Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 25
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Capítulo 25

Nuestra modesta propiedad la construyó en la primera década del siglo XVIII un capitán que amarraba su barco en el Potomac detrás de la finca. Con marea baja todavía se intuye lo que queda del muelle, la estructura de pilotes es visible desde las ventanas que dan al río.

Benton y yo hemos tenido cuidado de respetar la casa y su aire marítimo.

Las vigas del techo quedan a la vista y son como las cuadernas de un barco, con lámparas colgando de algunas de ellas.

Dispuestas a intervalos por el techo, hay linternas náuticas que relucen suavemente sobre los paneles de madera mientras enfilo el suelo de pino blanco americano del pasillo.

Los mapas antiguos de la bahía de Chesapeake son los regalos de estreno de la casa que nos permitimos Benton y yo.

Las lámparas de pared con rejilla de cobre las encontramos en Cape Cod cuando vivíamos cerca de Boston.

Los cuadros de barcos navegando y mares a la luz de la luna de James Gale Tyler, del siglo XIX , son herencia de la familia de Benton, aunque no me casé con él por su dinero.

Él no se casó conmigo por el mío, eso seguro.

No tengo obras de arte ni antigüedades de hace siglos, muy poca cosa de mi infancia aparte de recuerdos.

Llego al dormitorio donde van a pasar la noche Dorothy y Marino, y ella ha dejado la puerta abierta y la luz encendida.

Merlin me sigue en silencio cuando entro para asegurarme de que haya botellas de agua, jabón y papel higiénico.

El bolso de viaje de mi hermana está abierto encima de la cama y no puedo resistirme a mirar la ropa que queda a la vista: unas braguitas tipo bóxer de seda negra con llamas al estilo Harley-Davidson, un tarro de crema de masaje con extracto de cáñamo, y otros artículos que no son asunto mío.

El tratado médico azul marino en la mesilla de noche es inconfundible y, como sospechaba, mi hermana está haciendo de las suyas. Sé lo que ha hecho en mi ausencia.

Pasillo adelante queda mi despacho. La puerta está abierta, así que entro y echo un vistazo al montón de gruesos expedientes al lado del ordenador.

Veo el hueco en la estantería de donde mi hermana se ha llevado el Tratado de medicina interna de Goldman-Cecil .

Es típico de Dorothy dar un toque astutamente manipulador a sus fisgoneos.

Es creativa con las coartadas, orquestando tramas como coger algo prestado de un sitio al que tiene prohibido el acceso.

Luego deja puertas abiertas, cosas a la vista como si no tuviera nada que esconder.

Si alguien le planta cara, asegura que no tenía ni idea de que estuviera haciendo nada indebido.

Rastreo qué puede haber hecho aquí y me llaman la atención las cuatro cajas de cartón blancas apiladas en un rincón, que contienen material relacionado con el caso de April Tupelo.

Las tapas no están cerradas con cinta adhesiva porque he tenido que consultar el contenido a medida que se desarrollaba el juicio de Hooke.

—Vaya por Dios. —Me acerco a inspeccionarlas, y Merlin me sigue de cerca—. Maldita sea, y disculpa el lenguaje —le digo—, pero creo que alguien ha estado curioseando. Y tú y yo ya sabemos quién.

Levanto la tapa de una caja y dentro hay unos gruesos sobres de color salmón que contienen fotografías de veinticinco por treinta.

Hay también lápices de memoria de vídeos y montones de comunicados e informes oficiales.

Casi encima del todo están las evaluaciones psicológicas confidenciales y otros documentos que hacen referencia a la hostilidad entre los Tupelo y los Hooke.

—De haber sabido que íbamos a tener compañía esta noche —le explico a Merlin—, habría tenido la precaución de cerrar la puerta con llave.

Envío a Dorothy un texto: «Te recuerdo que mi despacho es zona restringida».

El dormitorio principal queda al final del pasillo.

Merlin se convierte en mi sombra cuando entro, y la primera parada es el cuarto de baño.

Enciendo la luz mientras el gato masculla y murmura como un anciano enfurruñado, y me paro delante del lavabo de mármol.

Mi imagen en el espejo refleja cómo me siento: borrosa, informe y no del todo centrada.

Me quito los calcetines y las deportivas prestadas.

Dejo caer la chaqueta y la falda al suelo de baldosa tipo estación de metro.

Bajo la tapa del retrete y me siento ahí.

Me miro el tobillo dolorido, donde tengo una magulladura azul oscuro camino de morado.

Hago fotos con el móvil y me trago la furia, que me sube por la garganta como si fuera bilis: detesto haber dejado que alguien me hiciera esto.

—Por si acaso —le comento a Merlin mientras tomo más fotos—. Espero que no me lo haya roto. —Me duele al ponerme en pie—. Tú y yo sabemos muy bien lo cruel que puede ser la gente. No hace falta ser gato para que te maltraten sin motivo.

Humedezco un disco de algodón con desmaquillador y me deshago de los últimos tercos restos de rímel.

Tengo los ojos inyectados en sangre, el pelo —que me llega a la clavícula— convertido en una mopa rubia al estilo Andy Warhol.

Echo la ropa al cesto de momento, ya la separaré luego, y me meto en la ducha.

Me lavo los dientes mientras el agua caliente me repiquetea sobre la cabeza, la espalda y los hombros.

Me desprendo de los restos de la jornada a fuerza de frotar con jabón antibacteriano seguido de algo más suave y fragante.

Un rato después salgo rodeada de una nube de vapor con aroma a lavanda.

Empiezo a secarme con una toalla. Me envuelvo en ella y me seco el pelo con el secador mientras Merlin monta guardia en el umbral como la Gran Esfinge de Guiza.

—Ya conoces a Annie de otras veces que ha venido.

Y que sea jueza y pueda parecer distante no quiere decir que no tenga sentimientos.

—Entro en el dormitorio—. Está muy triste y confusa.

Incluso es posible que esté asustada, por eso vamos a ser todos muy amables y atentos.

También tú, Merlin. Sé bueno, por favor.

Me pongo un pijama de seda azul, parecido a un uniforme de enfermería, y encima un albornoz a juego que se ata por delante como una bata de quirófano.

—Sé que Annie no parece de esas personas a los que les gustan los gatos. —Sigo hablando con Merlin—. No tenía gatos de ninguna clase de niña, y no ha tenido apenas contacto con ellos. Vas a tener que enseñarle, y no se le da bien tomar la iniciativa.

Meto los pies en unos zuecos de quirófano de goma con buen soporte para el puente. Al verme de pasada en el espejo de cuerpo entero, recuerdo que, haga lo que haga, siempre parezco yo.

—El problema es que le encantan los pájaros y, por desgracia, en eso coincidís. —Apago la luz del cuarto de baño—. No quiero que traigas dentro o dejes en la puerta ningún regalito como la última vez que vino.

Merlin es un gato adoptado, y es producto de sus primeras experiencias, como todos nosotros.

Cuando era una cría, sobrevivió por su cuenta, pasando un tiempo considerable a la intemperie en unas condiciones terribles.

Es un superviviente, un luchador asilvestrado…

hasta que tuvo la buena fortuna de encontrarse con mi sobrina.

Está programado para ser un gato de exterior bajo techo, y cuando le sobreviene el impulso es como la llamada de la selva: tiene que salir.

Si no, maúlla y se queja sin parar mientras destroza lo que puede.

No hay terapia ni tintura que le cure la cleitrofobia, el miedo a estar atrapado, según ha diagnosticado Benton el trastorno.

La única solución era instalar gateras en los lugares apropiados.

Merlin puede acceder por las solapas de metal con cierre automático gracias a un chip de identificación por radiofrecuencia en el collar, que Lucy imprime en 3D de color rojo intenso.

A su compañero felino es imposible quitarle algunas malas costumbres por las que se ha hecho famoso, como la de acechar los comederos de pájaros de los vecinos.

Si Annie viviera más cerca, se colaría habitualmente en Chilton Farms. Pero es imposible enfadarse con un gato que parece un personaje de dibujos animados, y me veo haciéndole confidencias como si entendiera hasta la última palabra.

Cerca del cuarto de invitados, oigo a Dorothy detrás de la puerta cerrada hablando con Marino por el manos libres.

Me detengo a escuchar desde el pasillo, y es evidente que está molesta con él.

Marino está en casa comiendo un sándwich y adecentándose mientras lidia con los típicos dramas de Fabian, que hace noche en las oficinas y «anda muy mosqueado», según dice.

—Bueno, podrías darte prisa —se queja mi hermana, y oigo el crujir de las tablas del suelo cuando camina de aquí para allá por el cuarto de invitados—.

Estoy arriba, sola, en un dormitorio que parece un escobero viejo e incómodo, porque Annie ha ocupado el cuarto donde siempre nos quedamos nosotros.

El colchón es mejor, y la vista también.

Supongo que si eres jueza te tratan mejor que a los demás.

Qué aburrido es no tener nadie con quien hablar.

Como si ninguna de mis opiniones tuviera importancia solo porque no tengo una placa que ir enseñando por ahí…

—Ya sabes cómo va el tema a estas alturas, cariño. Tú no eres de ningún cuerpo policial, y los demás sí. —Es la voz de Marino—. Tenemos que cumplir con nuestro deber, y tú no puedes estar presente en todas las conversaciones.

—Estoy harta de que Kay me mire por encima del hombro. Y está disgustada como siempre porque he cogido un libro de su despacho. Tendré que pedir perdón por tener una mente curiosa…

—Se supone que no debes entrar ahí, y lo sabes —dice Marino mientras yo sigo escuchando a través de la puerta cerrada hasta la última palabra.