Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

La sede del instituto y los laboratorios forenses del distrito norte está en el edificio de cuatro plantas de ladrillo color canela que tenemos delante.

Una alta chimenea descuella de la azotea plana, lo que siempre permite ver de lejos cuándo está en funcionamiento el horno de nuestra división anatómica.

Ahora no lo está, gracias a Dios. Sería un mal día para incinerar cadáveres, la mayoría enviados desde escuelas de medicina.

No necesitamos más estímulos visuales mórbidos o sensacionalistas.

Las banderas de Virginia y de Estados Unidos aletean y golpetean los mástiles de metal, y hay árboles plantados en islotes y a lo largo de la acera de hormigón lavado. La puerta principal de vidrio con el sello de Virginia pintado lleva años cerrada, y es más que nada para el acceso de empleados.

—Esperemos que no dure mucho —le digo a Benton. El ruido de los manifestantes nos sigue como el bramido de una gran ola a punto de estrellarse.

—¡JUSTICIA PARA APRIL!

—¡JUSTICIA PARA APRIL!

—¡JUSTICIA PARA APRIL…! —Una y otra vez.

El aparcamiento está lleno, solo quedan vacías algunas plazas para las visitas, y veo que Marino ya ha llegado.

La furgoneta está en su sitio habitual, cerca de donde aparca Maggie, pero no veo su viejo Volvo plateado.

Benton frena delante de la inmensa puerta de acero de carga y descarga, de la que no tiene mando a distancia porque no trabaja aquí.

Como es natural, el mío está en casa en mi coche.

—Yo me ocupo. —Se quita el cinturón de seguridad.

—No, mejor lo hago yo. —Abro la puerta y me apeo antes de que tenga ocasión de adelantarse.

Dependiendo de quién supervise las cámaras de seguridad, quizá no reconozca a mi esposo, el agente del Servicio Secreto.

Desde que nos mudamos aquí, no ha venido a mis oficinas más que un puñado de veces.

Su vehículo no le resulta familiar a la mayoría de los trabajadores de este centro.

Cuando voy hacia el interior, los alborotadores me reconocen.

—¡TONGO! ¡TONGO! ¡TONGO…! —Suben el volumen, entonando consignas con megáfonos al tiempo que golpean cacerolas y garrafas con frenesí.

No me acostumbro a que me insulten y me acusen de atrocidades que nunca se me ocurriría cometer.

No soporto que la gente me grite que tendría que estar en la cárcel o algo peor.

Pulso el botón del interfono y al instante se pone en funcionamiento un estrepitoso motor eléctrico.

La pesada puerta de metal manchada de óxido empieza a rechinar a medida que cadenas y poleas la hacen ascender lentamente.

—¡TONGO! ¡TONGO! ¡TONGO…!

Regreso a toda prisa al coche de Benton mientras se va abriendo la puerta para vehículos; la tecnología es antigua, y acceder al interior, un proceso lento. De vez en cuando se sale de la guía y se queda obstruida a medio abrir o cerrar. Sería mal momento para que ocurriera algo así.

—Tienes que esperar a que acabe o el mecanismo de seguridad la bloquea —le recuerdo a mi marido. El alboroto del gentío hostil va en aumento.

—Menos mal que no nos está disparando nadie —comenta mientras la puerta chirría y vibra, tardando una eternidad.

Mi edificio data de la década de los ochenta y se ha quedado anticuado.

Se rompen cosas que no se arreglan, y encontrar lo que necesitamos es un reto constante.

Las quejas de Fabian están justificadas.

No tengo reparos en pedir a hospitales, centros médicos y funerarias de la zona material que les sobre.

Voy con cuidado a la hora de comprar, pero no puedo hacer milagros con un presupuesto esquelético.

Con lo exigente que es el trabajo en circunstancias normales, después de veinte años con Elvin Reddy apenas nos las apañamos.

Él nunca luchó por nada importante, y menos aún por su gente.

Vamos escasos de científicos, personal administrativo y patólogos forenses.

El material es viejo y habría que reemplazarlo o incrementarlo.

Cuando me convertí en la primera jefa de Medicina forense en Virginia antes de marcharme, hace muchos años, Elvin era una figura en la sombra, un incordio.

Sin poder alguno. No había estropeado nada todavía, y no lo haría durante un tiempo.

Nuestro sistema médico forense estatal es uno de los más antiguos y consolidados de Estados Unidos.

Antes era el referente máximo, y tengo intención de restablecer lo que él ha intentado demoler.

La puerta de la entrada de carga y descarga se ha parado.

Benton accede, por fin, al cavernoso espacio sin ventanas más o menos del tamaño de un hangar para aviones.

Las paredes y el suelo de hormigón están sellados con resina epoxi beis, que se puede desinfectar y lavar con manguera fácilmente.

Hay zonas de almacenamiento con palés de suministros de equipos de protección personal y bolsas para restos humanos, así como bidones de desinfectante y sustancias químicas peligrosas como formaldehído y lejía.