Capítulo 26
—Le decía a Benton que no había comido nada tan delicioso desde la última vez que nos vimos —me asegura Annie—. No sé cómo lo haces. Yo apenas soy capaz de hervir agua. Creo que tú naciste sabiendo cocinar.
Con su preferencia por los pantalones caqui, las camisas hawaianas de talla grande y las deportivas, me recuerda a la estudiante de Derecho sin pretensiones de antes.
No parece una destacada jueza de un tribunal superior que preside uno de los juicios más importantes de la historia de Alexandria.
En términos generales, Annie no ha cambiado mucho desde nuestros tiempos en Georgetown, sin interés por la moda o por ir de compras.
La única joya que le he visto lucir en tiempos recientes es el anillo de oro de su difunto padre con la inscripción grabada HONI SOIT QUI MAL Y PENSE .
Es decir: «Que la vergüenza caiga sobre quien piense mal».
Que cada cual reciba su merecido. El karma es muy cabrón.
Lo que hagas a otros te lo haces a ti mismo.
O esa es la interpretación libre de Annie.
Esa y «Que te den». Aunque en realidad tiene más que ver con sentirse avergonzado.
Esa reliquia familiar fue pasando de generación en generación de hombres de la familia Chilton, hasta que llegó a ella debido al callejón sin salida genético.
Lo lleva en el dedo corazón izquierdo como si le hiciera la peineta a un enemigo invisible.
La mayoría de la gente que no la conoce mucho supone que está casada, y que la alianza no le entra. Quizá sea más cierto de lo que creen.
—Espero que hayáis tenido ocasión de poneros al día mientras me adecentaba —comento al tiempo que Benton, provisto de manoplas, deja una humeante fuente para el horno encima de la cocina.
—Estaba hablando por teléfono. —Luego saca el pan de ajo envuelto en papel de aluminio—. Y he pensado que era mejor que charláramos con Annie los dos. Sabe que escucharemos con atención todo lo que tenga que decir, pero que no podemos ofrecerle todos los detalles que quizá desee conocer.
—No hace falta que hables de mí como si no estuviera aquí o como si acabara de caerme de un guindo. —Tiene un sentido del humor ácido que no se detecta fácilmente—. Aunque lo entiendo, claro. Quizá es mejor así.
Sus ojos gris acero son impenetrables, pero al menos me mira. Hablamos, nos comportamos otra vez como viejas amigas.
—Yo sería la primera en aconsejaros que mantengáis las distancias —dice—. Se lo he dejado a Benton bien claro cuando ha tenido la amabilidad de insistir en que me quede a dormir. Seguro que alguien averigua que estuve aquí y arma revuelo por eso igual que por todo lo demás.
—A los amigos o la familia extendida no se les da la espalda —dice Benton en el momento en que Merlin se encarama a la mesa del desayuno, aunque sabe que no debe hacerlo.
Es como si hubiera entendido las instrucciones que le he dado antes, y fuera consciente de que me tiene contra las cuerdas.
No voy a ordenarle que baje cuando se queda mirando fijamente a Annie al tiempo que mueve la cola.
Ella alarga la mano y lo acaricia con cautela.
Y, al instante, está ronroneando en su regazo.
—Merlin es buena compañía. Lucy lo considera su animal espiritual —comenta Benton.
Me pone delante un plato de lasaña acompañado de unas rebanadas de pan de ajo. Con la camiseta ceñida, el delantal, un pantalón de chándal y calcetines, tiene un aspecto tan sexy como ridículo. Luego deja en la mesa el pimentero con pimienta roja y el cuenco de Parmigiano Reggiano rallado.
—¿En qué os puedo ayudar? —pregunta Annie—. Sea lo que sea, haré todo lo posible.
—Tengo una idea, que abordaremos enseguida.
Hay que pensar de forma diferente. Quienquiera que le haya hecho esto a Wally y a tu hermana va a hacer algo peor.
—Benton habla sin ambages—. Su objetivo es nada menos que el asesinato sin sentido y la anarquía.
Aterrorizar e imponerse por la fuerza. Provocar el caos derrocando el orden imperante.
—Me preocupa que los asesinatos estén relacionados con el juicio —dice Annie—.
No me hace gracia lo que estoy viendo día tras día.
—Me mira—. Espero que tengas bien la pierna, que no te hayas hecho daño cuando ese hijo de puta te ha puesto la zancadilla.
Lo habría puesto en su sitio, pero no era aconsejable según están las cosas.
Se ha dado cuenta de lo que pasaba, pero temía que aquella turba se desbocara. Annie confiesa después que tenía tantas ganas de abandonar la sala de justicia como Marino y yo.
—Debes ser sincera con nosotros, más sincera que en cualquier otro momento, y sentirte a salvo y cómoda mientras lo haces —le advierte Benton—.
Desde luego no tienes que contestar preguntas ni hablar en absoluto.
Sé que es tarde, y todos estamos cansados.
Lo has pasado fatal, por no decir otra cosa.
—Siempre y cuando no grabéis nada. —Sabe exactamente a qué se refiere mi marido.
—No vamos a tomar notas ni dejar constancia de ninguna clase. —Así es como Benton la pone al tanto de sus derechos sin hacerlo en absoluto—. No somos más que viejos amigos tomando unas copas y hablando de lo que nos apetezca.
Le está advirtiendo que más le vale no tener nada que esconder.
—Siempre y cuando te parezca bien y estés cómoda —insiste.
—Os diré a ti y a Kay todo lo que queráis saber —responde Annie sin dudarlo—. No tengo secretos ilegales, ni siquiera secretos emocionantes. Quizá mi vida sería más interesante si los tuviera.
—Siento que no podamos ser tan sinceros contigo a cambio. No tanto como nos gustaría. —Benton se sirve una copa, sin hielo.
—Claro que no podéis ser sinceros conmigo. —Annie le acaricia a Merlin el vientre cubierto de manchas—. En estos momentos no tenéis ni idea de quién es culpable o inocente de nada. Rachael vivía conmigo, y tengo un móvil.
—¿Cuál? —indaga Benton.
—¿Por dónde empiezo? —dice Annie—. Detestaba que mi hermana estuviera en la casa más aún de lo que ella detestaba estar allí.
Nunca nos habíamos llevado bien. ¿Cómo sabéis que no estoy involucrada en una conspiración para librarme de ella?
¿Quizá con el multimillonario del que se estaba divorciando?
Qué práctico que haya muerto antes de dirimirse el asunto.
Los abogados de Lance estarán dando gracias al cielo.
Supongo que él debe de ser quien más se alegra.
Lo plantea con la brillantez de la jurista que es y la fiscal que fue.
No hay gran cosa que no hayamos visto los tres cuando se trata de crímenes y quienes los cometen.
La gente hace lo impensable cuando la necesidad es acuciante, y a menudo se trata de algo trivial: venganza, ira, envidia, lujuria, codicia; lo típico.
—Le era leal a mi hermana, pero no me caía bien ni la respetaba.
A decir verdad, yo tengo parte de culpa en lo que ha ocurrido.
—Annie no parece desconsolada, ni siquiera muy apenada por la muerte de Rachael—.
Para empezar, no debería haberle dejado que volviera a vivir conmigo.
Pero siempre ha resultado más fácil ceder que pelear.
—Hablando de ceder… —le dice Benton—. ¿Qué tal otra copa y quizá un poco de chocolate?
—No diré que no a ninguna de las dos cosas.
—Negro con avellanas, por favor. —Lo pido por adelantado mientras como la lasaña.
—Rachael me llamó justo antes de Pascua para decirme que no se sentía a salvo con Lance.
Tenía que irse a otra parte de inmediato, y me di cuenta de que era una chorrada —explica Annie—.
Pero ¿qué iba a hacer?, ¿decirle que no, cuando estaba llorando y aseguraba sentir miedo?
Su profesión giraba en torno a las apariencias, igual que su vida.
Como los espías con los que trabajaba, mentía para vivir. Quizá todos lo hagamos.
—Mentimos por omisión como mínimo. —Benton va a la despensa—. No se le puede contar todo a la gente. —Abre el armario de los vinos donde guardamos los placeres culpables—. No se puede por tu propio bien.
—¿Me estáis mintiendo por mi propio bien? —pregunta a quemarropa—. He visto los desperfectos que ha sufrido mi propiedad. ¿Creéis que no me he fijado en que el follaje reseco no estaba así esta mañana? Es como si alguien hubiera rociado la entrada con herbicida.
Benton vuelve a la mesa y deja encima unas servilletas y una caja con tapa de aluminio color rojo intenso.
Ordeno a Merlin que baje del regazo de Annie.
Gatos y bombones pueden ser una combinación letal.
Se posa en el suelo con un sonoro gorjeo de indignación para luego empezar a limpiarse como hace cuando está ofendido.
—¿En qué más te has fijado? —pregunta Benton a Annie.
—Algo ha cortado la electricidad. —Coge un praliné belga—. Me han dado a entender que quizá tenga que cambiar toda la instalación. Lo que ha ocurrido es un desastre.
—¿Qué te han contado sobre la muerte de Rachael? —Unto la salsa con pan de ajo—. ¿Qué te ha dicho la policía, el FBI, quien sea, cuando has ido hoy a Chilton Farms?
—Todo indica que a mi hermana la vigilaban y la han asesinado durante un robo en la casa. Alguien ha intentado robarle las joyas y ha huido. —Annie deja la copa con un golpe seco que me recuerda al martillo que usa en la sala.
—O sea, que te han contado lo que dicen las noticias —respondo.
—O sea, que no me han contado una mierda.
—¿Y cómo han explicado el apagón? —pregunta Benton.
—Han sugerido que quizá hayan sido los rayos de la tormenta repentina de antes.
—Toma un sorbo de la copa—. Otra chorrada.
He visto caer rayos en mi propiedad y en otros sitios.
Esos destrozos no los hacen los rayos. —Se nos queda mirando—.
Era alguna especie de arma rara, ¿no? Por eso hay federales por todas partes.
No me chupo el dedo: sé que se rumorea que ha habido ataques en la Casa Blanca y otros lugares, que se sospecha que han empleado armas de microondas.
—Quédate tanto como quieras. —Benton trae la botella de whisky, la cubitera.