Capítulo 35
Pruebo a llamar a Benton y salta el buzón de voz como sabía que ocurriría. Le dejo un sencillo mensaje: «La materia brillante recogida es Mylar». Eso es todo lo que digo, y les dejo el mismo mensaje de voz a Lucy y Tron.
Lo entenderán. No hace falta que les aclare que la razón para recubrir plástico con metales como el aluminio es conseguir que el material sea altamente reflectante.
Cualquier cosa de esa factura tiene las propiedades de una jaula de Faraday, continúo explicándole a Marino lo que averigüé trabajando en la Comisión del Juicio Final.
—Si te pones un traje de Mylar como lo hacemos de Tyvek, te protege de la radiación de microondas siempre y cuando estés cubierto de la cabeza a los pies.
Pero más te vale no ir por ahí con ropa hecha a partir de manta térmica plateada reluciente; no si quieres pasar inadvertido.
Imagino que además debe de dar un calor de mucho cuidado en esta época del año.
—Es como lo que hacen con los coches hoy en día —observa Marino—.
Los recubren de vinilo en vez de pintarlos, y puedes escoger lo que quieras: un color brillante, camuflaje, negro mate, incluso un acabado de espejo.
Vi un Ferrari no hace mucho que parecía que lo hubieran bañado en oro de veinticuatro quilates.
—Eso explicaría la variedad de colores de los fragmentos de material de aspecto metálico —respondo cuando empezamos a cruzar la bahía de Chesapeake—. Marrón, gris, verde, negro. Todo eso además de hallar curiosos restos de metales como plata, oro y cobre.
La inmensa expansión de agua azul marino pasa a ser el océano Atlántico hacia el este, y nos vemos rodeados de instalaciones militares.
A nuestra espalda a lo lejos queda la Estación Naval de Norfolk, la más grande del mundo, sus acorazados grises silueteados contra el sol poniente.
Mi sede del distrito de Tidewater da a la bahía de Willoughby varios kilómetros hacia el oeste; paso por allí cada varios meses.
Durante las visitas, cuando nos juntamos en la sala de reuniones, tengo un asiento de primera fila desde el que veo entrar y salir acorazados y aviones. Ha habido mucha más actividad desde que Rusia inició la monstruosa invasión de Ucrania. Agradezco que haya buenas personas combatiendo el mal.
—Camuflaje —le digo a Marino, pensando en lo que me comentó Benton.
El mes pasado atracaron una farmacia familiar en Arlington. El autor provocó un corte de electricidad. Luego esa persona entró en el establecimiento vestida de camuflaje, con una capucha holgada que tenía gafas de protección de espejo incorporadas.
—No podemos descartar que esos tipos estén fabricando ropa de protección de Mylar.
Pero desde luego han desarrollado algo que es más discreto y, además de sencillo, práctico —le sugiero a Marino—.
Monos ligeros y fáciles de poner y quitar, algo que se puede doblar o meter en la mochila como una manta térmica.
Pero el Mylar no tiene por qué ser brillante o llamativo.
Las viejas pajareras de metal deslustrado y las mosquiteras de aluminio mate desvían la radiación igual que los acabados de espejo.
Basta con metalizar el material, y al final esas prendas de protección acabarán teniendo el mismo aspecto que la ropa de calle.
—No es muy distinto de las camisas de pesca que llevan incorporada protección contra rayos uva y bichos —explico, mirando por la ventanilla.
El océano Atlántico está sembrado de olas de color verde azulado con cresta blanca, y en el horizonte un crucero parece del tamaño de un hospital.
El sol está suspendido a baja altura sobre el agua, el cielo del azul desvaído de la tela vaquera vieja al inicio del fin de semana del Cuatro de Julio.
El tráfico es denso por la carretera de la costa de Norfolk, las playas y los parques que pasamos ya están atestados de gente de pícnic y barbacoa.
De las parrillas llameantes ascienden columnas de humo y resuena música en directo.
Hay gente haciendo paravelismo y paseando en motos acuáticas.
Vuelan cometas y lanzan discos voladores.
Después del motel Surf, nos desviamos hacia el interior en dirección a Little Creek, donde hay extensas propiedades privadas de bosque.
No he estado nunca en el refugio a la orilla del río de los Carter, pero he oído hablar mucho de él porque era allí donde más feliz se sentía Bailey.
La mayoría de las casas son pequeñas y rústicas.
Se construyeron en las décadas de los cincuenta y los sesenta, las parcelas son generosas, con muelles que se adentran en el agua cual largos dedos.
Hay cobertizos para botes o amarraderos, y veo vecinos que comprueban las trampas para cangrejos.
Otros están por ahí paseando a sus perros y saludan con la mano cuando pasamos.
Es lógico que Bailey quisiera pasar tiempo aquí.
Entiendo que Piper no se haya marchado a pesar de los recuerdos tan dolorosos.
El sendero de acceso no está pavimentado; salen disparados guijarros y se levanta una polvareda.
Aparcamos delante de la casita de campo con fachada de madera.
Piper aparece en el porche, se limpia las manos con un trapo de cocina y se las frota con nerviosismo, pero se la ve sonriente y emocionada.
A primera vista, cualquiera diría que somos viejos amigos que venimos de visita social sin ninguna preocupación.
—Dichosos los ojos —me dice, y es probable que hayan pasado veinte años.
—No sabes cuánto agradezco que hayas accedido a esto, y avisándote con tan poca antelación, Piper. —Le doy un abrazo y la noto temblorosa.
Más delgada y con más arrugas que la última vez que la vi, va vestida con pantalones de pintor, camiseta de la Universidad de Virginia y náuticos desgastados.
Antes llevaba el pelo largo y rubio. Ahora lo tiene corto y blanco como la nieve; sus brillantes ojos azules y su sonrisa fácil no bastan para disimular su profunda tristeza.
—En aquellos tiempos estaba al mando de la brigada de homicidios en Richmond. —Le presento a Marino porque es posible que no se acuerde de él—. Vino por aquí a menudo durante la investigación de los asesinatos de Parkway.
—Claro, cómo me iba a olvidar de ti —le dice Piper—.
Pero no recuerdo que tuvieras este aspecto: debes de vivir en el gimnasio.
—Le da un repaso de arriba abajo—. Bailey te tenía mucho aprecio, lo que ya es decir; no soportaba a los tontos.
«A ese inspector no se le pasa una», solía decirme; esas eran sus palabras exactas —le asegura a Marino.
—No me conocía mucho —bromea él, sumamente halagado.
—Mi marido era un perfeccionista, por si no lo habías deducido.
—Sí, ya sé lo que es trabajar para uno de esos —responde Marino.
—Bueno, espero que estéis preparados para cenar un poco. —Nos lleva al interior de la casa, una vivienda encantadora con alfombras en el suelo de madera—. He metido unos panecillos en el horno y he preparado mantequilla con miel.
—No hace falta que insistas. —Marino se habría invitado de todos modos, y ya se llevan de maravilla.
Desde la sala de estar hay una vista impresionante de Little Creek y del muelle grisáceo que se adentra en la ensenada, con el cobertizo para botes pintado de verde oscuro al final.
—Si de mí dependiera, viviría en un sitio así —comenta Marino mirando todo aquello.
Se acerca a la ventana panorámica, y una enorme garza real azul remonta el vuelo desde la orilla y sobrevuela el agua. Unos patos se alejan dejando una estela de ondas en el agua. Las gaviotas graznan como si las importunara la presencia que mira pensativa desde detrás de los cristales.
—Es agradable donde estamos Dorothy y yo a orillas del Potomac, con un embarcadero y demás —comenta él—. Pero hay demasiados apartamentos, y todo es tan nuevo que me repatea, incluida la gente. Esto es de lo más tranquilo, y apuesto a que la pesca es buena.
—Ojalá pudierais quedaros a pasar la noche, pero como veis no hay mucho sitio —dice Piper—.
Compramos esto hace mucho tiempo y era sobre todo para cuando hacía buen tiempo y Bailey estaba de ánimo.
No planeábamos vivir aquí. Luego llego la COVID, y él creyó que las cosas no podían ir a peor. Pues bien, se equivocaba.
—Hace tiempo que no cojo unos cuantos cangrejos. —Marino no puede quitarle ojo al paisaje—. Y hay marea muerta.
Cuando el nivel del agua está en el punto más bajo o más alto, el movimiento de la marea es mínimo. Es el momento ideal para pescar cangrejos azules y camarones. Marino le dice a Piper que estaría encantado de revisar las trampas.
—Esperaba que te ofrecieras —responde ella—. Tengo cinco. Es el límite, ya sabes. Puse cuellos de pollo como cebo hace poco, y me da la sensación de que habrá una buena captura. Y además tengo cerveza.
—Así me gusta —le dice Marino.
Piper nos deja en la sala de estar, y me quedo mirando el muelle, la ensenada de la anchura de un lago o un puerto.
Los barcos de vela se recortan contra un cielo cada vez más oscuro, y las aves de costa graznan y se arremolinan.
Cuando regresa con tres cervezas de Molson Golden Ale húmedas por la condensación, brindamos por Bailey.
Entrechocamos los botellines y luego nos lleva afuera por la puerta de atrás.
Va a enseñarnos el despacho casero que Bailey habilitó.
Hizo la mayor parte del trabajo él mismo, fabricando armarios especiales de madera de cedro para guardar sus diarios y documentos privados.
Bailey tenía una licenciatura en Ingeniería del MIT, por lo que no me sorprende que se le diera bien arreglar y construir cosas.