Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Me quito los guantes. En la pared de bloques de hormigón entre las particiones que delimitan mi área de trabajo hay un teléfono fijo de botones, de los de antes. El enfático letrero que ha dejado Fabian al lado dice ¡¡ SOLO MANOS LIMPIAS !!

Marco la extensión del laboratorio de histología, y Jane Slipper no suena muy animada cuando contesta. Le digo que la tomografía indica que Rachael Stanwyck sufrió una lesión cerebral traumática.

—Naturalmente, resultará evidente a simple vista cuando abramos el cráneo —explico—. Pero estoy más interesada en cualquier cambio en las células neurales, cualquier indicio de degeneración y necrosis que pueda estar relacionado con el calor.

—¿Crees que murió de hipertermia? —pregunta Jane por el teléfono en modo altavoz con su franco acento del Medio Oeste—. ¿Quizá un infarto o algo por el estilo? ¿Y que se golpeó la cabeza al desmayarse?

—No exactamente, no creo. Buscamos indicios de daños como lesiones por exposición radiante —respondo—. Quizá cauterización térmica de vasos sanguíneos superficiales.

—Qué horror. Es como lo que se ve en las muertes debidas al fuego.

—La verdad, Jane, es que no sé qué podemos esperar —explico—. Nos enfrentamos a algo que no entendemos muy bien.

No menciono las microondas, y ella sabe que no debe hacer preguntas indiscretas.

No tiene interés a menos que exista una relación con aquello que esté buscando en un caso determinado, y con las huellas histológicas que más sentido tengan.

Decidimos de qué área del cerebro hay que extraer porciones de tejido, lo que incluirá una sección de la médula espinal.

—Supongo que Fabian mencionó que tienes que pasar por la sala de autopsias para recoger las muestras. —Le doy a la históloga la mala noticia que esperaba—. Las tendré preparadas en unos quince minutos.

—Preferiría no hacerlo. —Jane Slipper lo dice sin ambages.

—No voy a poder llevarte nada en un buen rato.

Es posible que no pueda pasar por tu laboratorio hasta dentro de unas horas, y tenemos que empezar lo antes posible —contesto por el teléfono fijo solo para «manos limpias» en mi área de trabajo—.

Ponte un equipo de protección personal, y no quiero que te acerques siquiera a la mesa.

—Preferiría no entrar, la verdad, sobre todo en una mañana tan ajetreada como esta —dice, aunque cualquier otra mañana también hay demasiado ajetreo.

No hay ocasión en que Jane quiera poner un pie en el depósito de cadáveres.

Se mantiene alejada de la zona de carga y descarga.

No tiene ni idea de cómo es la división anatómica del sótano.

Si lo supiera, no volvería nunca a su laboratorio lleno de virutas de parafina y tintes diversos de nombre exótico como rojo Congo, azul de Prusia y tinción argéntica de Bodian.

—Cuando estemos listos, Benton Wesley saldrá a la puerta con las muestras —le sugiero como arreglo—. Entonces podéis intercambiar el papeleo adecuado.

Le explico quién es y añado que casualmente está casado conmigo.

Luego cuelgo y vuelvo a la mesa. Benton se ha quitado los guantes; detrás de las gafas de seguridad aprecio un destello de furia callada.

Ha cubierto la pantalla del móvil con plástico protector antimicrobiano y está mirando los mensajes.

—¿Qué pasa ahora? —pregunto.

—No es ninguna sorpresa, solo era cuestión de tiempo —dice—. Pero no hacía falta que el puto FBI lo hiciera ahora.

Explica que el FBI acaba de emitir un comunicado de prensa anunciando que han reabierto oficialmente la investigación de los asesinatos de Colonial Parkway de hace veintidós años.

El papel del médico forense, en particular, está en tela de juicio debido a las acusaciones planteadas durante el juicio de Gilbert Hooke sobre la competencia de Bailey Carter.

—Qué coincidencia. —Me acerco a los armarios de pared con puertas de cristal.

—Detrás de esto anda Patty Mullet; es obra suya, su modus operandi —señala Benton—.

Es su manera de hacerme saber quién tiene el poder.

De paso, también está dando ideas a indeseables, ya sea sobre demandas que interponer o gente a la que castigar.

La publicidad es siempre un arma de doble filo.

Yo no habría hecho lo que acaba de hacer ella.

No menciono que a Benton no le importan los comunicados de prensa siempre y cuando los hagan los suyos. De todos modos, la noticia supone un revés. No permite augurar nada bueno cuando un caso tras otro se examina con lupa, como sin duda ocurrirá. Me preocupa que esto no tenga fin.

—Bailey la cagó a más no poder en la autopsia de April Tupelo, porque para entonces le ocurría algo grave —respondo—. Pero es ridículo pensar que hizo lo mismo en la investigación de Parkway; si lo sabré yo. Era la jefa. Acudí y supervisé en persona todo el caso.

—Lo sé perfectamente, y puedo dar testimonio de ello —asegura Benton, porque estuvo trabajando conmigo en aquellos asesinatos en serie.

Abro un armario y saco una caja blanca, un kit de recuperación de pruebas físicas.

Dentro hay una serie de artículos preempaquetados que se usan para examinar a los pacientes en busca de indicios de agresión sexual.

No tengo razón alguna para pensar que a Rachael la violaron o intentaron violarla.

Es poco probable que tuviera contacto sexual con su asesino, pero sería una negligencia no comprobarlo.

Abro el kit de recuperación de pruebas y saco dos peines de plástico negro, de esos baratos que se repartían en el momento de hacer las fotografías para el anuario escolar.

Dispongo las probetas, los bastoncitos de algodón, los portaobjetos y el resto del material sobre una lámina de papel limpia mientras Benton sigue informándome de las últimas noticias.

Dice que el Canal 5 va a emitir un especial sobre Annie Chilton esta noche; corren anuncios del programa por internet.

El sensacional reportaje promete ser justo la publicidad que preferiría evitar como la peste.

—No dejes que te afecte, Kay —dice Benton.

—Haré oídos sordos como siempre —respondo mientras tomo muestras de vello púbico—. Espero que Annie lo lleve bien.

Tomo también muestras de pelo de la cabeza, así como de todos los orificios, con bastoncitos de algodón.

Por si Rachael no se vio sometida a humillaciones suficientes, le raspo las uñas perfectamente cuidadas.

Se las corto a ras de piel y las guardo en un sobre, aunque no espero encontrar nada significativo.

Dudo que arañara a nadie. No hay razón para creer que forcejeara con el asesino o que llegara a tocarlo siquiera.

Cojo el escalpelo y le cubro la cara a Rachael con una toalla, una vieja costumbre que se remonta a mis primeros años de adiestramiento.

Cuando el paciente es alguien conocido, supone como mínimo una señal de respeto.

Es mi modo de disculparme cuando cometo toda suerte de agravios en nombre de la justicia y la ciencia médica.