Capítulo 27
—Están preparando a Bose Flagler para ser gobernador. Tiene previsto presentarse dentro de cuatro años. —Annie nos cuenta los rumores que le llegan—. Gane o no su reelección a fiscal del estado este otoño, se enfrentará a Roxane Dare. Ese es su plan, aunque todavía no lo ha anunciado.
—No creo que tu hermana lo estuviera pasando muy bien en tu casa —decide Benton—, porque Flagler solo tiene una obsesión: él mismo.
La estaba utilizando. Debía de saber que él no la quería como lo quería ella, y aquí lo sacrificó todo.
Tu hermana se fue de su propia casa para mudarse a un lugar que aborrecía solo para verlo cuando él tuviera tiempo o interés en hacerlo.
—Rachael nunca estaba feliz —conviene Annie—, pero es cierto que últimamente parecía más desdichada que nunca.
—He visto que al parecer tomaba laxantes: infusiones, golosinas sin azúcar y tal —saco a colación—. ¿Estabas al tanto de eso o de cualquier otra cosa fuera de lo normal en sus hábitos alimentarios?
—Se pasaba con los laxantes, se mataba de hambre, tenía bulimia y por si fuera poco bebía más. Pero lo que torturaba a mi hermana era la comida, como siempre —asegura Annie—. La dieta era una de las pocas cosas que podía controlar.
—O que creía poder controlar. —Benton coge el móvil cuando empieza a sonar, y ve en la pantalla que el número figura como desconocido—. Debo contestar.
Se aparta y nos da la espalda para hablar.
No dice gran cosa, más que nada escucha, y en ese instante Marino aparca la furgoneta en la entrada.
Lo veo por la cámara mientras espera a que se abra la verja.
Distingo vagamente que habla por el móvil con semblante agrio.
Mi anillo inteligente emite una vibración cuando él me envía un mensaje de texto.
Va a ir directo arriba, al cuarto de invitados. Me verá por la mañana, lo que significa que mi hermana lo está agobiando. Lo veo pasar envuelto en la luz resplandeciente de los faros mientras Benton pone fin a la llamada y vuelve a la mesa de la cocina.
—Tenemos que hablar de dónde estuvo Rachael el sábado pasado por la noche —le dice Benton a Annie.
—No tengo ni idea de dónde pudo haber estado —asegura ella.
—¿Dónde estabas tú? —pregunta él.
—Trabajé en mi despacho de los juzgados todo el día, hasta media tarde —dice—. Estaba dormida cuando Rachael llegó a casa. Rara vez estoy al tanto de sus idas y venidas.
—Me pregunto si quizá mencionó Mollie’s Underground. —Benton pregunta por el bar-asador en el astillero naval de Washington, D. C.
—Sé que es clienta habitual —dice Annie—.
Lo frecuentan muchos de la CIA. Yo he estado unas cuantas veces.
Pero no creo que fuera a verse allí con Flagler, a menos que quisieran que su relación fuese la comidilla de todos.
Naturalmente, los medios se habrían hecho eco de que la secretaria de prensa de la CIA estaba saliendo con el soltero más deseable de Alexandria.
—Tu hermana no había quedado con Flagler —asegura Benton, al tanto de una información que yo ignoro—.
Estaba en una mesita bien acogedora con Dana Diletti.
Acabo de hablar con la dueña del Underground, Mollie Gunner.
Estaba al teléfono con ella mientras tú te adecentabas arriba.
—Eso me lo dice a mí—. Ha estado comprobando unas cosas.
Informa a Annie de que el GPS del Mercedes de Rachael indica que condujeron el coche hasta el Underground este sábado pasado, la noche del 25 de junio.
La reserva para dos personas a las siete y media estaba a nombre de Dana.
Mollie ha hablado con la persona que gestiona las reservas, Elizabeth, que le ha facilitado los detalles.
—Por lo visto, el Canal 5 está haciendo un reportaje de investigación acerca de ti que Dana espera que tenga muchísima repercusión —dice Benton, y entonces recuerdo lo que Maggie me ha insinuado por teléfono.
Elvin Reddy está al tanto de que Annie y yo fuimos compañeras de piso en la universidad.
Sabe que yo pagaba un dólar al mes de alquiler en un adosado de Georgetown muy caro, que me salía gratis si no cuentas lo que hacía para ganarme el sustento.
Es evidente lo que se da a entender, y quién estaba ayudando a Dana Diletti con una historia de lo más picante que es prácticamente ficticia.
A Rachael le habría encantado que se emitiera un reportaje escandaloso sobre Annie y sobre mí.
Seguro que no hizo falta que la alentaran mucho cuando se pusieron en contacto con ella.
Era insaciablemente insegura y vanidosa.
Lo que le gustaba era salir en pantalla.
Era su espacio natural, donde más cómoda se sentía, y tenía infinidad de cuentas pendientes.
—Elizabeth oyó una y otra vez de pasada las palabras «explosivo» y «digno de un galardón». —Benton nos cuenta lo que ha averiguado.
—Dios —comenta Annie—. Supongo que no era consciente de hasta qué punto quería destrozarme la vida alguien de mi propia sangre. Como si insinuar que Kay y yo éramos algo más que compañeras de piso fuera a lograrlo. Casi me entraría la risa, si hubiera algo gracioso ahora mismo.
—Rachael quería llamar la atención como siempre —dice Benton—.
Especialmente de un tiempo a esta parte, no se sentía bien consigo misma, y tú sales en la tele a diario.
Te llevas de maravilla con el multimillonario del que se había separado, mientras a ella Flagler la estaba dejando de lado.
Rachael debía de sentirse furiosa y humillada.
—Y celosa —añado.
—Me pregunto si habría tenido el descaro de hablar abiertamente de mí ante la cámara. —Annie se comporta como si no le importara lo que piense de ella la gente.
Pero le importa, y ese ha sido un problema permanente en su vida. Quizá un reportaje que intente cargarse su reputación la empuje a superar sus miedos. Sospecho que verá que no hay ningún monstruo escondido en el armario. Solo ella misma.
—¿O estaría asesorándolos detrás de las cámaras? —continúa Annie—. Ya sabéis, conduciendo en secreto el tren que tenía intención de hacer descarrilar en lugar de retratarse como la persona tan traicionera que era.
—Si hay alguna grabación, lo averiguaremos.
—Benton friega mi plato—. Yo diría que, con lo narcisista que era, Rachael se dejó grabar más que de sobra.
Pero seguro que ella no es la única haciendo declaraciones críticas o desleales sobre ti o Kay o cualquier otra persona.
Era de las que se las apañan para que otros hagan el trabajo sucio.
Benton acerca una silla a la mesa y se sienta con nosotras para abordar el último punto del orden del día que ha mencionado antes. Necesita la ayuda de Annie.
La declaración pública que quiere que escriba Annie tiene que ser de corazón. Debe agradecer a la gente sus condolencias por la trágica muerte de su hermana, y también de Wally Potter, a quien conocía desde que era una niña.
«Pueden estar seguros de que haremos justicia de manera rápida y certera con los responsables.
No podemos hablar de los indicios y pistas que están siguiendo las autoridades, pero en estos precisos instantes se está dando caza a los terroristas…
», redacta con meticulosa ayuda, básicamente de Benton.
—¿Estáis seguros de esto? —pregunta Annie mientras revisamos el tuit varias veces.
—Es propaganda de la buena —responde Benton—. Lo vamos a lanzar desde las plataformas de redes sociales y circulará por todas partes: que comiencen los juegos.
Con esas palabras me da un beso de buenas noches y sube a ducharse y acostarse. Abro un armario de la cocina y cojo el frasco de analgésicos.
—Conviene tomarlo de manera preventiva —le comento a Annie.
—Yo siempre sigo las órdenes del médico. Solo que todos tus pacientes están muertos, lo que da que pensar. —Lleva bromeando sobre lo mismo desde que nos conocimos—. Así que no sé por qué demonios hago caso a nada de lo que dices. Aunque siempre lo he hecho, Kay.
—Yo tampoco sé por qué, Annie. —Cojo una botella de agua para cada una—. Salvo que soy tu amiga y me preocupo por ti. Siempre lo he hecho y siempre lo haré.
Saco un par de ibuprofenos mientras Merlin se encarama al hogar de la chimenea. Annie mira fijamente la copa, parpadeando para contener las lágrimas.
—Fuiste amable y generosa conmigo cuando otros no lo eran. —No hace falta que le recuerde cómo estaban las cosas.
Por entonces había muy pocas patólogas forenses.
Aquello era cosa de hombres. Se suponía que gente como yo no debía inmiscuirse en semejantes horrores, y a mí no siempre se me recibía con los brazos abiertos.
Cuando llegué a Georgetown, yo era una rareza, un de perro verde.
Pero Annie y sus padres me acogieron como si fuera de la familia.
—Las dos hemos estado rodeadas de mucha gente que no quería que triunfáramos —dice.
—Todavía lo estamos. —Pienso en Elvin Reddy.
—Hay que tener cuidado con esos monstruos envidiosos —conviene Annie.
—Sí, y no es nada nuevo. A veces tengo la sensación de que las cosas no cambian mucho.
—Yo me he dado cuenta de que no hay historias nuevas —razona Annie—. Caín se carga a Abel. Jacob engaña a Esaú. Los hermanos de José lo tiran a un pozo. Nadie que nos viera a Rachael y a mí habría pensado que ella tenía celos. ¿Quién habría dicho que me envidiaba en vez de envidiarla yo a ella?
—Tu padre estableció una dinámica difícil desde el principio.
—Sobre todo era difícil para mi hermana. Benton tiene razón con lo oportuno del reportaje de investigación. O quizá deberíamos llamarlo «ataque despiadado» sin más. Porque sabes que lo será, Kay. A ti tampoco te hará ninguna gracia.
—Probablemente no lo vea.
—A palabras necias… —comenta.
—Solo que las palabras sí hacen daño, eso lo sabemos las dos, Annie. No podemos dejar que nos afecten las noticias, el sensacionalismo pasajero. Tenemos que seguir adelante.
—Bueno, la cosa está ya bastante mal. —Toma otro sorbo de agua—. Llevo saliendo en las noticias desde hace meses. Soy tan reconocible debido al juicio que ni siquiera puedo aparecer en público. Mi hermana no soportaba que fuera yo el centro de atención.
Su padre no le hacía tanto caso a Rachael como debería porque Annie nació primero. Fue hija única durante casi cinco años, la heredera natural. Solo que Annie no era varón.
—Aquello no fue justo para Rachael —reconoce Annie—. Desde luego que no.
—A decir verdad, no fue justo para ninguna de las dos —respondo.
Rachael y yo no nos conocimos en persona hasta hace unos meses, pero recuerdo con claridad los comentarios de Annie mientras compartíamos piso durante los estudios.
Estaba tan convencida de su inferioridad debido al atractivo de Rachael que la historia de su vida era la encarnación de El patito feo .
Tampoco era el hijo varón que su padre deseaba. Nunca se ha visto como un cisne.
—Y luego me dio esto. —Levanta la mano izquierda para enseñarme el anillo de oro que lleva.
Su padre se lo dio en el lecho de muerte. Se quitó el anillo y se lo puso a Annie en el dedo ante la mirada de Rachael.
—Ella deseaba este anillo con todas sus fuerzas, y ese simple gesto la hizo volverse más codiciosa y desdeñosa aún, lo que fue drásticamente a peor cuando descubrió la verdad sobre el dinero de la familia —explica Annie—.
Que era lo único que le importaba a Rachael y, a su manera de ver, la única razón para ser una Chilton.
Esperaba heredar una fortuna que no sabía que ya no existía.
Annie me cuenta en confianza lo que no había manifestado nunca: es imposible costear los gastos de mantenimiento de Chilton Farms. No queda apenas nada de la venta de las obras de arte y demás objetos valiosos.
Si no gasta ni un centavo en seguridad y mejoras no es solo porque sea una ferviente ecologista.
No tiene nada que ver con que sea tacaña, despreocupada o peculiar.
—A efectos prácticos, mis padres murieron sin blanca y con deudas. Cuando los conociste, Kay, ya iban camino de estarlo —dice Annie—. No lo parecía por su tren de vida, pero andaban en las últimas. Ya solo las pólizas de seguros de las obras de arte y las antigüedades eran insostenibles.
—Me parece que tendría que haber pagado más de un dólar al mes por el alquiler —comento.
—Por entonces, yo no estaba al tanto de la situación.
—¿Que las dos éramos pobres?
—Tienes razón. Debería haberte cobrado más —dice, y nos echamos a reír—. Éramos las dos más pobres que las ratas…
Annie apenas puede hablar. Nos reímos con tantas ganas que nos resbalan las lágrimas por las mejillas, y entonces se abre la puerta de doble hoja de la cocina.
—¿Me he perdido algo bueno? —Entra Lucy, duchada y con ropa de correr, el pelo todavía húmedo.
En la riñonera tiene escondida una de sus armas, eso seguro, y lleva puestas las gafas de deporte de inteligencia artificial, los cristales claros y apenas visibles.
Merlin se le acerca entre ronroneos y maullidos.
—Depende de lo que entiendas por bueno. —Annie le lanza a mi sobrina una mirada penetrante—. Si te refieres a la compañía, la comida y la bebida, no podrían ser mejores.
—He venido a recoger al traidor de mi gato.
—Lucy lo coge en brazos—. ¿Te has portado bien?
—Eso se lo dice Merlin, mirándole directamente a los ojos—.
Porque la jueza Chilton puede encerrar ese culito peludo en la cárcel de gatos.
Igual no sabe que estás en la lista de los diez más buscados de la Sociedad Audubon de Protección Animal.
—Ya somos viejos amigos —dice Annie.
—Tu tuit lo está petando —la felicita Lucy, porque seguro que está implicada en el plan de Benton—. Se está haciendo eco en todas partes.
—Esperemos que no nos salga el tiro por la culata —dice mi amiga—. El problema es que no sabemos dónde estamos hurgando. Y cuando hurgas en alguna parte, seguro que te encuentras con una reacción.
—Tú sigue hurgando, estamos listos para lo que surja. —Mi sobrina está encantada de quedarse hablando con Annie, así que me levanto de la mesa.
Nadie parece especialmente distraído cuando me voy.
Merlin no me sigue esta vez, y no se oye nada en la habitación de Marino y Dorothy cuando paso por delante.
Benton está dormido, y me ha dejado la luz del cuarto de baño encendida.
La puerta está entreabierta, el espejo encima del lavabo todavía un poco empañado por el vapor de cuando se ha duchado.
Alcanzo a oler su jabón en el aire húmedo, y oigo su respiración tranquila unos minutos después al acostarme a su lado.
Mi anillo inteligente protesta por la hora tan avanzada y mi mal comportamiento.
Me lo quito y lo dejo en el cajón de la mesilla junto a la pistola que rara vez me acuerdo de llevar.