una bandada de gansos canadienses.
Las sombras motean la hierba y las flores silvestres, y no me cuesta imaginar a Bailey esperando regresar aquí al final de la jornada.
Sin duda lo debía calmar seguir el largo muelle.
Calculo que debe de medir algo menos de veinte metros desde el inicio hasta donde acaba en el cobertizo.
Subimos a un porche con soportes para cañas de pescar en la barandilla.
Piper tiene que buscar la llave adecuada del llavero que le tintinea en las manos temblorosas.
Abre la puerta de madera erosionada, y el aire en el interior se nota estancado y húmedo.
Es evidente cuando entramos que el lugar llevaba mucho tiempo cerrado.
Enciende los ventiladores de techo y alguna que otra luz.
La ayudo a descorrer las cortinas; la planta baja es pequeña, con muebles voluminosos y paneles de castaño carcomidos.
En el techo hay vigas de roble a la vista, e identifico la que usó Bailey para pasar la soga con la que se ahorcó.
Los detalles y las fotografías que he revisado indican que tomó una sobredosis de benzodiacepina, se envolvió el cuello en una toalla y se puso el nudo corredizo.
Se sentó en el suelo, inclinado hacia adelante a fin de comprimir las arterias carótidas.
Al cortar el suministro de oxígeno al cerebro, murió de hipoxia.
A la hora de abandonar este mundo, Bailey sabía lo que se hacía.
Es posible que para entonces ya padeciera demencia, pero seguía siendo lógico y preciso, y decidió que no quería seguir adelante.
Lo hizo de una manera rápida y relativamente compasiva, sin obligar a su esposa a que se enfrentara a un escenario cubierto de sangre.
—Hace tiempo que no entro aquí. —Piper pasea la mirada por la habitación con gesto temeroso, evitando la zona donde aconteció la tragedia—. Sencillamente, no entro. Nunca lo hacía, en realidad. Era su sitio especial, como una casita en un árbol. No podían entrar chicas ni nadie más.
Encima del antiguo escritorio de madera de nudo de Bailey hay un ordenador, y en una mesa, su microscopio cubierto con plástico traslúcido.
Al lado hay un montón de carpetas de cartón para portaobjetos y una grabadora de casete de las de antes para dictar informes.
Hay filas dobles y triples de libros en las estanterías, así como una serie de ilustraciones y modelos anatómicos antiguos.
Frente a una butaca reclinable hay una televisión sobre un soporte, el control a distancia encima.
Hay una antigua gramola, una vitrina con instrumentos médicos antiguos y un polvoriento acuario de plástico.
El esqueleto anatómico mira con ojos vacíos mientras Piper explica que, después de que se fuera la luz la noche del 20 de septiembre de 2020, rehicieron la instalación eléctrica del cobertizo.
—Bailey seguía viniendo aquí a diario —asegura Piper—, pero ya no era el mismo. Lo veía por la ventana, aquí sentado sin más, mirando el agua.
—¿Dónde guardaba los diarios, Piper? —pregunto, porque no veo ningún sitio donde puedan estar.
—Siguen aquí, ¿verdad? —indaga Marino, preocupado.
—Nadie lo habría dicho, pero Bailey tenía su lado travieso —recuerda Piper—.
Tenía su propio sentido del absurdo, que se sumaba al hecho de que no confiaba en absoluto en la mayoría de las personas, y con razón.
Me imagino a Alicia atravesando el espejo, y todavía me hace sonreír.
—Eso hace con lágrimas en los ojos, antes de enjugárselas con furia.
Sujeto a la pared en la otra punta de la sala de estar hay un espejo de cuerpo entero con marco ornamentado.
Piper pasa la mano por la parte inferior.
Se oye el chasquido de un cierre, y el espejo se abre como si de una puerta se tratara.
Detrás hay una escalera estrecha por la que Marino entra a duras penas.
El espacio está mal ventilado, caliente y cargado cuando la seguimos hasta la guarida secreta de Bailey.
Los cuatro armarios de cedro están pulcramente etiquetados con los años comprendidos entre 1991 y el día que se suicidó, hará dos años el 24 de noviembre, el martes antes de Acción de Gracias.
Piper abre unos cajones no muy profundos para enseñarnos los cuadernos Moleskine negros, los mismos que llevo usando yo desde la facultad.
—El único que he mirado es el último que escribió.
Intenté leer las páginas finales para ver si decía por qué…
—Saca el cuaderno del armario y me lo entrega—.
Bueno, me preguntaba si habría dejado alguna explicación…
O si sencillamente se despedía… —Se lleva un pañuelo de papel a la nariz—.
Siento que haga tanto calor y haya tanto polvo aquí.
—No dejó nota —supone Marino, y ella niega con la cabeza, enjugándose los ojos.
—Es raro que la gente las deje, mucho más de lo que se cree —señalo.
—Nada. Ni una palabra sobre lo que planeaba —dice—. Y para entonces resultaba difícil entender los desvaríos de Bailey, como tú misma verás. Después del incidente era incapaz de escribir o hablar de manera coherente. Sufría dolores de cabeza insoportables y confundía y enredaba las cosas muchísimo.
—¿Enseñaste sus diarios a la policía? —pregunta Marino.
—Lo que les interesaba era una nota. Me preguntaron por ella, como era de esperar, y les dije que no encontré ninguna —responde—. No vi necesidad de dejar que se pusieran a hurgar en los diarios privados de Bailey ni en nada más como si hubiera cometido algún delito.
—Bien hecho —opina Marino.
—¿Te importa si voy llevando unos cuantos cuadernos abajo? —pregunto, porque aquí no hay donde sentarse, y tiene razón en lo del polvo y el calor.
—Siempre y cuando no salgas de la propiedad. —Abre otro armario, este con cuadernos de hace más de veinte años—. Los que llevaba durante los asesinatos de Parkway están aquí; supongo que es lo que quieres ver.
—Ya los leeré —respondo—. Pero lo que me interesa ahora mismo son las entradas más recientes. No solo este cuaderno —indico el que me ha entregado—, sino otros que llevó durante los últimos años de su vida.
Quiero ver qué tenía en la cabeza hacia el final, así que cojo una docena de diarios que van desde 2017 hasta su muerte.
Los meto en el maletín y los llevo abajo, y Marino y Piper se van del cobertizo y se centran en sus tareas y aventuras marítimas mientras yo me acomodo en el sofá de la sala de estar bajo los ventiladores de techo en marcha.
Rodeada de ventanas, los veo izando las trampas para cangrejos hasta el muelle.
Las vacían en la nevera portátil de poliestireno; por lo visto, el truco de la marea muerta ha dado resultado.
Habrá de sobra para cenar. Una vez vacías las trampas, Piper y Marino regresan a la casa.
Los oigo reír y hablar sin cesar cuando cierro las cortinas, porque está oscureciendo.
Vuelvo al sofá y ahueco los almohadones detrás de mí, lo que me hace estornudar unas cuantas veces.
Hojeo los diarios de Bailey: salta a la vista que eran su terapia, como daba a entender el artículo de prensa de hace tiempo que sacó a relucir Patty Mullet.
Los pequeños cuadernos negros eran su única caja de resonancia segura en un mundo aterrador que llevaba constantemente la muerte hasta su puerta.
Se traía los casos a casa desde el punto de vista emocional.
Eran los pequeños detalles los que lo obsesionaban; la bolsa de la compra dentro del coche accidentado, los animales de peluche dispersos entre los restos del avión, el amuleto de patita de conejo en el bolsillo de alguien a quien había arrollado un tren.
Bailey tenía ojo para las imágenes conmovedoras, y detestaba su trabajo.
No le caía bien la gente de la oficina, y tenía la sensación de que los buenos tiempos habían quedado atrás. Los patólogos forenses no eran los puristas de antaño, muchos ya ni siquiera se conducían con discreción y respeto.
«Están muy ocupados aspirando a ser portavoces en la tele —decía—. Todo el mundo quiere ser famoso. Pues bien, yo no…».