Capítulo 33
Se ha llevado todos los cuadros y las fotografías de las paredes y del escritorio. Tampoco están sus diplomas, incluido el de la Universidad de Oxford, donde estudió Filología y literatura inglesas; nunca deja que lo olvide.
Maggie tenía más distinciones y diplomas expuestos que yo, y no quedan más que los ganchos. Abro los cajones de la mesa, que están vacíos. Ha dimitido. O eso o la ha despedido alguien que no soy yo. Mientras paseo la mirada por su despacho, caigo en la cuenta de que hay alguien en el mío.
—¡Estoy aquí! —grito, y entonces Pete Marino cruza la puerta que une los dos despachos.
Escudriña las paredes y las estanterías vacías de Maggie, la papelera llena a rebosar, el escritorio donde no queda más que el ordenador desenchufado.
—Joder —dice.
—¿Sabes qué ha pasado? —pregunto.
—Qué va. Pero si es verdad que está fuera de juego, me alegro. Que le den.
—Está de verdad fuera. Y, de no estarlo, te juro que me aseguraré de que se quede fuera de juego permanentemente —afirmo con fría serenidad mientras visualizo lo que le hizo a la higuera y las orquídeas.
—Din-don, la bruja ha muerto —canturrea Marino, que luego le dirige otros insultos que más vale no repetir—. Ya verás cómo, ahora que no está ella, el garito funciona mucho mejor.
—¿Qué tal va lo de Wally Potter?
—No aspiró sangre —asegura Marino—. Tenías razón en lo de que ya estaba muerto. Y la cinta americana tiene un montón de porquería pegada.
Me sigue cuando regreso a mi despacho.
—Hay mucho material microscópico, incluida purpurina de esa que Lee Fishburne dice que pueden ser trocitos de metal —explica Marino—.
Quizá lo mismo que ha observado en el polvo.
La buena noticia es que la bolsa del dinero en metálico seguía en la cámara, en el escondrijo donde la guardaba Wally.
El asesino no se hizo con los cinco mil dólares guardados allí bajo llave…
Mientras me lo cuenta, está fijándose en la tierra de las macetas que hay en el suelo cerca de la mesa. Ve los pétalos de las flores y las hojas en la papelera. Mira las orquídeas y la higuera convalecientes.
—La hostia. ¿Qué es esto? ¿Atracción fatal? —Comprende lo que ha hecho mi secretaria como vileza final.
Es una pena que Maggie haya tenido oportunidad de causar daños, de decir la última y mezquina palabra. Sé quién cometió la tontería de permitírselo. La única culpable soy yo misma. Tendría que haberme librado de ella hace mucho tiempo, pero ya no cometeré el mismo error.
—Hay que cerciorarse de que Wyatt, Fabian y todos los demás sepan que ya no trabaja aquí —le digo a Marino—.
No se ha ido de buenas maneras y tiene prohibido el acceso a las instalaciones.
Si intenta volver al aparcamiento o al edificio, hay que informar a seguridad de inmediato.
Como tiente a la suerte, haré que la detengan.
—Le envío un mensaje a Wyatt ahora mismo —dice Marino en tono casi jubiloso—. Que sea él quien difunda la noticia, ya que le tenía tanto cariño.
Abro con llave el cajón del aparador y saco los gruesos dosieres que guardé cuando comenzó el juicio de Hooke en primavera.
Se plantearon dudas enseguida acerca de la credibilidad de Bailey Carter.
Se puso en tela de juicio su legado entero, y en especial los asesinatos en Colonial Parkway de cuatro parejas jóvenes hace veintidós años.
Quería tener el material aquí en mi despacho, bajo llave y al alcance de la mano.
Hice que Marino trajera las actas originales aquí a Alexandria para poder refrescarme la memoria, y cuando empiezo a revisar los documentos me temo lo peor.
Hojeo los ocho casos de homicidio, y al parecer las fotocopias se hicieron a toda prisa, de cualquier manera.
Faltan los documentos y las fotografías originales.
Tampoco están las notitas adhesivas y demás papeles adjuntados a los informes, lo que es una auténtica desgracia.
No se pasa a formato electrónico o se fotocopia hasta el último retazo de información y, teniendo en cuenta que cualquier nota puede ser importante, y sin las copias originales en papel no puedo saber qué falta, quizá para siempre.
—No sé cuándo ocurrió, porque hace semanas que no miraba estas actas —le explico a Marino—. Pero creo que es evidente lo que ha hecho Maggie.
—Otro puñetero sabotaje —dice—. Al hacer desaparecer los expedientes originales, no te ha dejado más que un montón de mierda. Es de lo más sospechoso. Quizá ahora la gente crea que te los llevaste tú porque tienes algo que esconder.
—Mientras dicto el informe de la autopsia de Rachael Stanwyck, podrías intentar localizar a Piper Carter, la viuda de Bailey Carter —respondo.
—Sí, lo recuerdo como si fuera ayer. Siempre se mostró amable y simpática conmigo —comenta Marino.
—Quiero hablar con ella. Es posible que tengamos que hacerle una visita.
—Hacerle una visita, ¿cuándo?
—Depende de lo que averigüe. Y haz el favor de buscar el expediente digital del suicidio de su marido y enviármelo para que pueda tenerlo delante —respondo, y Marino desaparece por la puerta que comunica mi despacho con el de Maggie.
No encargué de que trajeran aquí el caso original de Bailey porque hasta ahora no me inquietaba que le ocurriera alguna desgracia.
A pesar de lo mucho que me preocupaba que Maggie tuviera acceso a todo y planes propios, salta a la vista que no me preocupaba lo suficiente.
Las actas de Bailey deberían estar en mi sede del distrito de Tidewater en Norfolk, donde se llevó a cabo su autopsia.
Pero no me fío de nada, así que llamo a la doctora Rena Peace, la subjefa de Tidewater que acudió al lugar donde se produjo del suicidio y llevó a cabo la autopsia.
Bailey se jubiló poco después de la muerte de April Tupelo, a mediados de octubre de 2020.
Elvin Reddy contrató a Rena como sustituta de Bailey Carter después de que este quedara incapacitado.
Ella no conocía a Bailey. No coincidieron hasta que él se ahorcó en su cobertizo para botes.
—¿Tienes dudas sobre su muerte? He estado siguiendo el juicio allí en Alexandria. De buena nos libramos —dice Rena—. En un principio se suponía que iba ser aquí en Norfolk.
—Tienes suerte de que no lo sea —convengo—. La vida es de todo menos normal en Old Town. En estos momentos, tampoco diría que es muy segura.
—No soportaría que hubiera una muchedumbre de manifestantes enfurecidos —comenta.
Mientras hablamos, estoy viendo marchar en torno a mis oficinas a esos mismos manifestantes a través de los monitores de seguridad fijados a la pared.
—Pero ya sé que no me has llamado para charlar —añade Rena—. ¿En qué puedo ayudarte, Kay?
—Supongo que tienes los expedientes originales del caso de Bailey Carter —respondo—. Eso quería preguntarte. Solo quiero confirmar que están donde deberían…
—Pues no. Ahora mismo no están.
—¿Qué quieres decir?
—Se los llevó Elvin Reddy —contesta—. No los ha devuelto todavía.
Rena me informa de que Elvin hizo una visita imprevista a las oficinas de Norfolk la semana pasada y se marchó con los expedientes originales de Bailey.
Explicó que el FBI tenía dudas sobre su suicidio y los asesinatos de Colonial Parkway.
Seguramente se reabrirían muchos otros casos debido a alegaciones sobre su incompetencia que ahora abarcan décadas, según dice Rena.
Se lo dijo Elvin en persona. Aseguró que el gobernador quería respuestas, y le preocupa verse abochornado políticamente. Fue entonces cuando Rena le contó que Marino recogió los informes originales de los casos de asesinato de Parkway y los llevó a mis oficinas de Virginia del Norte.
—A Elvin no le hizo ninguna gracia —me dice Rena por el móvil en modo altavoz—. Quería echar mano a esos informes. Quería los originales. Insistió en ello, y se llevó un buen chasco cuando le dije que no podía hacer nada al respecto. Los expedientes originales los tienes tú.
No le hago saber que ya no es así.
—¿Y no te pareció un poco raro su comportamiento? —repongo, y me voy haciendo una buena idea de la cronología de los hechos.
Elvin se presentó en las oficinas de Norfolk la semana pasada para recoger los expedientes originales de los asesinatos de Parkway que quería revisar y, sin duda, manipular.
No sabía que esos expedientes estaban en Alexandria, guardados bajo llave en mi aparador.
Debió de alertar a Maggie para que se ocupara ella del problema, y lo hizo.
Es imposible saber dónde están los originales ahora, o si existen siquiera.
—De ahora en adelante, no se puede hacer nada parecido sin mi permiso —le advierto a Rena en un tono mucho más diplomático de lo que me apetecería—.
Elvin no debería haberse llevado originales de ninguna clase.
Para empezar, no tendría que haber estado indagando en el caso de Bailey. Como mínimo, no sin que yo lo supiera.
—Pero es el comisionado de Salud, Kay…
—Y yo soy la jefa de Medicina forense, Rena. Soy la custodia legal de nuestros archivos, y la responsable última de todo, para bien o para mal. Si Elvin creía de veras que no había nada de malo en lo que hacía, ¿por qué no se puso en contacto directamente conmigo? ¿Por qué me puenteó?
—No me lo planteé. Supuse que lo había hablado contigo. —A Rena le sabe fatal, y no me extraña.
Oigo a Marino hablar por teléfono en el despacho de Maggie, y me produce una sensación extraña. Es como si estuviera ella, aunque Marino no hace el mismo ruido y tiene una energía grande y directa, en lugar de taimada y esquiva.
Entro en el software de protocolo de autopsias en el ordenador y empiezo a revisar el informe de Rachael Stanwyck.
No tiene sentido dictar mis hallazgos cuando ya no dispongo de una secretaria que los transcriba.
Supongo que tendré que apañármelas por mi cuenta durante un tiempo, como hacía al principio; entonces me llama Marino por la línea uno.
—He localizado a Piper Carter —dice—, pero no te acostumbres a que te haga de puñetero secretario.
—Pásamela, haz el favor.