Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

Aparcada donde no molesta hay una zódiac y nuestra unidad forense móvil, que está vieja y necesita mejoras considerables.

Al fondo del todo queda el área de carga forense, donde podemos colocar objetos grandes como vehículos dentro de carpas para el revelado de huellas con cianocrilato y otras técnicas de recogida de pruebas.

Benton aparca a un lado junto a El Camino de la década de los setenta de Fabian.

Un carro guapo, según lo describe, negro con llantas y franjas rojas.

En lo alto de la rampa abro con llave la puerta de peatones que da al interior.

Accedemos al área de recepción, intensamente iluminada, por donde ingresan los muertos a nuestra clínica médica sin esperanza para ellos.

Enfrente de la báscula de plataforma hay inmensas cámaras y frigoríficos de acero inoxidable.

Junto a ellos está la oficina de seguridad, y Wyatt Earle se encuentra sentado a su mesa detrás de un cristal a prueba de balas con cajón y rejilla para hablar.

Con más de sesenta años y vestido de uniforme caqui con las solapas de los bolsillos marrones, no es agente de policía, sino eso que Marino llama de forma tan grosera un «poli de alquiler».

Wyatt, que no lleva arma, no está autorizado a detener a nadie, y no podría hacer gran cosa si nos viéramos asediados.

No le gusta el depósito de cadáveres y, cuando entré a trabajar aquí, a mí me dio la impresión de que yo le gustaba aún menos.

Pero nos vamos apreciando. Tenemos un acuerdo.

—Buenos días, Wyatt —lo saludo.

Está comiendo un filete empanado y croquetas de patata de la cadena Bojangles, atento a los monitores de seguridad, instalados en la pared de bloques de cemento encima de su mesa.

—No me parecen muy buenos, jefa. —Se limpia la boca con una servilleta—. ¿Con todos esos manifestantes ahí fuera? —Coge el café—. Si no contáramos con un montón de policías, tendríamos graves problemas.

Se lo presento a Benton porque no se conocen, y entonces se abre la puerta de la cámara con una sonora efusión de aire refrigerado.

Fabian sale rodeado de una niebla de fétida condensación, empujando una camilla con un cadáver dentro de una bolsa.

Tiene un aspecto típicamente dramático con pijama sanitario negro, la melena recogida en un gorro de quirófano negro con calaveras azules.

—Gracias por quedarte anoche —le digo—. Espero que hayas descansado algo.

—No mucho, pero estoy más que listo —responde de buen ánimo, vibrante de emoción—. ¿No es increíble lo que está pasando ahí fuera? —Cierra la puerta de la cámara.

—No es nada bueno —señala Wyatt; Fabian y él no son compatibles—. Ya sé que te gusta salir en las noticias, pero los demás preferimos la tranquilidad.

—¡Tengo el móvil a punto de reventar! —Fabian está casi sin aliento—. ¡Es increíble! Me están llamando productores de televisión. ¡Hasta de un reality show! El título provisional es Misión mortal , y quieren seguirme mientras trabajo. Pero he dicho que seguro que no lo autorizabas.

—Ni pensarlo —respondo—. ¿A quién llevas ahí? —Miro el cadáver embolsado que traslada.

—Vienen a recogerlo —dice—. Es el corredor al que atropelló un coche el otro día.

Fabian nos informa a Benton y a mí de que Marino está arriba en el laboratorio de huellas dactilares con Andy Patient, el perito. Intentan descubrir la mejor manera de vérselas con la cinta americana, y tampoco es que aquello sea ingeniería espacial, comenta Fabian.

—Doug se pone muy nervioso. Y, claro, ¿con todo lo que está pasando?

Dios mío, ¿no es increíble cuánta gente armada hay ahí fuera?

—pregunta Fabian con entusiasmo mientras Wyatt sigue desayunando detrás de la partición de cristal—.

No sé cómo voy a volver a casa cuando toque con todos esos matones violentos manifestándose.

Hace quince minutos escasos sobrevolaban nuestro edificio unos helicópteros. Sigue describiendo una escena que, si por él fuera, sería rutinaria.

—Al parecer ha estallado una pelea delante de los juzgados. Lo acabo de ver en Instagram —continúa Fabian—. Lo que explica que se hayan largado los helicópteros, pero apuesto a que volverán.

—No esperéis que la situación se tranquilice o mejore —informa Benton—. Sobre todo cuando el caso de Hooke quede en manos del jurado: entonces es de esperar que los problemas se multipliquen.

—¿Ha habido visitas inesperadas o ha intentado acceder alguien aquí? —le pregunto a Wyatt, que continúa atento a los monitores de seguridad.

—Hasta el momento no —dice—. No hay nadie aquí a quien no conozcamos, jefa.

—Una agente del FBI ha llamado a investigaciones y ha dejado un mensaje —nos informa Fabian.

—¿Qué decía? —se interesa Benton.

—Que volvería a llamar.

—¿Cómo se llamaba? —pregunta, y tengo la impresión de que lo sé.

—Tendría que consultarlo en el ordenador —contesta Fabian—. Patti… no sé qué. Me suena Patti LuPone, pero no es eso. ¿Sabes esas veces que se te queda algo metido en la cabeza…?

—La agente especial del FBI Patty Mullet —dice Benton.

—Eso es. Es engreída de cuidado. Mandona, me trataba como si fuera del servicio. No me ha hecho ni puta gracia.