Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Ha usado a Annie para espolear a los terroristas, para aguijonearlos y que, temiendo que vayan a atraparlos, cometan alguna temeridad. Pero tengo la sensación de que quizá no sea eso lo que suceda. Es posible que se hayan envalentonado y motivado de una manera que podría acabar muy mal.

—Me parece que la declaración de Annie que corre por las redes sencillamente les ha dado a esos cabrones lo que querían. —Voy a ver cómo van los bagels.

—Lo más probable es que los incite a hacer algo —dice Benton—. Pero no conseguirán lo que quieren. Al final, no.

—¿También reivindican el intento de atentado contra el presidente de ayer?

—Eso no lo reivindica ni reconoce haberlo planeado nadie. ¿Quién va a alardear de un fracaso? Pero lo que pasó en Belle Haven Market y Chilton Farms es otra cuestión —razona Benton—. Los terroristas reivindican esos ataques bien orquestados. El mensaje es que nadie está a salvo.

—¿Mencionan armas de microondas? —Echo aceite de oliva en una sartén y subo el fuego.

—No, y es posible que no sepan que estamos al tanto. —Benton toma café mientras contempla por la ventana un cardenal de color rojo intenso en el comedero.

—¿Dónde se esconden esos canallas? ¿Dónde se preparan y experimentan con sus armas de sádicos? —pregunto.

—No lo sabemos, pero lo más probable es que sea por aquí, lo que no significa que no cuenten con células terroristas en otras partes.

—Como en la costa este del estado, de donde son oriundos los Hooke y los Tupelo, así como todos esos parientes y amigos con pinta tan siniestra. —Recupero la imagen de los manifestantes con los que nos cruzamos Benton y yo cuando volvíamos a casa anoche a las tantas.

—Lucy ha rastreado el vale regalo de cincuenta dólares con el que pagaron ayer al repostar gasolina —dice—.

Lo robaron de una farmacia familiar en Arlington, a unos quince kilómetros de aquí.

Alguien con capucha y ropa de camuflaje atracó el establecimiento a punta de pistola el mes pasado después de obligar al encargado a tumbarse boca abajo en el suelo. Nadie resultó herido.

—¿Había cámaras?

—No funcionaban. Por lo visto, hubo un apagón justo antes de que el pistolero entrara en la farmacia a la hora de cerrar, cuando no estaba más que el encargado.

—Creo que ya sabemos lo que pasó. —Vierto una fina capa de huevo batido en la sartén bien caliente—. Y ahora el atraco ha escalado a asesinato.

—Espero actividad dentro de las siguientes veinticuatro horas; otro suceso violento, quizá más —anuncia Benton—. Estamos tomando todas las precauciones posibles.

La policía de Alexandria ha establecido un perímetro alrededor de mi edificio y del aparcamiento.

Han puesto barreras y los agentes van con uniforme antidisturbios.

Se rumorea en internet que una muchedumbre va a tomar al asalto mis oficinas si hoy declaran no culpable a Gilbert Hooke, como predicen los expertos y los principales analistas legales.

—Basan su no culpabilidad casi exclusivamente en tu testimonio ante el tribunal —dice Benton—. No ven cómo puede condenarlo un jurado a menos que hagan caso omiso de la ciencia.

—Como si yo no fuera ya bastante popular. —Apago el horno.

Después de desayunar y tomarnos unos minutos para acabar de prepararnos, vamos al coche de Benton y nos ponemos en marcha, acompañados de una salva de resplandecientes luces rojas y azules.

Tres coches patrulla de Alexandria van delante, otros tres detrás, y también nos escoltan motoristas a intervalos.

El Monumento Nacional Masónico a George Washington se alza nueve plantas por encima de lo alto de una colina.

Su altísima torre reluce blanca; da la impresión de que nos siguiera bajo la radiante luz del sol matinal.

Avanzamos a velocidad de crucero, las sirenas aúllan de vez en cuando y nuestra comitiva llama poderosamente la atención.

Los coches se hacen a un lado para dejarnos pasar cuando salimos de Old Town rumbo al noroeste.

Mi trayecto al trabajo puede durar de veinte minutos a una hora, dependiendo del tráfico.

Al desviarnos de King Street, no me cabe duda de que esta mañana llegaremos en tiempo récord.

Eludimos la zona en torno a la plaza de los Tribunales, y el anillo inteligente me alerta de que me están llamando. Es Albert Allemand, del Museo Smithsonian de Historia Natural.

—Benton y yo vamos a mis oficinas. Estás en modo altavoz —le hago saber cuando contesto—. ¿Qué ocurre?

—¿No es increíble? Ya me están apretando —dice con su marcado acento francés.

Nos informa de que el Servicio Secreto le entregó mis muestras de insectos y plantas hace unas horas, tal como estaba previsto. Ha llegado al laboratorio temprano para empezar a preparar las pruebas, y todo iría bien de no ser por las interferencias con las que se está encontrando.

—No quiero verme atrapado en medio. —Lo que ha ocurrido, sea lo que sea, ha indignado a Albert—. Quiero responder las preguntas con toda la sinceridad y precisión que sea posible. No quiero conflictos ni asuntos personales. Como siempre digo, no tengo caballo en esta carrera.

—¿Verte atrapado en medio de qué? —le pregunto.

—Si no puedes demostrar que se usó un arma de microondas, el Servicio Secreto quedaría en una posición difícil. Sobre todo, ahora que los terroristas acaban de reivindicar la responsabilidad de los homicidios que investigas.

Por lo visto, la única evidencia que relaciona el presunto intento de atentar contra el presidente y de los asesinatos de Belle Haven Market y Chilton Farms es la inusual frecuencia de 2,305 GHz que detectaron los analizadores de señales.

Si eso resultara ser un error de medición, una equivocación, surgiría un problema con la jurisdicción.

Habría quien dijera que, en ausencia de la señal, no hubo intento de atentado contra el presidente en absoluto.

—Y, técnicamente, no debería estar hablando con el Servicio Secreto porque no es su caso —dice Albert.

—¿Quién te lo ha dicho? —pregunta Benton.

—Me han llamado del FBI hace unos minutos.

—¿Quién del FBI?

—Una mujer que no conozco. Lo he anotado… Déjame mirar… Ha insistido mucho… La agente especial Patty Mullet.

—Es de la unidad conjunta de contraterrorismo —responde Benton, y añade que no le tiene mucho aprecio, por decirlo suavemente—. Llegué a conocerla a fondo cuando estaba en el FBI, y me las he visto con ella unas cuantas veces desde entonces.

—Si encontramos rastros de pesticidas, tenemos un problema. Eso lo ha dejado claro. —Albert resume la amenaza de la agente especial Patty Mullet.