Capítulo 33 #2
No conocía bien a la esposa de Bailey cuando trabajamos juntos hace tiempo.
Recuerdo que era alegre y positiva, tierna y alentadora, mientras que él era el polo opuesto.
Bailey no quería reconocer que tenía problemas de ansiedad y depresión.
Pero me daba cuenta de cuándo andaba profundamente disgustado.
Le daba espacio cuando la última atrocidad o crueldad de la naturaleza lo ofendía o entristecía.
Asesinatos. Muertes por negligencia. Saltos suicidas desde lo alto de un edificio.
Ahogamientos. Ataques de tiburones. Tornados.
Picaduras de insectos y alergias alimentarias.
Es como si viera a Bailey levantando la vista a los cielos, meneando la cabeza con furia, acusando al Todopoderoso de bajar la guardia.
Acostumbraba a decir que cuando llegara «al otro lado», planeaba tener «una conversación muy seria sobre todo este desastre» con el Creador.
«¿Qué pecado original? —decía Bailey—. Lo que hacen los malvados no tiene nada de original».
Yo había oído historias acerca de que se aislaba en el trabajo con la puerta del despacho cerrada.
Podía ser maleducado y crítico, eso que Benton llama un cascarrabias.
Mi subdirector en Tidewater era propenso al resentimiento y a tener un humor de perros, y durante la investigación de los asesinatos de Parkway estaba como un animal herido.
Sus hijos eran más o menos de la misma edad que las víctimas. Su coraza se resquebrajó como nunca.
No era capaz de lidiar con asesinos en serie, desde luego no sin ayuda, y si lo hubiera conocido cuando estaba en la facultad de Medicina, habría procurado disuadirlo de dedicarse a la profesión que acabaría eligiendo.
La patología forense te lleva a lugares en los que crees que te las puedes apañar, pero de los que luego es imposible regresar.
Bailey no estaba emocionalmente preparado para someterse a esa exposición: su psique resultó afectada y dañada para siempre.
—Hola, Piper. —Pongo la llamada en modo altavoz y escribo la fecha y la hora en los cuadernos que siempre llevo—. Me apenó mucho enterarme de lo de Bailey, espero que recibieras mi carta.
—La recibí, y las preciosas flores que Benton y tú tuvisteis el detalle de enviar. Perdona que no escribiera, pero no fui yo misma durante bastante tiempo. —Alarga las oes con su acento de la costa este de Virginia, su tono es más sombrío que en otros tiempos.
—¿Cómo lo llevas?
—Todo lo bien que cabría esperar, según está la vida —dice—. Me alegro de que Bailey ya no se encuentre entre nosotros; se ha ahorrado ver lo que está ocurriendo en el mundo, la verdad. Tiene parientes por parte de madre que viven en Ucrania. O vivían.
—Espero que estén bien.
—Gracias a la amabilidad de unos desconocidos en Polonia.
Me alegra que él no esté para ver las noticias todas las noches.
Qué ironía que vuelvas a ser jefa, Kay. —Piper se esfuerza por no llorar—.
Si las cosas hubieran ido de otra manera, quizá Bailey estaría trabajando otra vez a tus órdenes. Sé lo mucho que le habría gustado.
—A mí también me habría gustado. Le tenía mucho respeto a tu marido, todavía se lo tengo —respondo—. Debo hacerte unas preguntas sobre él, Piper. Quiero hablar contigo sobre su muerte. Sé que no es fácil, y lamento tener que hurgar en la herida, pero es importante.
Le explico que los casos de Bailey están bajo sospecha. Como seguramente habrá oído en las noticias, el FBI ha reabierto la investigación de Parkway. Soy la primera en decir que no hay razones de peso y es una terrible pérdida de recursos por infinidad de razones.
—Se trata de política, de abogados y demás que quieren sacar partido de una vulnerabilidad —explico—. Pero tenemos que tomarnos la situación en serio. Tengo que prepararme para lo que se avecina, y tú debes hacer lo mismo.
—Lo que están diciendo sobre Bailey es muy grave —repone Piper mientras estoy sentada a mi mesa tomando notas—. Y supongo que siempre se le juzgará por lo último que hizo en lugar de por todo lo que ocurrió antes. Vi tu testimonio en la tele ayer.
—Lamento que fuera necesario.
—Me hago cargo de que tuviste que decir lo que dijiste sobre los errores que cometió en el caso de April Tupelo.
—Lo que hizo fue un desastre, un desastre terrible, Piper. —No voy a dorarle la píldora—. Pero fue porque ya no estaba en sus cabales. Pero en su trabajo anterior no cometió errores. Lo sé de primera mano porque yo era jefa por entonces.
—Solo tenía sesenta y cuatro años, sesenta y cuatro años muy bien llevados cuando le hicieron aquella canallada. —Le tiembla mucho la voz—. Tenía la mente de acero hasta que, de la noche a la mañana, dejó de tenerla.
—¿A qué canallada te refieres?
—Se encontraba bien cuando fue al cobertizo de los botes hacia la puesta de sol.
Al volver a casa unas horas después estaba alterado por completo —dice Piper—.
Nadie me hizo caso. Creían que era una histérica.
Siempre he pensado que alguien le hizo algo, quizá le tendió alguna clase de trampa, seguramente algo de tipo eléctrico, y Bailey cayó en ella.
Se refiere a lo que sucedió hace casi dos años, el domingo 20 de septiembre, según dice. Eran casi las seis de la tarde cuando Bailey fue al cobertizo de los botes mientras ella preparaba la cena.
—¿Qué iba a hacer? —Supongo que quería dar un paseo en bote por el río detrás de su casa mientras se ponía el sol.
Quizá estaba revisando las nasas para cangrejos: recuerdo que me contó que pescar peces y cangrejos era una de sus maneras de relajarse.
A veces salía solo en el bote al anochecer cuando había poca gente por el río.
Pero Piper asegura que el cobertizo era su despacho en casa, un espacio privado.
Ese domingo había ido para estar a solas y trabajar un rato como tenía por costumbre.
La residencia a la orilla del río a la que se refiere era su refugio en Little Creek, cerca de Bay Point Marina.
Me cuenta que, al comienzo de la pandemia, Bailey transformó el cobertizo en su despacho.
Trabajaba allí siempre que tenía ocasión, y acabaron vendiendo su casa cerca de su sede del distrito de Tidewater.
Solo iba en coche a trabajar cuando era necesaria su presencia física, por lo general para ocuparse de las autopsias. Aquel anochecer del que me habla Piper, Bailey estaba en el cobertizo cuando oyó algo así como el estallido de un transformador.