Capítulo 25 #2
—¿Te he dicho lo aburrida que estoy desde que he llegado? —insiste, pero cada vez con mayor irritación, más que nada dirigida a mí—. Mientras tú estás por ahí corriendo aventuras emocionantes y peligrosas, y ahora encima te tomas con calma lo de venir para acá.
—Doc tiene material privado en su despacho. Eso tienes que respetarlo. Hurgar en lo que no es asunto tuyo puede perjudicarla tanto a ella como a mí.
—La puerta estaba abierta. ¿Qué esperabas…? —A Dorothy no le hace gracia que él se ponga de mi parte, y ya he oído más que suficiente.
Abajo, suena La flauta mágica de Mozart a un volumen suave. Sin duda la ha puesto Benton. Detecto con avidez el aroma a ajo, ricota, albahaca. Y ya que no lo estoy calentando yo, otra persona debe de estar cocinando.
En la sala de estar el techo es bajo, el mobiliario sencillo y mínimo pero cómodo.
Los sofás son de cuero o de tela, en tonos terrosos, y las lámparas de mesa tienen pantallas de mica que refulgen con calidez.
Hay obras de arte impresionista dispuestas en las paredes con el enlucido tan desgastado en algunas zonas que se ven los ladrillos originales.
Me detengo a echar un vistazo detrás de las cortinas como si el hombre del saco pudiera esconderse ahí, paranoica y rara como siempre.
Lo que confirmo es que están echados los estores de las ventanas, mientras fuera los analizadores de señales de Lucy barren constantemente la propiedad de manera silenciosa, invisible.
Me alegro de que las mosquiteras metálicas que cubren nuestras ventanas y puertas nos protejan de invasores mucho más peligrosos que moscas y mosquitos.
Pero sería mejor tener un tejado de cobre y altas vallas metálicas alrededor de la propiedad.
Si remodelara la casa, introduciría microfibras de cobre en el papel pintado, los tratamientos de las ventanas y el revestimiento bajo la moqueta.
La nueva construcción incluiría la misma capa protectora, pero la incorporaría a la propia estructura; cuando se trata de seguridad es difícil saber dónde parar.
Solo podemos protegernos hasta cierto punto de los peligros que conocemos.
Tampoco se puede vivir dentro de una caja metálica, una caverna, un tubo de lava.
O como diría mi asesor patólogo forense de la Johns Hopkins: lo más seguro, la mejor prevención, es estar muerto.
Entonces ya no hay nada de lo que preocuparse, y aunque tiene su gracia, pero no me decantaría por esa opción.
Antes mi mayor preocupación era cerrar con llave y activar la alarma, comprobar que los detectores de humo y monóxido de carbono funcionaran debidamente y cerciorarme de tener un arma de fuego a mano por si era necesario. Pero ya no vivimos en un mundo tan sencillo.
Mientras deambulo por la casa, no puedo librarme de una sensación de urgencia cada vez mayor.
Rara vez veo nervioso a Benton. Sé cuándo lo está.
Me gustaría quedarme a solas con él o incluso con mis pensamientos.
A los dos nos vendría muy bien un poco de atención y descanso para recuperarnos.
No vamos a poder disfrutarlos en breve, y me vienen a la cabeza los datos que registra constantemente mi anillo inteligente.
Los microsensores espían mi sueño, las hormonas del estrés, el azúcar en sangre, la actividad física y demás información que indica si estoy en situación de prestar servicio.
Todos los miembros de la Comisión del Juicio Final están provistos de dispositivos portátiles.
Muchos cargos del gobierno y altos mandos militares llevan anillos con inteligencia artificial y dispositivos similares que monitorizan todas y cada una de sus respiraciones y palpitaciones.
Si alguien no está a la altura de ciertos parámetros, otro miembro recibe la llamada de emergencia.
Lo más probable es que me llegue un mensaje de advertencia automatizado en cualquier momento, igual que a Benton, si no le ha llegado ya.
Vienen acompañados de una molesta vibración sonora cuando no hacemos ejercicio, no comemos o dormimos debidamente según los parámetros del software de supervisión.
Después recibimos una llamada telefónica de un ser humano que nos pide explicaciones en tono imperioso.
No es buena idea quedarse hasta las tantas bebiendo, pero es el escenario más probable al que me enfrento, ya que nadie elige cuándo a uno le van a romper el corazón y demás desastres.
Que Annie esté aquí ahora mismo es una complicación que nadie necesitaba, y ella menos aún.
Ojalá fuera un momento más conveniente. Ojalá ella, Marino y mi hermana no estuvieran en casa, por mucho que me alegre de que así sea.
Ahora mismo desearía muchas cosas, y veo el rostro de mi padre chasqueando la lengua.
Cuando, en otros tiempos, me entregaba a esta clase de fantasías, me señalaba con el dedo con gesto de desaprobación.
Por lo general, mis pensamientos mágicos giraban en torno a que mejorara su estado de salud, a que no me dejara por toda la eternidad.
Si yo lograba vencer a la muerte, quizá lo recuperaría a él.
O descubriría que, para empezar, jamás se había ido.
Lo deseaba constantemente. Todavía lo hago.
Merlin me sigue como una sombra por el comedor, donde nunca me canso de la mesa estilo Reina Ana que descubrí durante una visita a Scotland Yard.
La lámpara de araña de cristal de Murano es de cuando investigué unos asesinatos en serie en Venecia y Roma.
Benton y yo encontramos las antiguas copas de tallo francesas durante una visita a la Interpol.
El aparador de la era colonial estaba en una tienda de curiosidades de Tennessee, cerca de las instalaciones de investigación antropológica conocidas como la Granja de Cuerpos.
Desde que nos mudamos a Old Town hemos seguido abriendo cajas en el sótano, excavando nuestros tesoros.
Hemos estado redecorando, a pesar del miedo a que hubiera sido un error regresar a Virginia.
Al otro lado del comedor están las puertas batientes cerradas, y eso es cosa de mi marido, que da a entender a Dorothy que no entre si por cualquier motivo decide acercarse por aquí.
Los zuecos de goma no hacen ruido en el suelo de terracota cuando entro en la cocina.
De las vigas de roble del techo bajo cuelgan cazuelas y sartenes encima del tajo de carnicero.
La chimenea de ladrillo es profunda y, cuando empieza el frío, la usamos con frecuencia.
Benton vigila lo que hay en el horno mientras Annie está sentada a la mesa del desayuno; desde ahí se ve el jardín cuando las cortinas están abiertas.
—Gracias por no irte a dormir. —Le doy un sentido abrazo antes de nada—. ¿Tienes todo lo que necesitas?
—Con este rompieron el molde. —Emite su veredicto mientras Benton me prepara una copa y vuelve a llenar la de ella—. Por si no te lo había dicho nadie.
—No hace falta que me lo digan —respondo—. Annie, siento mucho no haber podido verte antes.
—Te agradezco todo muchísimo, Kay. El cuarto de invitados es una maravilla, ¿y la comida? Cuando ya pensaba que no podías cocinar mejor…
Tiene una manera de hablar que elude todo énfasis, ya sea en el estrado como fuera de él, deliberada en su elección de palabras y en cómo las pronuncia.
Una persona cualquiera no se daría cuenta de que Annie Chilton es de Virginia o de algún estado del Sur.
Al principio de su carrera, se esforzó mucho por erradicar el acento cantarín de su juventud, porque no quería parecer una privilegiada provinciana.
Según explicaba, si te habías criado en la mansión de una antigua plantación que ha pertenecido a tu familia desde hace siglos, era mejor no hablar como en Lo que el viento se llevó . La mayoría de la gente no tiene ni idea de dónde es; suponen que de Florida o California. Quizá de Arizona.