Capítulo 26 #2
—El síndrome de La Habana —continúa ella—. O como quiera que se llame. Me hago cargo de que no podéis decirme si se trata de eso.
—Es posible que esto no sea el Ritz, pero es tan seguro como Fort Knox —afirma mi marido.
—Por suerte, no voy a abusar de vuestra hospitalidad.
—Annie aparta la mirada con angustia en el semblante—.
Lance tiene un apartamento amueblado en el edificio Watergate que me va a dejar hasta que sepa qué voy a hacer.
Tengo que vender Chilton Farms, seguramente a Raven Landing.
Llevan años atosigándome con la esperanza de convertir la casa en un albergue, un restaurante, un rocódromo cubierto. Un puto spa, qué sé yo…
—¿Está Lance al tanto de la aventura de Rachael con Flagler? —Lo que en realidad pregunta Benton es si lo está Annie, y no parece sorprendida.
—No es la primera vez. De hecho, yo diría que mi hermana era infiel por defecto —reflexiona Annie mientras yo vuelvo a echar hielo en las copas—. Pero Lance se lo toleraba prácticamente todo para que no lo abandonara, y habían llegado a un acuerdo, como hacen algunas parejas.
—¿Eso te lo contó ella? —pregunta Benton.
—Me lo contó él.
—Parece que estabais bastante unidos.
—Conocí a Lance en Harvard, antes de que lo hiciera mi hermana —asegura Annie—. Siempre me lo ha contado todo; me usaba como caja de resonancia, me pedía consejo.
Rachael y él acordaron que podían tener sus escarceos sexuales siempre y cuando la persona no tuviera ninguna importancia. Según dice Annie, les funcionaba bastante bien porque a ella nunca le importaba nadie una mierda.
—Hasta que conoció a Bose Flagler hace unos siete u ocho meses en una gala benéfica —añade—. Rachael había encontrado por fin la horma de su zapato, alguien capaz de descolocarla.
—¿Cómo lo averiguaste? ¿Te lo dijo ella? —pregunto—. ¿Lo hizo Flagler? Es un detalle relevante que debería haber tenido la precaución de comunicar, teniendo en cuenta que eres la jueza del juicio más importante de su carrera.
—Crítico para su reelección y su futuro político —añade Benton.
—Volví a casa de un viaje y había un condón en un retrete —dice Annie—. Luego me enteré de que habían visto el Lamborghini de Flagler aparcado delante de mi casa mientras yo no estaba, y también en otras ocasiones.
—¿Y qué hay de Holt Willard? —pregunto, por si el encargado se había fijado en que Rachael tenía compañía.
—Siempre que mi hermana «trabajaba desde casa» —Annie hace unas comillas en el aire— le decía a Holt que no fuera por allí. No debía entrar en la propiedad. Rachael contactaba con él, por lo general, con un mensaje de texto.
—Esa no es la razón por la que hoy se quedó en casa—señala Benton—. Flagler estaba ocupado en el tribunal, alardeando en directo por televisión. De modo que no podía escabullirse en coche hasta Chilton Farms.
—Rachael estaba indispuesta. Además, le preocupaba el tráfico por el fin de semana festivo. Luego se anunció que el presidente iba a visitar Old Town, con lo cual el tráfico se pondría aún peor —explica Annie—. Debía de estar más deprimida de lo habitual, y creo que ya sabemos por qué.
—Parece que rompió la norma de la casa —respondo—. Se enamoró de la persona con la que estaba teniendo un escarceo. No era meramente físico.
—Tampoco era recíproco —dice Annie—. Flagler le hacía lo que ella siempre había hecho a los otros.
Y Rachael sencillamente no estaba acostumbrada.
Yo diría que no le había pasado nunca, ni una sola vez en su vida.
Lo llamaría justicia poética si no sonara cruel y mezquino.
Pero no es la única que lo ha perdido todo.
—¿Cómo se tomó Lance que Rachael hubiera roto la norma que habían establecido y decidido pedirle el divorcio? —pregunta Benton.
—Nunca dejará de quererla —asegura Annie—. Cree que Flagler se empeñó en cautivar a Rachael, en lograr que se enamorara de él perdidamente. Todo para manipularla, por ambición; no me cabe la menor duda.
El fiscal, simplemente, quería que Annie lo descubriera.
Seguro que dejó el preservativo en el baño a propósito, y sabía que un coche tan llamativo como el suyo no pasaría inadvertido, afirma.
Con lo oportunista e intrigante que es, supuso que, si Rachael y él estaban saliendo, Annie tendría mejor disposición hacia Flagler en la sala del tribunal.
—Hay quien diría que le funcionó —replico—. Me sorprendieron algunas decisiones tuyas, o que no las tomaras, mientras yo prestaba testimonio. Se te acusa de ser muy benévola con él, de ayudarlo.
—Le he estado dando cuerda para que se enmarañe en ella y cuerda de sobra para acabar ahorcándose.
No tardará en descubrir lo benévola y servicial que he sido —amenaza—.
Nunca fui partidaria de que transfirieran aquí ese maldito juicio.
No es casualidad que el proceso se trasladara a Old Town.
Yo no lo recomendé, y no lo habría permitido, pero no dependía de mí.
La implicación es evidente. Si el juicio de Hooke no hubiera venido a parar aquí, Bose Flagler no sería el fiscal a cargo del caso. Era su oportunidad de ganar la Super Bowl, y a Annie le advirtieron que no interfiriera, según dice.
—¿Quién te lo advirtió? —pregunta Benton.
—Fue el propio Flagler quien me presionó —responde—.
Seguido de una llamada del presidente del Tribunal Supremo de Virginia, Chuck Hamper.
El juicio debía celebrarse bajo la jurisdicción de Alexandria, y naturalmente sería maravilloso para Virginia que el juicio no solo tuviera como escenario la zona histórica, tan del agrado del turismo, sino que se emitiera en directo por el canal de televisión de juicios.
—Ya me hago una idea —comenta Benton.
—Chuck Hamper es un viejo amigo de la familia Flagler —añade Annie.
—También es colega del comisionado de Salud —respondo en el momento en que las piezas empiezan a encajar solas—. No me sorprende que Elvin estuviera implicado en el asunto si hay corrupción de por medio.