Capítulo 28
El sol de primera hora de la mañana reluce en los márgenes de las cortinas cerradas, y alargo el brazo hacia el otro lado de la cama, que encuentro vacío y frío bajo la mano; entonces me entra pánico por la hora.
Me incorporo de golpe y busco el móvil. Son casi las seis y cuarto, así que tengo que ponerme en marcha.
—No te preocupes. Aún falta una hora para que salgamos. —Benton aparece poco definido en la oscuridad, y huelo el café cargado que trae—. Todo está controlado.
—No veo que tal cosa sea posible, y ¿desde cuándo? —replico—. Cuanto antes lleguemos a las oficinas, mejor.
—Tenemos un horario que no depende de ti. —Me da un beso cuando cojo la taza humeante—. Por una vez, no estás al mando.
—Bien, pues me alegro, porque no quiero estarlo. —Tomo unos sorbos de café, negro e intenso, con un punto de sabor a néctar de agave—. No quiero estar al mando de este puto desaguisado, gracias. Prefiero de lejos ir de copiloto o de pasajera, si a eso vamos.
—Eso dices, pero nunca es de corazón. —Se sienta y me apoyo en él.
Va afeitado y vestido, y sin duda lleva un buen rato despierto. Abro el cajón de la mesilla y cojo el anillo inteligente para ponérmelo.
—Marino y Dorothy van a salir dentro de poco. —Como muchas mañanas, Benton empieza a ponerme al corriente de lo ocurrido desde que me quedé frita—. Annie está desayunando con Lucy. Los polis están ahí fuera; todo según lo previsto, por si te sirve de algo.
—Están desayunando, ¿dónde? —Bebo un poco de café y desbloqueo el móvil.
—Tengo la impresión de que han pasado despiertas casi toda la noche. Ahora están tomando unos batidos que ha preparado Lucy en la licuadora.
—¿Dónde? —pregunto de nuevo.
—En su casita.
—Vamos a complicar las cosas un poco más. —Empiezo a mirar los mensajes.
Como sospechaba, mi comportamiento poco saludable ha dado lugar a varias respuestas automatizadas, programadas en el software que está desarrollando Lucy en colaboración con el Servicio Secreto, la NASA, las Fuerzas Espaciales de Estados Unidos, la CIA, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (DARPA) y otros organismos gubernamentales y militares.
Saber todo esto no hace sino empeorar las cosas cuando mi anillo inteligente se chiva de mí con una vibración ruidosa y más bien violenta que recuerda a la picadura de un insecto.
Es como si mi sobrina estuviera mirando por encima de mi hombro.
Cuando leo el mensaje que me llega al móvil, bien podría ser de ella.
La alerta más reciente dice:
Llevas 18 horas despierta.
Es hora de que te acuestes.
Has dormido un total de solo 2,1 horas .
Tengo la sensación de que me regañan, igual que siempre que me recuerdan que salga a estirar las piernas, coma algo o duerma un poco.
—¿Y tú qué? —le pregunto a Benton si el anillo también lo ha delatado a él—. ¿Te han mandado al despacho del director?
—Me he portado mejor que tú —asegura cuando nos levantamos de la cama. La mayoría de los días mi meticuloso marido va de traje y corbata.
Cualquiera diría que es un empresario o un abogado de éxito.
Podría ser político: a menudo digo que parece un actor que se interpreta a sí mismo, un agente secreto listo y sexy.
Hasta mi hermana reconoce que es «deliciosamente mono».
Tiene un «gusto exquisito salvo por su esposa», acostumbra a bromear.
Pero esta mañana va vestido como para meterse en un buen fregado.
Los pantalones cargo y el polo se pueden echar a lavar luego cuando volvamos a casa.
Las botas tácticas negras son cómodas en terrenos agrestes y se desinfectan con facilidad.
Coge el arma y la funda de cuero de encima de la cómoda y se las coloca en la cintura hacia la espalda.
Se guarda en un bolsillo la cartera de la placa.
—El nivel de amenaza es más alto que anoche. —Me sigue con la mirada mientras me encamino descalza hasta el armario—. Las cosas pueden ponerse feas, así que Annie tendrá escolta para ir a los juzgados, igual que nosotros para ir a tu trabajo.
—Ay, Dios. Más coches de policía y luces de emergencia. Justo cuando creía que la vida no podía ser más aburrida.
Intento decidir qué ponerme y opto por unos pantalones caqui y una camisa de algodón blanca de botones. Cojo un cinturón de cuero trenzado y mocasines de suela cómoda, porque debo tener cuidado con el tobillo dolorido.
—Ya se están reuniendo manifestantes en la plaza de los Tribunales y alrededor de tu edificio. —Benton sigue poniéndome al tanto de lo que me he perdido en las escasas horas de sueño.
—Si Elvin ya estaba molesto, ahora debe de estar fuera de sí —respondo.
—Está molesto por distintas razones. Eso es lo que pasa cuando tus ambiciones superan tus posibilidades.
—Igual resulta que nuestro encantador comisionado de Salud tuvo algo que ver con que el juicio de Hooke viniera a parar a Alexandria; que se debió a una manipulación política en la que estaba involucrado desde el principio —continúo mientras me visto—.
A cambio de favores, sin duda. O de promesas de recibirlos en el futuro.
—Sería difícil demostrarlo, y no creas que le importaría a todo el mundo —observa Benton.
—Es posible que a nuestro gobernador sí. —Recuerdo lo que mencionó Fruge acerca de su amigo, con el apropiado nombre de Echo.
Es jefa de cocina de la mansión del gobernador y se puede confiar en que repetirá cierta información.
Tengo la sensación de que a estas alturas Roxane Dare está al tanto de las maquinaciones maquiavélicas de Elvin Reddy.
Es posible que sepa incluso que Bose Flagler trama y planea vencerla en las próximas elecciones a gobernador.
—Lo único que pido es que la gente vea a Maggie y a Elvin como lo que son. Eso es lo único que le pido a la gente. —Me sitúo delante del espejo de cuerpo entero para remeterme la camisa.
—Te alegrará saber que hemos limitado el número de personas que pueden estar presentes esta mañana. —Benton se refiere a que lo ha limitado el Servicio Secreto.
Me dice que la lista incluye a muy poca gente. Elvin Reddy y Maggie Cutbush no están entre ellos. Les han dicho amablemente pero de manera categórica que se mantengan alejados de mi edificio y de estos casos. No deben interferir con nada en absoluto.
—Me parece que hoy no voy a tener secretaria. —Es un alivio no verme obligada a lidiar con ella, pero también es raro. Supone una extraña desconexión, como que te amputen un miembro gangrenado. O salir de la cárcel.
—Llevas sin secretaria desde que aceptaste este puesto. Lo que heredaste fue la gárgola que dejaron para vigilar el imperio de Elvin —asegura Benton.
—Si eso es lo que supone Maggie para él, sentiría pena por ella… si pudiera —comento.
—Es hora de desayunar, y luego nos ponemos en marcha —dice Benton—. Por orden del Servicio Secreto, la investigación de la médica forense sobre las muertes de Rachael Stanwyck y Wally Potter debe ser supervisada. Colaboraremos con vosotros en todo aquello que necesitéis.
—¿Quiénes colaboraréis?
—Esta mañana voy a ser tu compi.
—¿Quién más va a venir? —pregunto.
—Creo que me basto yo solo.
—Querrás decir que eres mi único supervisor.
—Tu atento testigo y ayudante, a tu servicio. O tu mago detrás de la cortina, dependiendo de cómo lo quieras enfocar.
—Me da igual siempre que no te pases de la raya. —Lo rodeo con los brazos y nos fundimos en un abrazo.
Acabo de vestirme. La casa está en silencio cuando me reúno con él en la cocina un poco después.
Las cortinas están abiertas. Hace un día precioso: el sol que riela sobre las aguas azul oscuro del Potomac asoma entre los árboles.
Los pájaros están ocupados en el comedero delante de la ventana, y no tengo resaca. Aun así, he estado mejor.
—¿Siguen aquí Lucy y Annie? —le pregunto a Benton mientras rompe huevos en un cuenco con una sola mano, como un profesional.
—No. Las he visto salir por la cámara hace unos minutos —dice—. Lucy ha acompañado a Annie a su coche. Parecían muy unidas, y no se las veía desmejoradas.
—No sé muy bien qué pensar. —Me ato un delantal.
—Tienen mucho en común. La vida les ha asestado golpes muy fuertes, y me alegra verlas sonrientes y enérgicas a pesar de todo.
—Me toca a mí. —Le cojo el batidor—. Tú te ocupas del café y de hacerme compañía. Dime qué cabe esperar esta mañana, hasta el último detalle.
Fruge y los demás policías están delante de la casa aguardando a que estemos listos para salir, y entonces nos escoltarán como si fuéramos jefes de estado.
Avanzadillas del Servicio Secreto irán despejando nuestra ruta, aunque la perspectiva es descorazonadora.
Preferiría ir a mi garaje y conducir yo misma al trabajo o a cualquier otra parte. Preferiría muchas otras cosas.
Bato los huevos con vigor, añadiendo pellizcos de albahaca, sal marina y pimienta.
Benton me deja una taza de café al lado y lleva la suya a la mesa del desayuno donde estábamos sentadas Annie y yo no hace mucho.
Abro unos bagels con sabor a cebolla y los pongo a tostar en el horno mientras él me cuenta que las novedades se suceden con rapidez y son alarmantes.
—Hace veinte minutos, una organización terrorista que se autodenomina La República ha reivindicado los dos homicidios de ayer en Alexandria. Han emitido un comunicado a los medios, y no lo habrían hecho a menos que quieran publicidad.
—Eso significa que volverán a actuar en cuanto puedan —dice Benton.
—¿Estabais familiarizados con este grupo en particular? —Busco la botella de aceite de oliva que quiero.
—No, lo que significa que seguramente están empezando a organizarse: reclutando personas y recursos, obteniendo dinero y armas, entrenando, y eso no sucede de la noche a la mañana.
Ahora nos llegan noticias sobre ellos porque están aprovechando la publicidad —asegura Benton, y me pregunto si lamenta contribuir a esa repercusión.