Capítulo 34
—Fuera lo que fuese, provocó un apagón —explica Piper—. Se despertó en el suelo en medio de una oscuridad total con un dolor terrible, tanto es así que al principio no sabía dónde estaba. O eso era lo que recordaba, lo que me contó en un primer momento.
—¿Llamasteis a la policía? ¿Buscasteis algún tipo de trampa? —indago al tiempo que subrayo dos veces «apagón» en las notas—. ¿Pedisteis una ambulancia?
—No llamamos a la policía ni a nadie —dice—. Lo llevé al hospital esa noche, y le hicieron toda clase de pruebas. Supusieron que debía de haber sufrido un ictus, y no mucho después decidieron que tenía demencia precoz.
Voy leyendo en la pantalla el informe de la autopsia que Marino me acaba de enviar por email mientras Piper sigue explicándome por teléfono que su difunto marido estaba confuso y se mostraba difícil después de aquello.
—Luego empezó a mostrarse más irritable y depresivo —dice en el momento en que encuentro la sección de histología del informe digitalizado—.
Se volvió muy terco y tendría que haberse jubilado antes de lo que lo hizo.
Tendría que haberse jubilado al instante, pero se negaba a reconocer que ya no se encontraba en plenas facultades.
No escuchaba, y la gente de su entorno se daba cuenta y hacía comentarios.
En el examen microscópico del tejido cerebral de Bailey se aprecia leucoencefalopatía difusa y necrosis celular. Es probablemente similar al aspecto que tendrán las imágenes del de Rachael Stanwyck cuando estén listas y por fin las veamos. De haber sobrevivido, habría quedado con graves secuelas.
No hay duda de que Bailey las sufrió, de que tenía demencia.
Pero ahora es posible que yo sepa las causas.
No puedo evitar preguntarme si su suicidio la semana de Acción de Gracias de 2020 se debió a aquella agresión anterior que le provocó los daños cerebrales que aprecio.
Además, ¿quién le habría hecho algo así? ¿Y por qué a él?
—Si alguien conocía a tu marido, supongo que debía de ser evidente que trabajaba en un despacho en vuestra propiedad —le digo a Piper por teléfono.
—Sí —afirma mientras yo pienso en las implicaciones—.
Sin duda, todos los que trabajaban con él sabían lo que hacía y dónde.
No era difícil dar con Bailey. Estaba en sus oficinas del centro, aquí en Norfolk, o en el despacho de casa.
Aparte de la familia y el bote, no salía mucho, como suele decirse.
Piper me cuenta que su difunto esposo tenía como terapia y ritual al final de la jornada pasar unas horas a solas en el despacho que había hecho en la caseta para los botes. Contemplaba el agua mientras escribía sobre sus casos o cualquier otra cosa que aconteciera en su vida.
—Era así como se aclaraba las ideas —explica—.
Tenía que exorcizar los demonios debido a todas las cosas incalificables que veía.
Justo cuando pensaba que no podía ocurrir nada más horrible…
Pues entonces volvía a casa y se iba directo al cobertizo sin hablar con nadie.
En la iglesia te decían que Dios no te dará más de lo que puedas soportar.
Pues no es cierto. Pero no se lo reprocho a Dios, sino a la gente.
Continúa describiendo la noche que su marido sufrió el presunto ictus.
Eran en torno a las siete y media de la tarde cuando Bailey regresó a casa dando tumbos.
Arrastraba las palabras y hablaba de que lo habían abducido los extraterrestres.
Esa era la sensación que tenía, según le dijo a Piper.
Se encendió la tele, parpadearon las luces y empezaron a saltar chispas.
Luego todo quedó a oscuras en el más absoluto silencio.
—No recordaba más detalles aparte de los que he descrito.
—La voz de su viuda me sigue por el despacho mientras voy de ventana en ventana cerrando las cortinas—.
Me dijo que quizá perdió el conocimiento brevemente.
Después mejoró un poco con el paso de los días, lo que no quiere decir gran cosa.
No era el Bailey que yo conocía, ni el que conocía nadie. Nunca volvería a serlo.
—Cuando se fue la luz en el cobertizo, ¿también se fue en el resto de la casa? ¿Qué pasó allí? —Echo un vistazo a las orquídeas y la higuera maltratadas; espero que se recuperen.
—No pasó nada. Yo estaba en la cocina hablando por teléfono, y ni me enteré del problema.
Las luces de la casa ni siquiera parpadearon.
Por eso me gustaría saber qué le ocurrió en realidad.
Descubrieron que no estalló ningún transformador.
Solo se vio afectado el cobertizo de Bailey.
La casa principal no sufrió daños porque depende de una caja de distribución eléctrica distinta.
—¿Y qué fue de las notas que tomaba? Me pregunto qué tenía en casa: cualquier expediente, los cuadernos, sobre todo.
—No eres la única que se ha interesado —dice—. Cuando vino el FBI a meter las narices, sabían exactamente lo que buscaban, y tuve buen cuidado de que no se lo llevaran.
—¿Cuándo fue eso? —Es la primera noticia que tengo de que el FBI fuera a verla.
—Este miércoles pasado —responde—. Anteayer. Se presentó una agente en mi puerta sin aviso previo, lo que me pareció grosero y agresivo, debo añadir. Le pedí que me enseñara la acreditación para verificar que en efecto era del FBI.
Si no lo verificaba, Piper no pensaba dejar entrar en casa a Patty Mullet. Pero lo hizo, y estuvieron varias horas hablando. Quería saber dónde trabajaba y murió Bailey, y su viuda le enseñó el cobertizo de los botes.
—Me preguntó qué recordaba sobre él y los asesinatos de Parkway —me cuenta Piper—. Quería saber si alguna vez dijo algo acerca de que el ADN supusiera un problema en aquellos casos, y que eso se ocultó.
—El ADN era muy poco común, como seguramente recordarás de las noticias de aquel entonces —respondo.
El presunto asesino se había sometido a un trasplante de médula ósea que cambió el ADN de su sangre, pero no el de sus otros fluidos y tejidos corporales. Que el sospechoso muriera tiroteado antes de que pudieran interrogarlo complica aún más la reapertura de los casos.
—La agente del FBI dio a entender que lo que sucedió en realidad fue que mi esposo confundió las probetas por falta de atención y por su incompetencia —dice Piper—. Quería que yo lo reconociera en una declaración jurada.
—Tú no eras el médico forense, Piper. —Me cuesta contener la ira—.
Estabas casada con él. No hay nada que reconocer porque no se ocultó nada.
Tampoco hace falta que le digas a Patty Mullet ni a nadie más nada en absoluto sobre lo que hablasteis Bailey y tú.
Desde el punto de vista legal, es información privilegiada. Está protegida porque estabais casados.
—Seguimos estándolo. —Le tiembla la voz.
—Legalmente es verdad.
—Exigió que le entregara todas sus notas originales —dice Piper con la voz preñada de furia—. No solo las de los asesinatos de Parkway, sino también las del de April Tupelo y cualquier otro caso que hubiera investigado Bailey. Y yo reaccioné como si no supiera de qué estaba hablando.
El FBI va detrás de los cuadernos privados de Bailey, de sus diarios terapéuticos. Patty Mullet aseguró estar al tanto de su existencia, porque se mencionaron en un artículo de prensa sobre él de sus primeros tiempos. Cuando se encaró con Piper al respecto, esta se hizo la tonta.
La viuda de Bailey mintió, en otras palabras, y gracias a Dios, o no habría la menor esperanza de demostrar la verdad.
Es posible que lo que dejó por escrito sea el único registro que no se ha manipulado.
Podría suponer una referencia esencial para mí en más casos de los que se puede imaginar ahora, décadas de casos. Apago el ordenador.
—¿Qué ha sido de sus diarios? —pregunto.
—Están exactamente donde los dejó.
—Qué gran alivio oírlo. —Me quito la bata de laboratorio.
—Seguramente hay en torno a un centenar que se remontan hasta sus primeros tiempos como médico forense.
Piper dice que no los ha leído. No lo hizo cuando seguía vivo, y ahora le resulta imposible. Le pregunto si puedo echarles un vistazo. Le digo que ciertos documentos originales parecen haberse desvanecido.
—No me sorprende —responde—. Ahora te las tienes que ver con el mismo sinvergüenza que mi marido. Bailey creía que Elvin Reddy era el jefe más inútil en la historia de la humanidad. Y ahora es comisionado de Salud. Hay que ver, ¿eh?
Bailey estaría encantado de que yo lea lo que tenía que decir, me asegura Piper. Querría que estuviera al tanto de sus pensamientos más profundos, y ella no tiene inconveniente siempre y cuando los diarios no salgan del cobertizo para botes. Acordamos vernos de inmediato.
Dentro del cuarto de baño, abro el armario de madera donde tengo una bolsa de tela grande con varias mudas de ropa, un neceser, equipo de protección personal y otros artículos esenciales.
Oigo pasos y voces al entrar Clark Givens, analista de ADN, y Marino en mi despacho, los dos sonriendo de oreja a oreja.
—Tenemos una coincidencia. —Clark no se emociona a menudo—. ¡De hecho, tenemos dos coincidencias!
Las pruebas rápidas de ADN han arrojado cinco perfiles anónimos de individuos cuyas células epiteliales y demás pruebas biológicas se habían adherido a la cinta americana y la pelusa del caso de Wally Potter.
Los perfiles se han introducido en la base de datos de los Sistemas de Índice Combinado de ADN del FBI, también conocidos como CODIS, y de momento se han verificado dos coincidencias.
—No nos han dicho quiénes son —explica Marino—, pero creo que los integrantes de esa cuadrilla de gilipollas que se autodenominan La República están a punto de acabar enchironados donde no les dé el sol.
—Tengo que realizar muchas otras pruebas, pero quería que fueras la primera en saberlo —remata Clark, que ya se va hacia el ascensor.
—Imagina que toda una banda terrorista cayera por una puta mota de polvo. —Marino está encantado. Le cuento lo que me ha dicho Piper Carter.