Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Fabian tiene puesto rock and roll que apenas se oye con el estruendo que a alguien poco acostumbrado le resultaría ensordecedor.

El depósito de cadáveres no tiene nada de sosegado.

A menudo suena más parecido a un taller mecánico que a unas médicas o un laboratorio.

Se comunican a gritos pesos, medidas y demás información, dando lugar a un estrépito que se mezcla con un monótono ruido estático que pone de los nervios.

Aquí siempre hace frío, incluso cuando no lo hace, y hay malas vibraciones a pesar de las mejores intenciones y del esfuerzo.

La gente rara vez ríe. O ríe demasiado. No lloramos si alguien lo puede ver.

Existe el código tácito de que debemos guardarnos nuestros sentimientos para nosotros.

Procuramos no perder la compostura, pero a veces ocurre; y nada huele bien.

Mi espacio de trabajo es el primero. Fabian lo ha rodeado de biombos portátiles de los que se utilizan entre las camas de los hospitales.

Lo tenemos por costumbre cuando hay casos especialmente delicados: famosos y muertes que se convierten en noticias sensacionalistas, por ejemplo, y sobre todo si se trata de alguien conocido.

Los biombos no eliminan el ruido de fondo, pero ayudan mucho.

Es una medida importante, porque estaremos conectados mediante un enlace de vídeo seguro a una cámara dentro de la sala de descomposición.

Tenemos que poder comunicarnos con claridad.

Doug y yo debemos comunicarnos aunque yo no esté presente.

Tenemos que asegurarnos de lo que hacemos; no hay margen de error. Benton aparta un biombo.

Sitúo la camilla al lado de la mesa de autopsias donde siempre trabajo, una de las seis que hay. Son de las antiguas, en forma de L y fijadas a los pedestales del suelo. Acerco el monitor que hay en un carrito de quirófano.

—Antes de que hagamos nada más, tengo que ver lo que ocurre en la sala de descomposición —le indico a Benton—. Hay que conectarse ya.

Acercando más el carrito del vídeo, enciende la cámara y activa el sonido de los altavoces. La pantalla parpadea al tiempo que se oye crujir con fuerza el papel. Ocupan toda la pantalla las grandes manos enguantadas de Marino, que retiran la bolsa que le cubre la cabeza a Wally Potter.

—¿Hola?, ¿hola? —Hago saber a todos que estamos conectados—. ¿Marino? Me parece que eres tú y tus tatuajes lo que veo.

—Estoy aquí con Doug y Andy. —Marino ladea la pantalla para que vea a mi subdirector y al analista de huellas dactilares.

—Yo también estoy. —Fabian se asoma y mueve los dedos envueltos en un guante negro.

Sostiene una tablilla con sujetapapeles y una cámara; todos llevan equipo de protección personal.

Están reunidos en torno al cadáver de Wally Potter en la mesa.

Una luz de quirófano ilumina su cuello abierto de lado a lado, de un rojo más seco y oscuro que anoche.

Todavía no lo han desvestido, y no lo harán hasta que puedan ocuparse de la cinta americana.

La única tira que le cubre la boca es de aproximadamente veinte centímetros de largo. No llega a superponerse y no le rodea la cabeza por completo, como a menudo se ve. Hay que retirar la cinta sin estropear las posibles pruebas en el anverso y el reverso adhesivo.

—Por lo general, la cara interna de la cinta está húmeda de saliva y fluido de purga, lo que hace que resulte más fácil desprenderla —explico—. También ayuda que haya pasado en la cámara toda la noche. Cuanto más frío está el adhesivo, menos pega.

—Eso espero —dice Andy Patient, medio calvo y encorvado, los ojos de un azul desvaído cuando me mira en el monitor—. El objetivo es someter la cinta americana al revelado de huellas con cianocrilato.

—Eso, tomar muestras en busca de ADN y comprobar si hay microrrestos —dice Doug—. Y la cuestión es en qué orden hacerlo para no joder nada.

—Por eso estamos hablándolo —convengo—. De momento vamos a centrarnos en quitarle la cinta de la boca. Vamos a retirarla con mucho cuidado.

—Nos vendría bien usar nitrógeno líquido antes para que esté bien fría —sugiere Andy.

—Espero que no sea necesario —respondo, y si estuviera en la sala con ellos ahora mismo, lo que estamos discutiendo ya estaría hecho.

No es tan difícil si lo has puesto en práctica unas cuantas veces y no te pasas de cauteloso, dejando de lado el sentido común. Pero tengo que contenerme. Y Doug tiene que aprender. Quizá yo también cuando se trata de volver a confiar en la gente, dejarles hacer su trabajo y creer que pueden.

—Eso lo haremos con la cinta alrededor de las muñecas y los tobillos —explica Andy—. La cortamos y la congelamos, luego la podremos retirar.

—Cada cosa a su tiempo. Vamos a buscar agarre en un ángulo de la cinta sobre la boca y a ver qué pasa —le sugiero a Doug.

—Es más difícil con guantes. —Tiene el rostro tenso.

—Pellizca la cinta entre las yemas del pulgar y del índice, y sí, igual se te pega al guante, pero no pasa nada siempre y cuando no empieces a tocar otras partes de la cinta. Comienza a tirar muy suave y despacio —le indico.

—Bien, ¿quieres que sea totalmente sincero? Es mi primer caso con cinta americana —confiesa Doug.

—Ahora me siento mejor —comenta Marino.

Observo el monitor mientras Doug va quitando la cinta y deja a la vista parte de los labios de Wally.

—Vas bien —lo animo.

—Ya sale… —asegura Doug, como si estuviéramos en la misma sala—. No está desgarrando la piel, causando abrasión ni nada por el estilo… —Continúa despegando la cinta—. De momentooo, va bieeen… ¡Ya estamos…! La tengo, gracias a Dios.

Alza la tira para que todos la veamos.

—Bien hecho. Ya puedo dejar de contener la respiración —dice Marino.

—Creo que ya te las puedes apañar sin mí a partir de ahora —hago saber a Doug, y Benton apaga el monitor.