Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 32
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Capítulo 32

Comienzo la incisión en forma de Y, cortando en sentido descendente desde la clavícula y desviándome alrededor del ombligo.

Retiro la piel y cojo unas cizallas de acero inoxidable del carrito de quirófano.

Benton hace fotografías mientras corto las costillas y desgajo la parte anterior de la caja torácica.

Deposito este bloque en una tabla de cortar y aíslo el estómago distendido. Es la primera pregunta molesta que tengo intención de contestar. Luego cojo unas tijeras quirúrgicas.

—Creo que igual sabemos lo que hizo ayer Rachael. —Vierto el contenido gástrico en un recipiente desechable—. Lo confirmaré, pero estoy casi segura de que no estaba embarazada.

La comida apenas empezó a digerirse, y hay mucha, unos ochocientos gramos.

Rachael condujo hasta Belle Haven Market ayer e ingirió el almuerzo especial del día.

Es posible que comiera más de un sándwich de rosbif con salsa picante y tomara más de una taza de gazpacho.

Recuerdo que Benton me habló del recibo de la caja registradora debajo de la bandera de clasificación del dinero.

—¿Sacaste una foto? —le pregunto, y deja la tablilla—. Quiero ver si podemos precisar cuándo fue al mercado y se compró al menos un menú especial, probablemente más. Y quién sabe qué otras cosas; aunque no mucho más antes de morir, diría yo. La mayor parte de la comida está sin digerir.

Imagino las suelas de sus deportivas y me vienen a la memoria las flores de jacarandá detrás del establecimiento cerca de las mesas de pícnic.

Pienso en las migas en el interior de su deportivo Mercedes rojo.

Benton tira los guantes al cubo para desechos biológicos.

Hurga bajo el mono de Tyvek y vuelve a sacar el móvil.

Revisando las fotos que ha hecho, encuentra lo que buscaba.

El vale regalo de cincuenta dólares se usó en el surtidor de gasolina de Belle Haven Market a las 14. 37 de ayer, dice.

Dejo el bisturí y me limpio la sangre de los guantes con una toalla mientras Benton me acerca el móvil.

Me enseña las fotografías que hizo del recibo de la caja registradora, y localizo justo la transacción que buscaba.

A las 14.29, ocho minutos antes de que el asesino pagara la gasolina con un vale regalo robado, había alguien dentro de la tienda.

Esa persona compró dos especiales del día y una caja de cuatro bombillas.

El total ascendía a 29,45 dólares. Se abonó en metálico, y tuvo que ser Rachael Stanwyck quien estaba en el mercado en el momento en que el asesino llenaba el depósito. Seguramente pasó por delante de él mientras lo hacía para aparcar en la parte de atrás, donde no la vieran.

—Apuesto a que quería quedarse en el coche y comer sin que nadie la molestara —explico—. Era su placer secreto, su compulsión.

—Esperaba que el encargado pasara por Chilton Farms para cambiar la bombilla a las cinco —dice Benton—. Quizá hizo el recado como excusa para comprar comida, lo típico que hace la gente cuando va a la tienda a por leche y de paso compra alcohol o tabaco.

—Si la policía no lo ha hecho ya, tienen que revisar los cubos de basura que hay delante del mercado —respondo—.

En especial los de la parte de atrás. No encontramos nada en la cocina de Annie que haga pensar que alguien hubiera ido recientemente a Belle Haven Market.

Sin duda Rachael tenía cuidado de no llevarse restos a casa. Se deshacía de las pruebas.

—Su placer secreto, como tú dices —coincide Benton conmigo mientras hago cortecitos a lo largo del tejido conjuntivo—. O un ritual que la avergonzaba, y no quería que Annie se encontrara nada de eso en la basura de casa.

—Me pregunto si Annie lo sabría de todos modos. —Pongo el corazón de su hermana en la balanza colgante—. Doscientos ochenta gramos —le digo a Benton, que lo anota en el formulario sujeto a la tablilla—. ¿Por qué Rachael? ¿Estaba en el peor lugar en el momento menos indicado?

—Seguro que eso se acerca más a la verdad de lo que crees.

El malnacido viene del atentado fallido cerca del cementerio de Ivi Hill.

—Benton continúa contándome lo que cree que sucedió la víspera—.

Tiene la adrenalina disparada. Está nervioso, furioso porque el gran golpe se ha ido al traste.

Iba a ser el próximo Lee Harvey Oswald, el próximo Sirhan Sirhan. Y no lo ha conseguido.

Corto transversalmente las arterias coronarias, luego rebano el corazón como una hogaza de pan, sin encontrar cicatrices ni otras anomalías.

Desenrosco la tapa de un tarro de vidrio con formalina y deposito muestras de músculo cardiaco.

Empiezo con los pulmones mientras Benton explica que el asesino se detuvo en el mercado con la intención de robar allí.

Iba a atracarlo a punta de pistola después de provocar un apagón con el arma de microondas.

—Quería dar ejemplo con el anciano al que tenía intención de asesinar salvajemente y no pensaba dejar testigos. —Benton lo dice como si fuera algo más que una mera hipótesis—. Pero antes decidió poner gasolina.

Tras cargarse el suministro eléctrico ya no tendría ocasión de hacerlo, y no pudo resistir la tentación de llenar el depósito.

Quizá iba muy escaso de gasolina. Es posible que nunca lo sepamos, pero lo que hizo era arriesgado.

Se la jugó, y Rachael apareció de forma inesperada.

El asesino no lo había previsto, y eso le planteó un dilema.

—Lo más probable es que ella lo viera donde el surtidor, pero no le diese mayor importancia. Quizá iba tan centrada en su compulsión que no le hizo el menor caso —dice Benton—. Aparcó en la parte de atrás, fue a la puerta principal y entró en el establecimiento para hacer el recado.

—Lo que explica que haya flores de jacarandá en las suelas de las zapatillas. —Tiro del cable de alimentación de la bobina que hay por encima de nuestras cabezas—. El aparcamiento trasero está sembrado de esas flores en especial.

—Compra los dos almuerzos —continúa Benton—. Compra las bombillas.

—Seguramente pagó en efectivo con dinero que quizá sacó del cajero dentro del establecimiento. —Recuerdo los billetes nuevecitos de veinte dólares que llevaba en la cartera.

—Come en el coche, tira los restos y vuelve a casa. Entonces el asesino activa el arma de microondas. Inutiliza las cámaras, entra en la tienda y se encara con Wally Potter —relata Benton mientras introduzco el resto de los órganos internos de Rachael en un cubo de plástico.

El asaltante supuso que cuando bombardeara con microondas la tienda destruiría todo indicio de su presencia allí.

Y, de momento, parece que así fue. No se ha recuperado nada de las cámaras, y Benton duda que vaya a haber cambio alguno.

Pero el asesino pasó por alto el recibo en papel de las transacciones del día que guardó Wally bajo la bandeja del cajón del dinero, a la antigua usanza.

—Probablemente estaba sentado detrás de la caja registradora mientras el canalla ponía gasolina —observa Benton—.

En cuanto pagó con el vale regalo, Wally cerró la caja.

Vio al que estaba en el surtidor, y Rachael también.

Apuesto a que era alguien a quien ya habían visto o con el que podían tener alguna relación.

—Igual tienes razón. —Retiro la toalla que le cubre la cara al cadáver—. A fin de cuentas, tenía que matarlos. Sabían demasiado, aunque no fueran conscientes de ello.

—Esa no es la única razón ni la más importante —dice Benton—. Lo hizo porque le apetecía. Necesitaba recuperar el control.

Fue un descuido que lo vieran en el surtidor de gasolina; fue un descuido repostar allí para empezar, sobre todo con un vale regalo robado que se podía rastrear.

—A estas alturas está más furioso aún —asegura Benton—. Y cuanto más pierde el control, más impetuoso y violento se vuelve.

Sujetando el escalpelo como un lápiz, lo deslizo por el nacimiento del pelo, alrededor de las orejas y por la nuca.

Desprendo en sentido descendente la cara y el cuero cabelludo, como si fuera una máscara de Halloween de goma; el cráneo expuesto es blanco como un huevo.

Enciendo la sierra quirúrgica y ejerzo presión contra el hueso con la hoja oscilante, que lo atraviesa con un estrepitoso chirrido.

Instantes después, Benton lleva los recipientes de plástico hasta la puerta de la sala de autopsias para entregárselos a Jane Slipper.

Sale a su encuentro en el pasillo para que ella no tenga que entrar.

A fin de aligerar el proceso, usará formaldehído puro como fijador e incrustará las muestras en parafina antes de obtener finas láminas con ayuda de un micrótomo.

Pero el proceso solo puede avanzar a cierto ritmo.

Hoy no examinaré ninguna muestra en el portaobjetos bajo el microscopio.

Benton vuelve a la mesa cuando estoy metiendo lo que queda de los órganos seccionados en una bolsa de plástico grueso, que luego deposito en la cavidad pectoral; todo vuelve al cadáver salvo los trozos y las muestras que necesito.

Suena el teléfono solo para «manos limpias», y Benton se quita los guantes para contestar.

—Depósito de cadáveres —dice, pulsando el botón de manos libres.

—¿Quién demonios es? —pregunta el analista de pruebas Lee Fishburne con su acento arrastrado de Texas.

Benton se identifica y explica por qué contesta él en la sala de autopsias. Sube el volumen al máximo.

—Kay está aquí mismo.

—Sé lo que tienes entre manos y no te molestaría si no fuera importante —responde Lee—. Clark Givens y yo estamos analizando esa pelusa. Hemos dividido las pruebas, y ha puesto en marcha un análisis rápido de ADN de células epiteliales y otros restos biológicos.