Capítulo 32 #2
Esa pelusa de polvo era muy grande para el microscopio electrónico de barrido (SEM).
El portamuestras mide poco más de un centímetro de diámetro y se introduce en la pequeña cámara de vacío del SEM.
Lee ha tenido que dividir las pruebas en pequeñas porciones antes de analizarlas por medio de la espectroscopia de rayos X de dispersión de energía y aumento extremo.
—He pensado que te interesaría que lo que aprecio no es originario de Belle Haven Market. —Nos explica el motivo de la llamada.
—¿Qué te ha hecho decidirlo con tanta rapidez? —Enhebro cordel de algodón en una aguja quirúrgica.
—Hay oro y plata. —La voz de Lee sale del pequeño altavoz del viejo teléfono fijo en la pared.
Se refiere a metales preciosos, dice. También hay fragmentos de cobre y aluminio con algún tipo de tinte dorado, añade. Benton escucha mientras envía mensajes de texto.
—Los trocitos brillantes que observaste en la bola de polvo son eso, Kay: minúsculos pedacitos de distintos metales —explica Lee—. Los fragmentos, curiosamente, están laminados en finas capas que quizá fueron recubiertas de metales por el método de pulverización catódica.
—¿Con qué fin? —Suturo con largas pasadas de aguja e hilo de algodón la incisión en forma de Y para cerrarla.
—No lo sé, pero encontrar algo así no es normal, sea lo que sea —dice Lee—. ¿Quizá algún tipo de experimento de investigación? ¿O de algo que estaban fabricando?
Ha contado treinta y tres partículas metálicas hasta el momento. Dice que el siguiente paso será analizarlas con espectrometría de masas y cromatografía de gases en busca de su composición química. Ha hablado con Rex Bonetta, el toxicólogo, que se ha puesto a trabajar en ello en su laboratorio.
—Eso nos dará una idea más aproximada de qué es este material brillante y para qué se empleó —señala Lee—. Hay muchas otras sustancias en el polvo, como sílice, papel y fibras de algodón, óxido, pólvora, serrín, cristal, y fragmentos de minerales y conchas marinas.
Promete volver a ponerse en contacto con nosotros cuando sepa algo más, y Benton cuelga el teléfono fijo.
—Tengo que irme. —Se quita el equipo de protección mientras explica que lo han convocado a una reunión de emergencia en el Pentágono.
Lucy ha estado ocupada con su software forense, analizando los registros de ayer de los analizadores de señales. Ha triangulado las ubicaciones donde se detectó la frecuencia de 2,305 GHz.
—Está teniendo en cuenta no solo las señales que detectaron ella y Tron con los analizadores portátiles que llevan en la mochila —dice Benton al tiempo que tira el equipo de protección a la basura—, sino también otras en ubicaciones fijas, y disponemos de información adicional.
Me explica que el software de Lucy ha cribado el ruido de fondo y detectado otras ráfagas rápidas de energía que podrían conducir hasta la base de operaciones de los terroristas.
Es posible que esté a unos cincuenta kilómetros al sur de aquí, en un área rural de Virginia, cerca de la base de los marines en Quantico.
Quizá el Servicio Secreto y el FBI descubran dónde han estado viviendo y entrenando los terroristas estos últimos años.
Después de que Benton se vaya, vuelvo a mi solitaria labor.
Dejar presentable al paciente no es tarea del médico forense.
No nos dedicamos a la peluquería y al maquillaje como una funeraria.
Así pues, sigo cerrando el cadáver de Rachael Stanwyck.
Alineo la muesca que he hecho al retirar la bóveda craneal y la vuelvo a encajar en su sitio con un leve chasquido para luego suturar la incisión en torno a la cabeza.
Sitúo la camilla en paralelo a la mesa de autopsias y despliego la bolsa de par en par antes de revestirla con una lámina limpia.
Deslizo el cadáver dentro y cierro la cremallera.
Pongo soportes de probetas y recipientes de muestras de tejidos y órganos en el pequeño montacargas y, pulsando el botón de la tercera planta, los envío al laboratorio de toxicología.
Poco después empujo la camilla por el pasillo y vuelvo a dejarla dentro de la cámara.
Paso por la sala de pruebas y dejo las zapatillas y la ropa de Rachael en la cámara de secado.
Regreso al vestuario para quitarme el equipo de protección personal, lavarme la cara y las manos y recoger mis pertenencias.
Luego abro la puerta de la salida de incendios y bajo a la segunda planta, donde el pasillo de Administración está vacío y en silencio.
Es casi mediodía, y todo el mundo se encuentra en el depósito de cadáveres o fuera en alguna parte.
Percibo una suerte de ausencia en el ambiente que no se apreciaba antes.
Paso por delante de la sala de descanso vacía, la sala de reuniones, y más adelante queda la puerta cerrada de Maggie Cutbush.
La dejo atrás y voy hacia mi despacho. Oigo la televisión encendida dentro.
Reconozco las voces y se me llevan los demonios.
Abro la puerta, furiosa por que no esté cerrada con llave, ya que yo no la había dejado así.
Tampoco había dejado las luces ni la televisión encendidas, y me encuentro a Elvin Reddy hablando con Dana Diletti en las noticias de mediodía del Canal 5.
Lo está entrevistando en su sede de Richmond, y me crispa oír sus sandeces interesadas.
«… Sí, Dana, ha sido muy triste, sin duda.
Otra oscura mancha más en nuestro magnífico sistema médico forense».
Elvin está sentado en su gran escritorio ante un tabique de cristal, con el horizonte de la ciudad inmenso a su alrededor.
«Cuando el FBI se puso en contacto conmigo, dije que haría lo que fuera necesario para acatar la legalidad.
Prometí que me encargaría en persona de que la doctora Scarpetta cooperara plenamente… ».
Lleva uno de sus trajes a medida, la cabeza calva lustrosa cual piedra pulida.
Ofrece un aspecto adecuadamente decepcionado y adusto mientras justifica la reapertura de los asesinatos de Colonial Parkway.
Asqueada, apago la tele, y primero no estoy segura de lo que veo al lado de mi mesa; luego no me lo puedo creer.
—¡No, no, no…!
Me recorre una sacudida de incredulidad consternada.
—¡No habrás sido capaz…!
El corazón me martillea cuando dejo caer el maletín al suelo. Mi higuera de hoja de violín y mis orquídeas no están muertas, pero lo estarán si no acudo en su ayuda de inmediato.
—¡NO! ¡NO…!
Sabía que mi secretaria era una mala persona, pero no la creía capaz de caer tan bajo.
Las plantas fueron regalos de bienvenida de Benton y Lucy.
Soy muy meticulosa con su cuidado, y Maggie las ha arrancado de las macetas y las ha tirado a la papelera junto a mi mesa.
Ha sido su salva de despedida. No puedo demostrar que ha sido ella, pero ¿quién si no?
No me doy cuenta de que me resbalan las lágrimas por la cara hasta que me caen sobre las manos mientras recojo la tierra fertilizada del suelo y vuelvo a meterla en las macetas de cerámica, pintadas a mano, que han dejado boca abajo cerca de mi silla.
Llevo las plantas y el arbolito al cuarto de baño para remojarles las raíces apelmazadas.
Vuelvo a ponerlos en las macetas, dejo las orquídeas encima de la mesa de reuniones y la higuera al lado.
Están mustias, como pájaros a los que les faltaran plumas, pero creo que sobrevivirán.
Temiendo encontrarme más desperfectos, abro la puerta que conecta el despacho de Maggie con el mío.
Noto su ausencia antes de encender la luz.