Capítulo 31
Abro la cremallera de la bolsa negra en la que está Rachael, su cadáver momificado bajo varias capas de láminas de papel blanco.
El rigor mortis se ha asentado por completo; como se suele decir, está rígida como una tabla, y fría de la cámara.
Emite sordos topetazos cuando la pongo encima de la mesa.
Corto el papel con tijeras, voy abriendo las láminas y las retiro de debajo de su cuerpo.
—Si no te importa, dóblalas y mételas en una bolsa de plástico —le indico a Benton—. Las enviaremos para analizar las pruebas junto con las bolsas de las manos y los pies, la ropa y cualquier cosa que haya que analizar.
Al palpar el lateral dañado de la cabeza, no atino a notar nada de importancia.
No sobrevivió el tiempo suficiente para que hubiera mucha respuesta tisular.
Enciendo la lámpara de quirófano y cojo un escalpelo.
Pongo un filo nuevo y le afeito a Rachael parte de la hermosa melena, negra como vidrio volcánico.
—Apenas se ve la contusión. —Enfoco la luz sobre una zona rojo oscuro del cuero cabelludo más o menos del tamaño de un dólar de plata.
Benton mira cómo voy haciendo minúsculos cortes a fin de verificar que la decoloración se debe a que la sangre se filtró en el tejido después de fracturarse el cráneo.
—Tiene una magulladura, sin duda —le digo—. Y no sobrevivió mucho, seguramente unos minutos.
—No hay muchas cosas que te derriben como un disparo. —Se acerca más para tener una visión clara de la parte rasurada que me alegro de que Rachael no esté en situación de observar.
—La radiación de microondas a la fue expuesta debía de ser muy intensa —respondo—.
Sospecho que la afectó de manera tan rápida que no tuvo tiempo de plantearse buscar una silla, o sentarse en el suelo siquiera.
Seguro que sintió un dolor intensísimo mientras se arrancaba las joyas, confusa y aterrada hasta perder la conciencia.
—No me gustaría acabar así. —Benton empieza a seleccionar los formularios y los diagramas corporales apropiados del casillero que ocupa una pared.
Ha estado en muchas salas de autopsias a lo largo de su carrera, no todas mías ni remotamente tan bien acondicionadas, lo que no es decir mucho.
Pero no es aprensivo. Entiende a la perfección de qué va esto, y sabe muy bien lo que implica mi trabajo.
Formamos equipo desde que empezamos a trabajar juntos, y tenemos un ritmo cómodo que no es deliberado ni consciente.
Nos entendemos mutuamente, y me trae sin cuidado cuál de los dos tenga razón, siempre y cuando alguno la tenga.
Coloca el papeleo necesario en una de las tablillas Masonite.
Todas llevan la leyenda DEPÓSITO DE CADÁVERES escrita en letra gigante con rotulador.
Fabian tiene cuidado de que así sea para que a nadie se le ocurra llevarse nada.
Sujeto al orificio del sujetapapeles de metal hay un lápiz graso que escribe sin problemas en papel húmedo o manchado de sangre.
Centrándome en las bolsas de papel y las gomas elásticas, le desenvuelvo las manos a Rachael. Luego los pies, y me fijo en todo lo que hay adherido a la suela de sus deportivas caras.
—Me pregunto cuándo salió —le digo a Benton, que toma fotografías—. Y si fue ayer en algún momento, porque eso es lo que sospecho.
—Basándonos en las señales de microondas que detectaron Lucy y Tron, suponemos que Rachael sufrió el ataque entre las 15.40 y las 16.00 —dice—. Evidentemente, si salió, lo hizo antes. Y no fue a una ubicación que introdujera en el GPS, suponiendo que condujera a algún sitio.
—Dijo que ayer pensaba trabajar desde casa, o esa es la información que nos han facilitado —repongo—. Por su vestimenta, que no llevara maquillaje ni perfume, concuerda con que estuviera sola, relajada.
Señalo que Rachael no llevaba un reloj caro ni muchas joyas, nada que hiciera pensar que iba a verse con alguien. Pero eso no significa que no saliera de la casa.
—No significa que no saliera de Chilton Farms, y me parece que lo hizo. —Cojo unas pinzas de punta fina.
Rasco la sustancia de color púrpura oscuro en la suela de una de las zapatillas de modo que caiga sobre un trozo de papel secante esterilizado.
Bajo la lupa iluminada, los restos de vegetación aplastada están pegajosos de savia.
Benton y yo nos limpiamos con agua los cordones de los zapatos para no llevarnos a rastras desechos similares de plantas a su vehículo.
Pero eso no fue en Chilton Farms, sino en Belle Haven Market.
Los jacarandás son nativos de Virginia. Benton y yo tenemos muchos en nuestra propiedad, y este año la temporada se ha retrasado y los árboles siguen en flor.
Crecen silvestres en los prados y a la orilla de las carreteras, y gozan de popularidad en la arquitectura paisajística.
Pero tiran muchas flores, conque no es de extrañar que Wally tuviera su preciada furgoneta antigua Chevy protegida en la cochera.
Si no, la pintura habría acabado por estropearse.
—En Chilton Farms no hay ni un solo jacarandá —le digo a Benton mientras miramos juntos a través de la lupa—. Hace décadas que no los hay. Lo sé con seguridad.
—¿Y estás igualmente segura de que esto que vemos no son lilas, quizá alguna otra cosa? —Es posible que mi marido tenga muchas virtudes, pero en cuestiones de jardinería no sobresale.
—Lo que vemos es más tirando a lavanda púrpura —explico mientras guardo los restos vegetales en un sobre de papel en el que pongo mis iniciales y etiqueto—.
En la finca de Annie hay muchos árboles en flor, pero no jacarandás, que es lo que creo que es esto.
Lo confirmaremos, pero no tengo muchas dudas.
La primera vez que fui a Chilton Farms cuando estudiaba Derecho, se había propagado una plaga entre los jacarandás. Recuerdo lo mucho que se disgustó Annie cuando hubo que talar y quemar los gloriosos árboles de la familia.
—He ido a Chilton Farms lo suficiente para estar segura —añado—. Y te garantizo que allí no hay ni un solo jacarandá por ninguna parte.
Pienso en las densas arboledas de esta variedad en Belle Haven Market. Le pregunto a Benton si el Servicio Secreto ha tenido suerte con el móvil de Rachael u otros dispositivos electrónicos.
—Quizá haya mensajes de texto que nos indiquen cómo pasó el día. Si fue a alguna parte, y con quién pudo estar en contacto antes de que la asesinaran —sugiero.
—La respuesta corta es que no, no tenemos sus dispositivos electrónicos —dice Benton—. Podría decirse que estamos siendo buenos compañeros y esperando nuestro turno.
La CIA recogió el ordenador, el móvil, el busca, la tableta, el rúter y cualquier otro dispositivo de Rachael.
Trabajaba para ellos. Sin duda se presentaron en el lugar de los hechos y se los llevaron todos, lo que explica por qué no los vi cuando nos presentamos Marino y yo.
No es eso lo que dice Benton, pero sí lo que me está dando a entender.
—En resumidas cuentas, no vamos a tener ni idea de lo que hay en ninguno de esos dispositivos durante un tiempo, si es que llegamos a averiguarlo alguna vez —supongo.
—Así es. No llegarás a conocer la mayoría de los detalles —responde Benton mientras comienzo a desvestir el cadáver—.
Pero algo queda claro por el historial telefónico: ayer intentó llamar a Flagler varias veces, lo que no es una gran sorpresa.
Le deseó suerte en el juicio, dijo que lo quería, y él no le devolvió las llamadas.
Si Rachael fue a alguna parte, no hizo ninguna referencia.
Mientras me cuenta todo eso es como si Rachael estuviera escuchando y forcejeando como loca.
Me obliga tercamente a quebrar el rigor mortis de los brazos para poder manipularlos.
No cede cuando le voy quitando el chándal y la ropa interior.
Entonces queda desnuda sobre la mesa, y doblo su ropa para meterla junto con los zapatos en bolsas de papel mientras Benton continúa tomando notas y haciendo fotos.
Rachael, de largas piernas y pecho abundante, murió en perfecta forma física, según parece, salvo por el vientre curiosamente hinchado. No aprecio tatuajes ni piercings, ninguna cicatriz de heridas u operaciones quirúrgicas.
No veo indicios de procedimientos estéticos como rellenos dérmicos inyectables.
Poseía una belleza sensual de esas que detenían el tráfico, como reza el cliché, y la alcanzó de manera natural.
Quizá se retocaba el pelo y se permitía un poco de bótox, pero tengo la impresión de que eso era todo.
Aparte de los laxantes y otras compulsiones, parecía tener todo lo que quería sin ningún esfuerzo.
La lámpara de quirófano encima de nuestras cabezas arroja una luz intensa sobre su rostro inerte, los ojos y los labios apenas entreabiertos, resecos y oscurecidos.
Irónicamente, pienso en todas las veces que oí en referencia a ella la expresión «guapa a morir».
Annie llevaba diciéndolo desde que alcanzo a recordar.
Examino hasta el último centímetro del cadáver para cerciorarme de que no hay nada fuera de lo normal.
No veo más lesiones, salvo por las quemaduras.
Le enseño a Benton las que tiene en torno al cuello, en los lóbulos de las orejas y en un dedo, por efecto de las joyas al calentarse.
Le examino los pechos y aprecio otras heridas causadas por el alambre de sujeción del sujetador de deporte.
Mido la distancia entre las diminutas quemaduras rojas, que es de aproximadamente doce centímetros.
—Dos coma tres cero cinco gigahercios, o un poco más de doce centímetros —le señalo a Benton mientras hace fotografías—. Esa es la distancia aproximada entre los picos de onda repetidos.
—Lo que vemos aquí no lo causó un pesticida —repone—. Fue, sin duda, algo conductivo que calentó cualquier cosa metálica que llevara.