Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

—No sé qué se trae entre manos Patty Mullet —explico—, pero no pienso dejar que se lleve los diarios originales de Bailey.

—Nadie va a echarles mano salvo nosotros. —Marino lo dice categóricamente.

Es casi la una y media de la tarde, así que, si salimos enseguida, podemos estar en Norfolk al atardecer, dice.

Tendremos que alojarnos en un hotel, y esta noche más vale evitar Old Town.

Benton no estará en casa. Supongo que Lucy tampoco.

No me apetece nada dormir en casa yo sola con la policía aparcada delante.

Dorothy estará bien en su apartamento de la urbanización cerrada.

Los manifestantes no van detrás de ella, y cuanto más me convenzo de que está a salvo, más culpable me siento.

Como la diligente hermana mayor que soy, le envío un mensaje de texto explicándole que Marino y yo tenemos trabajo en la costa este.

No le doy la menor pista acerca de qué o dónde.

No volveremos esta noche, y dudo que Lucy esté en casa, con todo lo que está pasando.

Si a Dorothy no le apetece quedarse sola, puede ir a un hotel de la ciudad de Washington; lamento la molestia.

Siento que no podamos hacerle compañía. Ella contesta con emojis de un pulgar en alto, una botella de vino y una pistola.

Marino y yo vamos a su camioneta. Los coches patrulla tienen que volver a escoltarnos con las luces de emergencia encendidas.

El número de manifestantes ha seguido aumentando, y han llamado a la policía estatal.

No miro sus caras enfurecidas y hago caso omiso de sus increpaciones cuando pasamos.

Tomamos la I-95 hacia el sur, escuchando un rato el seguimiento del caso de Hooke y otras noticias.

Luego Marino pone su emisora preferida de clásicos.

Escuchamos Grass Roots, Three Dog Night y Elton John de los primeros tiempos.

Estamos colgados de Fleetwood Mac cuando llegamos a Richmond; el perfil urbano me trae recuerdos de una ciudad que ahora no se parece en nada a la que era cuando estábamos empezando.

La estación de ladrillo rojo de Main Street es en la actualidad un centro comercial.

La torre del reloj marca la hora correcta, pero no hay trenes por ninguna parte.

En las proximidades se encuentra el garaje de varias plantas donde antes estaba mi antigua sede, en una zona baja con dique para evitar las inundaciones.

Mi viejo edificio en las calles Catorce con East Franklin fue demolido al poco de que yo me fuera de la ciudad, hará unos veinte años.

Ahora las oficinas forenses del distrito central están en mitad de un parque de biotecnología, rodeadas de laboratorios privados.

El edificio James Monroe, dominando el horizonte, se alza veintinueve plantas; en sus primeros años el edificio de oficinas estatales era el más alto de Virginia.

Imagino a Elvin Reddy en su suite de la última planta con vistas al río James.

Pienso en las veces que me ha convocado aquí para fastidiarme el día.

Mi anillo vibra, y no pongo a Benton en modo altavoz.

Prefiero aprovechar la poca intimidad que tengo a mi alcance.

—Estoy en el coche, casi he llegado a mi destino. —Oigo su voz por el auricular, pero no me dice dónde está ni adónde va—. Luego tendré que dejar el móvil en una taquilla hasta Dios sabe cuándo.

No puede informarme de los detalles, pero da a entender que las detenciones son inminentes.

El Servicio Secreto y el FBI han descubierto dónde están escondidos los terroristas, y es posible que hayan evitado una catástrofe que ya me explicará más adelante.

Mientras me lo dice, un texto de Lucy me alerta de que ya han alcanzado un veredicto en el juicio de Hooke.

—Tengo que colgar, no sé cuándo volveremos a hablar —se despide Benton—. No olvides que te quiero.

Encuentro cobertura en directo en la radio y subo el volumen.

Gilbert Hooke ha sido declarado inocente de todos los cargos.

Mientras la portavoz lee la decisión del jurado, caigo en la cuenta de que es la misma mujer que me interrumpió cuando yo prestaba testimonio para preguntar sobre las diatomeas.

—No es que me sorprenda, aunque se va a liar pero bien. —Marino hurga de nuevo en el cenicero en busca de un chicle—. Al comienzo del fin de semana festivo, ¿te lo imaginas? Esos de «Justicia para April» tienen que estar hechos unas fieras. Me alegra que tú y yo nos hayamos largado de allí.

Mientras lo dice, me viene a la cabeza la periodista judicial Shannon Park, que dejó el juicio de Hooke antes de tiempo para marcharse de Old Town por esa misma razón.

Abro el maletín y busco el sobre rosa que me dio la víspera.

No me había acordado de él desde que lo metí en el bolsillo lateral, y decido mirar qué era tan importante.

Saco una tarjeta de felicitación con arcoíris y dragones. Dentro hay un lápiz de memoria sujeto con cinta adhesiva. Shanon me escribió en tinta rosa una nota que leo en voz alta:

«Kay, estás rodeada de traidores, por si no lo sabías ya. Es hora de que tengas una ayudante administrativa que reparta estopa. A Marino y a ti os vendría bien un poco de ayuda de una amiga, y yo estoy lista para un nuevo reto. Adjunto mi currículum».

—Los dedos más rápidos del Este. —Eso es lo que siempre dice Marino de ella—.

Seguramente sería capaz de pasar a máquina un informe de autopsia antes de que hubieras acabado de dictárselo, con lo veloz que es.

Y conoce a todo el mundo en los organismos policiales y el sistema judicial.

Además, es leal y sabe cuándo callarse la boca.

—Hablaré con ella, pierde cuidado —respondo en el momento en que descubro por las noticias que han detenido a dos terroristas en Virginia del Norte.

Uno de los sospechosos es el tipo que me puso la zancadilla, Clark Babbitt, un instalador de tejados de cincuenta y tres años con antecedentes delictivos por violencia doméstica, entre otras cosas.

Ahora está en manos de los federales, igual que un exmecánico del Ejército llamado Joel Ramekin, de cuarenta años, cuya imagen tomando al asalto el Capitolio el 6 de enero de 2021 resulta vagamente familiar. Se esperan más detenciones en breve.

Benton seguramente está encerrado en una sala de crisis con pantallas de datos en las paredes.

Lo imagino rodeado de imágenes por satélite del campamento de los terroristas, sus instalaciones, sus vehículos, quién sabe qué más.

Mientras le transmito los detalles a Marino, llama mi jefe de toxicología, Rex Bonetta, con novedades, según dice, así que lo sincronizo con los altavoces de la furgoneta.

—Tereftalato de polietileno. —Nos informa de los resultados de los análisis de espectrometría de masas y cromatografía de gases.

—Igual puedes hablar en cristiano para variar —replica Marino, que conduce con las gafas de espejo puestas mientras masca chicle Teaberry.

—Mylar —aclara Rex—. Esa película de plástico con revestimiento metálico que se usa para hacer globos, mantas térmicas, el aislamiento de satélites.

Los trocitos relucientes de purpurina de aspecto metálico en la pelusa y también en la cinta americana son restos de Mylar, asegura.

Según explica, se han planchado en capas y sellado al calor.

Como se sospechaba, en algunos casos el material está recubierto por pulverización catódica con cobre, incluso plata y oro, añade.

—¿Tenemos alguna idea de para qué podía utilizarse? —pregunto.

—No, pero salta a la vista que alguien está experimentando, fabricando algo, haciendo cosas que utiliza Mylar, lo que se asocia casi en exclusiva con la industria aeroespacial —replica Rex—.

Me parece preocupante a más no poder ahora que se están efectuando detenciones de presuntos terroristas y por todo lo demás que estoy oyendo.

Tengo que poner al tanto a Benton, pero seguro que no contesta. Sin duda su móvil está guardado en una taquilla en el Pentágono, en la Casa Blanca o dondequiera que sea. Mira los mensajes en los descansos entre reuniones, y es posible que no lo haga durante horas.