Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 30
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Capítulo 30

Delante de la ventana de seguridad del depósito de cadáveres, el enorme registro negro está sujeto a la repisa de formica desportillada por medio de una fina cadenita metálica.

Hay un bolígrafo atado a un cordel. Cerca hay también un dispensador de desinfectante de manos, y cajas de mascarillas y guantes.

Desde los comienzos del sistema médico forense en Virginia, siempre hemos llevado un registro manuscrito de entregas y recogidas, y yo tengo la costumbre de revisar las entradas.

Lo hago en cuanto llego, así que abro el voluminoso registro por la última página anotada y miro los casos que han llegado o salido, mientras Benton continúa explicando quién tiene la sartén por el mango.

—Yo me ocupo de Pat Mullet. —Se lo dice a Wyatt, y también a Fabian—. Ningún visitante sin mi aprobación. Me da igual quién sea. Nadie que no esté autorizado puede entrar en el edificio sin que yo dé el visto bueno.

—¿Qué se ha hecho con mi caso? —pregunto por Rachael Stanwyck.

—Está en el escáner —dice Fabian.

—Sigue dentro de la bolsa, ¿verdad?

—He dicho que no podía abrirla nadie más que tú.

—Bien. El cadáver puede quedarse en la sala de escáner mientras Benton y yo nos cambiamos —respondo—. La llevaré a mi zona de trabajo cuando estemos listos.

—Ya lo he preparado todo, y el doctor Schlaefer está en la sala de descomposición —señala Fabian—. ¿Os ayudo? ¿A uno o a los dos?

—Nada de pasar de uno a otro, porque hay que tener un cuidado exquisito con la contaminación cruzada —le recuerdo—. Solo puedes ayudar a uno de los dos, así que mejor quédate con el doctor Schlaefer. Yo me las apaño sola, aunque voy a necesitar que Jane Slipper me haga un favor.

Es mi históloga. Me vendría bien contar con tres como ella, pero Elvin suprimió los otros puestos.

Solo tengo a Jane, y no le hará gracia tener que visitar el depósito.

Quizá trabaje con tejidos de cadáveres a diario, pero eso no quiere decir que le gusten las autopsias, ni siquiera como mera noción.

No quiere ponerle cara al caso, y cuanto menos necesite saber, mejor.

—El tiempo es esencial; hay que preparar las muestras lo antes posible. Las tendrá que recoger ella misma y ponerse manos a la obra mientras yo sigo con la autopsia —le explico a Fabian—. Le avisaré cuando esté realizando la craneotomía, y puede bajar entonces.

—Oh-oh, no le va a gustar nada —dice—. Se las apaña bien con los trocitos, pero no quiere ver de dónde proceden. Es como yo, que no quiero ver la langosta antes de que la echen a la olla de…

—Sé que a Jane no le va a gustar nada, y lo siento. —Ahora mismo no estoy para sus analogías—. Hay que preparar todo para una videoconferencia con cifrado para que Doug y yo nos comuniquemos a distancia.

—Ya estoy en ello —dice Fabian cuando Benton y yo nos dirigimos al vestuario.

Seguimos el pasillo de baldosas blancas, e inevitablemente hay gotas de sangre y líquidos que rezuman de las bolsas para restos humanos.

Siempre hay un par de camillas abandonadas o con bolsas dobladas encima.

Las paredes son de un insípido verde pálido; la luz de los fluorescentes, chillona, y cuelgan del techo tiras de papel matamoscas.

Nos acercamos a la sala de tomografía, y vemos por la ventana de observación al radiólogo Johnny Hahn sentado ante su consola, rodeado de un mosaico de pantallas de vídeo, hablando por teléfono.

Del otro lado del cristal plomado está el cadáver de Rachael Stanwyck dentro de una bolsa en el interior del amplio túnel del escáner.

La sala de al lado es donde hacemos las radiografías de cuerpo entero; la puerta está cerrada; las luces, apagadas.

Después está la sala de pruebas donde hay ropa con restos de sangre colgada en cámaras de secado.

Encima de una mesa de exploración, cubiertos con papel de estraza blanco, hay astillas de vidrio, llaves, una cartera y un inhalador para el asma ensangrentados de un tiroteo reciente.

En el exterior de la sala de descomposición, la luz roja advierte de que no se puede entrar, y eso que la mayoría de la gente preferiría no hacerlo.

Cuando los cadáveres se encuentran en un estado avanzado de descomposición, contaminados, con un aspecto espantoso, es aquí donde nos ocupamos de ellos.

No hay ventana de observación por un buen motivo, y me hace falta mucho autocontrol para no asomarme a mirar cómo lo lleva Doug Schlaefer. Pero no lo hago.

A continuación está el pequeño laboratorio de antropología donde se disponen los restos óseos como un puzle, y no hay nada más triste que morir solo y en el anonimato.

Al fondo hay un área de almacenamiento con más de ochenta cajas de huesos de hace varias décadas.

Durante su mandato como jefe, mi predecesor dejó que engordara considerablemente el armario de los esqueletos.

Si el caso no era sencillo o no le reportaba ventajas políticas, carecía de interés para Elvin.

Benton y yo hemos llegado a las salas de autopsias, y al otro lado de las puertas cerradas se oye a gente trabajando.

Sé por el registro del depósito que de momento tenemos seis casos esta mañana, incluidos Rachael y Wally.

Además, hay un accidente de circulación y dos víctimas de un presunto asesinato seguido de suicidio con escopeta.

Después está el vestuario, y ayudándome del codo pulso el botón de manos libres en la pared.

Nuestro vestuario es sencillo y funcional: tres lavabos de porcelana blanca, tres duchas con finas cortinas de plástico blanco y unos estantes con equipos de protección personal.

El aire es denso por efecto del olor empalagoso a desinfectante.

Toda una pared está ocupada por taquillas de acero numeradas y pintadas del verde institucional.

La jefa tiene la «1», como cabría esperar.

Dejo el maletín dentro, y el sonido metálico de la puerta al cerrarse me recuerda a la época escolar.

Un día normal cerraría bajo llave mis pertenencias y me cambiaría arriba en el cuarto de baño de mi despacho, pero no hay tiempo para eso.

Benton y yo nos ataviamos con el mono de trabajo: el roce del Tyvek suave, el olor a desodorizador industrial intenso.

Nos ponemos cubrezapatos, pero todavía no nos tomamos la molestia con los guantes, las gafas de seguridad y las capuchas.

Johnny Hahn está sentado ante la consola rodeado de imágenes del cerebro de Rachael. De treinta y tantos años, es atractivo a su manera, con los ojos muy juntos y la nariz afilada como la mira de un arma.

Se crio en Colorado, es un esquiador consumado y entusiasta de los videojuegos.

De no ser por su insaciable curiosidad y por su adicción a la adrenalina, yo no habría podido captarlo en un hospital de la zona con la promesa de una beca en radiología forense.

Está sobrecualificado, y no puedo pagarle ni remotamente lo que merece.

—Vengo de visita. —Esa es mi forma de darle los buenos días a Johnny. Le presento a Benton—. Hemos venido a recoger nosotros mismos el cadáver de Rachael Stanwyck.

Le explico que el Servicio Secreto está a cargo de la investigación, y también de la de Wally Potter.

—Vaya, eso suena importante y feo —comenta Johnny.

A su espalda, una pantalla plana fijada a la pared emite las últimas noticias de la CNN sin sonido.

Bose Flagler está haciendo su alegato final, y luego lo hará Sal Gallo.

Entonces el caso quedará en manos del jurado.

Las protestas son cada vez mayores y más furiosas.

Están llamando a más agentes de policía de condados vecinos, y en las imágenes tomadas desde un helicóptero se ve a la muchedumbre hostil y a los antidisturbios.

—Quería ver qué has observado antes de que nos la llevemos —le digo a Johnny, preguntándole por sus descubrimientos antes de apropiarme de la camilla.

—Seguro que esto te interesa. —Nos llama la atención sobre unas imágenes de escáner en las que se ve una fractura lineal de cráneo del hueso parieto-occipital.

Rachael Stanwyck sufrió una grave lesión craneal justo antes de morir. Johnny señala las imágenes en las que se aprecia la contusión en el lóbulo frontal derecho del cerebro.

—Una clásica herida de contragolpe. El impacto debió de dejarla inconsciente si no lo estaba ya —respondo—. Pero no es lo que la mató.

La sangre aparece en el escáner como una densa mancha oscura, y no hay mucha.

Seguro que Rachael se cayó, golpeándose el lateral izquierdo de la cabeza contra el suelo de mármol de la cocina.

Lo más probable es que ocurriera mientras la estaban bombardeando con radiación de microondas.

La hemorragia reducida indica que solo siguió viva brevemente al ascender su temperatura por encima de niveles viables.

—Cuando la examiné en el lugar de los hechos —explico—, no encontré indicios de lesión en el cuero cabelludo. No hay laceración, pero ya he visto casos así cuando alguien se cae. Tendré más información tras inspeccionarla a fondo.

Benton y yo nos ponemos guantes, gafas de seguridad y capuchas.

Abro la puerta que conecta la sala de escáner con la de control y trasladamos el cadáver embolsado a la camilla.

Luego lo llevamos por el pasillo, y él abre la puerta de doble hoja de acceso a las salas de autopsias.

El agua repiquetea con fuerza en los profundos fregaderos de metal y se oye el roce del acero contra la piedra de amolar mientras un técnico afila un cuchillo.

Los médicos forenses y sus ayudantes están ocupados en sus puestos de trabajo, donde visionan imágenes de escáner en pantallas de vídeo.

El suelo es de baldosa beis, las paredes de bloques de hormigón del mismo verde antiestético que los pasillos.

Todo es de metal o vidrio, el techo alto desnudo salvo por los cables eléctricos y los paneles de iluminación.

No hay nada que amortigüe el sonido, así que la zona de trabajo diáfana es una pesadilla acústica.