Capítulo 29
Explica que el FBI presenta la neurotoxina carbofurano como una especie de bandera de batalla. Es uno de los pesticidas más mortíferos del planeta, ilegal en este país, pero su uso está muy extendido, con consecuencias espeluznantes.
—El FBI ha estado investigando casos en los que aparece esta sustancia, la mayoría de las veces en California —dice Albert por el móvil en modo altavoz—.
Pero recientemente se han localizado por aquí halcones, águilas, cisnes y búhos envenenados.
Y también lo han ingerido mascotas como perros y gatos.
Una cantidad de un cuarto de cucharadita puede acabar con un animal grande como un oso en cuestión de minutos, y con un ser humano aún en menos.
Las víctimas del potente pesticida pasan a formar parte del «círculo de la muerte», explica Albert mientras Benton sigue a nuestra escolta policial.
Los animales y los insectos devoran un alimento impregnado de carbofurano y en cuestión de minutos sufren convulsiones y fallo respiratorio.
Otros animales se alimentan de esos cadáveres y el horrendo efecto dominó continúa extendiéndose.
—Esas horribles sustancias químicas están en casi todas partes —continúa Albert—.
El viento y la lluvia las trasladan, por eso mueren colonias enteras de abejas y demás flora y fauna.
Y se lo dije a la agente del FBI una y otra vez: estas cosas son ubicuas y muy duraderas.
Hay que tener en cuenta muchos factores y andarse con un enorme cuidado antes de sacar conclusiones basadas solo en el hallazgo de restos de trazas.
Que unos análisis señalen la presencia de pesticidas y herbicidas no quiere decir necesariamente que se utilizara un arma de microondas para cometer un crimen.
Albert asegura que se lo explicó a Patty Mullet, pero ella ya había tomado una decisión antes de hablar con él.
Le traía sin cuidado lo que dijera, solo quería ver reflejado lo que ella pensaba.
—Me preguntó si había visto las fotos o los vídeos que muestran los daños sufridos por la flora y la fauna en la entrada de la propiedad de la jueza Chilton y también detrás de la casa —nos dice Albert—.
Y le aseguré que obviamente he estudiado con atención muchas imágenes así desde que se pusieron en contacto conmigo.
El FBI quiere que presente una declaración firmada.
Se supone que debe decir que en su opinión experta los insectos, los animales y la vegetación probablemente quedaron destruidos de resultas de la exposición al carbofurano o algo similar.
Benton adopta un semblante en el que se trasluce la rabia mientras escucha, mirando los retrovisores, las hipnotizantes luces de los coches patrulla.
—Dios —exclama después de que Albert acabe de contarnos las maniobras de coacción y manipulación de Patty Mullet—. No sé cómo se le ocurre hacer algo así. Espero que no tengas intención de hacer caso de semejantes chorradas. Porque no son más que eso, Albert. ¿Qué contestaste?
—La verdad —asegura—. Que lo que veo concuerda con ataques de microondas.
Dependiendo de dónde se produzcan, hay insectos, pájaros, ratones y otros animales muertos.
La línea de fuego resulta apreciable a través del follaje sea cual sea el momento del año.
Los objetos metálicos quedan magnetizados.
Las instalaciones eléctricas se funden debido a lo que es en esencia una enorme subida de tensión.
Hay muchos indicios si se sabe interpretarlos.
Albert recita algunos de los mismos detalles que abordamos durante nuestra última reunión en el Pentágono de la Comisión del Juicio Final.
En uno de los casos que investigó, el periquito dentro de una jaula de metal salió ileso.
Pero las plantas de interior se marchitaron y hubo un apagón general.
El ataque dejó un rastro de follaje reseco e insectos muertos delante de la ventana que atravesaron las microondas.
El funcionario del gobierno que permaneció en el interior de la casa en esos momentos sufrió trastornos cognitivos y pérdida auditiva, y ya no puede trabajar.
—Los rusos están involucrados en muchos de estos chanchullos, como bien sabéis —continúa Albert—.
Muy recientemente, Arabia Saudí se ha implicado en el desarrollo de esta clase de armas, y los chinos llevan décadas perfeccionándolas.
Pero podría ser cualquiera, y cada vez se les da mejor, qué duda cabe.
—Si alguien quiere poner en tela de juicio la jurisdicción, me ocuparé de dejar las cosas claras —repone Benton—. Me las veré directamente con el FBI, no hace falta que te preocupes por ellos.
Albert no debe contestar si Patty Mullet vuelve a llamarlo, ni debe franquearle el paso al laboratorio si se presenta en el Smithsonian.
—La verdad es que no me sorprende —le digo a Benton cuando terminamos la llamada—. Detesto que la gente actúe a nuestras espaldas, y eso es lo que acaba de hacer Mullet. Nos la ha jugado.
—Es su especialidad. —Mantiene la distancia exacta entre su vehículo y el coche patrulla con las luces encendidas que va delante.
—Al menos ya sabes a lo que te enfrentas.
—Albert detectará alguna clase de insecticida o sustancia química que no tiene nada que ver —predice Benton—. Es inevitable. Esto no es más que una jugarreta, y a Patty se le dan de maravilla desde siempre.
—Tú representas todo lo que ha querido y eso no lo ha aceptado —señalo.
Mullet es su equivalente a Elvin Reddy, y es igual de descarada y evidente.
Tenía la ambición de ser inspectora del Servicio Secreto, pero rechazaron su solicitud.
Inteligencia tampoco la contrató. Al final, Patty Mullet fue a parar al FBI, donde quedó excluida de la Unidad de Análisis del Comportamiento cuando Benton la dirigía durante nuestros primeros tiempos.
—No daba la talla, seguiría sin darla, y es por esto mismo por lo que puedo afirmarlo de manera tan categórica —dice mientras los conductores se hacen a un lado y nuestro resplandeciente convoy dobla hacia West Braddock Road.
Cuando nos acercamos a mi cuartel general, el paisaje no es precisamente cautivador: hay una gran cantidad de centros de distribución y logística, aparcamientos de coches incautados y cementerios.
Mis vecinos más cercanos son los Servicios Funerarios y Crematorio Shady Acres, que deben de tener el número de móvil de Maggie.
En el interminable mensaje de texto que me acaba de enviar asegura que la están llamando una y otra vez.
Están molestos por los manifestantes alrededor de mi aparcamiento vallado, según tiene la jeta de informarme mi secretaria exiliada.
Me piden que haga algo con el ruido, escribe en su mensaje.
Debe de estar encantada de informarme de un problema mientras acata la orden de mantenerse alejada de mi edificio.
Me la imagino al teléfono con Elvin, así como lo que estarán diciendo y tramando.
—Está a punto de empezar una ceremonia en el cementerio de enfrente.
—Le digo a Benton lo que Maggie me ha contado y tal vez ha instigado—.
Quizá los que se manifiestan alrededor de mis oficinas podrían tener el detalle de dejarlo durante una hora.
¿Qué se supone que debo hacer yo? ¿Salir ahí y pedírselo por favor?
—Te echa en cara que la han dejado tirada —responde—. Te hace saber que, en consecuencia, tú también te quedas tirada. Tienes que ingeniárteles tú sola sin su ayuda.
—Como si alguna vez me hubiera ayudado en algo —respondo.
Estamos quizá a un minuto de mis oficinas, pasando por delante de una empresa petrolera, almacenes y un centro de reciclaje.
Alcanzo a oír a los alborotadores antes de que esté a la vista el centro gubernamental de Virginia del Norte.
Compartimos las instalaciones con los departamentos de Salud, Seguridad Pública y Servicios Médicos de Emergencia, así como el Registro Civil, entre otras entidades estatales que giran en torno a la vida y la muerte.
Todos están a escasas hectáreas de mi edificio, y no es por casualidad.
En este caso, no solo las buenas vallas hacen buenos vecinos, sino también la distancia.
Cuanta más, mejor. Estoy acostumbrada a que nadie quiera encontrarse cerca de nosotros.
Yo tampoco lo querría, tanto si hay manifestantes como si no.
—¡Justicia para April…!
—¡Tongo…!
—¡Noticias falsas…!
Son los gritos de los manifestantes que se alzan al son de las cucharas de madera y de las baquetas contra cacerolas y bidones de plástico.
Están apiñados delante de la línea que forma la policía, y se trata de la misma multitud con aspecto amenazante de anteriores ocasiones.
Solo que estos últimos días eran quizá una docena de personas que se manifestaban e increpaban a los que entraban y salían en coche, incluidos Marino y yo.
Ahora son más del triple, y hay sobre todo hombres.
No me hace gracia que unos cuantos lleven armas al cinto y rifles de asalto al hombro.
Una mujer entrada en años tiene la larga melena gris recogida con un pañuelo y blande una escopeta de corredera.
La acompaña un joven, igualmente armado, que instiga al odio.
La policía no deja que se acerque nadie cuando nos aproximamos a la entrada, y es evidente que los manifestantes no reconocen el coche eléctrico ni a quien lo conduce.
Pero eso no les impide abroncarnos. Nuestros escoltas se hacen a los lados, y nos franquean el paso en la verja de seguridad, poco más que un brazo de madera que sube y baja.
Cuando se cierra a nuestra espalda, los alborotadores siguen lanzando insultos y calumnias.