Capítulo 24
—Me da la impresión de que queréis que los terroristas estén más paranoicos y más furiosos todavía. —Contemplo el perfil anguloso de mi marido, su furia callada como si del calor que desprende un motor sobrecargado se tratase.
—Quiero que se vuelvan unos contra otras —dice Benton—. Quiero que estén tan asustados y desestabilizados como quieren que lo estemos nosotros. Entonces se pasarán de la raya, y los atraparemos.
—Parece personal.
—Claro que es personal. —El semblante se le ve duro a la luz de los faros que vienen en dirección contraria: rara vez se expresa con tanta agresividad—.
Sean quienes sean, han intentado cargarse al presidente y a Dios sabe quién más hoy.
A la hermana de Annie y a Wally Potter los han asesinado justo en nuestro patio trasero, y lo que se le hace a uno se nos hace a todos.
—Me preocupa qué pasará ahora —respondo.
—Dos coma tres cero cinco gigahercios —me recuerda—. Eso no lo ha visto venir nadie.
Salvo las dos mujeres jóvenes en bicicleta con analizadores de señales en la mochila.
Ellas eran lo único que había entre el presidente y los terroristas cuando han tendido la trampa.
La primera frecuencia de 2,305 GHz que han detectado Lucy y Tron era el único indicio de lo que se avecinaba, y gracias a Dios que estaban alertas.
Benton cree que avisaron a los francotiradores que estaban al acecho para que abortaran la misión en cuanto la comitiva presidencial se desvió.
Pero no sabe cómo pueden haberlo hecho. No se ha detectado actividad de telefonía móvil que explique cómo tres tiradores en tres ubicaciones distintas han recibido el mensaje de manera simultánea, desactivando sus armas al instante.
Se dispersaron sin más y guardaron silencio, salvo uno de ellos.
Su acto de violencia quedó interrumpido. Era como un incendio fuera de control.
—Cuando se detectó de nuevo la señal —asegura Benton—, creo que era el asesino disparando su arma de microondas en Belle Haven Market.
Este terrorista en concreto es listo, posee pericia técnica y se ha abandonado a la violencia.
Es arrogante y está demasiado seguro de sí mismo.
Los riesgos que corre serán cada vez más grandes y espeluznantes.
Hay que detenerlo, y tiene que ser ahora.
—Ha ido a por el presidente y luego ha asesinado a dos personas en el transcurso de unas horas. ¿Sus actos pueden ser todavía más grandes y espeluznantes? —respondo.
—Se trata de alguien capaz de cualquier cosa, y con experiencia —continúa Benton—.
Sospecho que es mayor. Tal vez de cuarenta y tantos o cincuenta y pocos.
Tiene un historial de comportamiento violento, pero nunca lo han detenido ni ha estado en la cárcel.
Sospecho que sirvió en el ejército pero se hartó.
Un asesino sin antecedentes porque en el pasado ha sido metódico y cuidadoso. Pasa épocas en las que se contiene, refrena el comportamiento impetuoso, predice Benton mientras seguimos hacia Old Town.
Describe cómo a este delincuente en particular lo motivan las fantasías violentas.
Es un tipo que no alardea de sus crímenes y no tiene necesidad de compartir los detalles.
Vive solo y se le da bien pasar desapercibido.
Los de su entorno seguramente lo describirían como discreto, amable, quizá atento.
Un vecino de esos que se acercan a ayudarte a arrancar el coche o a quitar la nieve del sendero de acceso; en absoluto parece malvado.
Los psicópatas violentos rara vez lo parecen, y el motivo más habitual de que los atrapen es que se van de la lengua.
Cuentan batallitas, alardean, sobre todo cuando se emborrachan o se colocan.
Hacen alguna estupidez como dejar que les pongan una multa o regalarle a una novia las joyas de la víctima.
—Pero este tipo no —dice Benton—. Ha tenido un cuidado exquisito hasta ahora.
Me pregunto si haberse expuesto a la radiación le estará afectando.
Sus cómplices y él deben de estar entrenando, investigando y experimentando en todo momento del mismo modo que harían con cualquier arma o tecnología nuevas.
—La exposición a la radiación de microondas podría ser un problema si no se va siempre debidamente protegido —convengo—. Y es fácil bajar la guardia, como los trabajadores que dejan de tomarse la molestia de llevar casco o arnés de seguridad; es entonces cuando ocurren las desgracias.
—Tiende a la reclusión, vive en su propia realidad maligna.
Su comportamiento compulsivo irá a más a medida que vaya perdiendo el control.
—Benton me dice lo que ve en su infernal bola de cristal—.
Es como un asesino sexual desbocado. Ya no le importan las consecuencias, o no habría hecho lo de hoy.
—Creo que si se ha descontrolado, los demás miembros de la célula terrorista lo considerarán un lastre y harán algo al respecto —replico.
—Eso espero, si no lo encontramos nosotros antes. Pero no contaría con ello. También está provocando un circo de atención mediática, y los terroristas se alimentan de eso. Que estas atrocidades se conviertan en herramienta de reclutamiento supone una amenaza aún mayor.
Mientras lo dice, leo el mensaje de texto de Marino que me acaba de llegar.
Me hace saber que el cadáver de Wally Potter está bien envuelto y en la camioneta.
La policía me acompañará a mis oficinas, y Fabian debe de estar en el séptimo cielo.
Su exótico aspecto físico ha hecho que salga en todas partes, más que nada mirando los helicópteros de las noticias, o haciéndose notar junto a la camioneta.
En otras noticias que voy viendo en el móvil, los agentes del FBI han entrado por la puerta principal medio astillada de la casa de Annie Chilton escoltándola. Le han dejado estar allí el tiempo suficiente para recoger unas pocas pertenencias, sin perderla de vista ni un instante.
—No puedo ni imaginar lo que debe de estar pasando Annie —le comento a Benton.
Ahora vamos por Patrick Street; no falta mucho para llegar a casa.
Es casi medianoche y Old Town está atestada.
Restaurantes y bares están llenos y hay gente en las aceras hablando a voces y riendo.
El contraste entre esta escena y Benton y yo comentando las atrocidades del día me parece surrealista.
—Al menos está a salvo en nuestra casa —dice—. Y Dorothy está con ella.
—No es exactamente a quien habría dejado a cargo de Annie ahora mismo —replico.
No hay nada que le guste más a mi hermana que meter las narices en asuntos ajenos. Pero Benton no tenía tiempo para acomodar a Annie, y Dorothy ha acudido de inmediato, cosa que le agradezco.
—Me pregunto qué sabrá Annie sobre la presunta relación de Rachael con Bose Flagler. —Busco un indicio de que Benton está al tanto—. ¿Has oído esos rumores?
—Sé lo de su relación romántica —dice.
—Entonces es algo más que cotilleo o especulación.
—Flagler reconoce que estaba saliendo con ella discretamente, pero no en exclusiva. Está asombrado y disgustado, pero no me ha dado la impresión de que estuviera muy afectado.
—¿Has hablado con él en persona?
—No —contesta.
Ha presenciado la entrevista a distancia mientras hacía indicaciones al inspector a cargo de la misma. Bose Flagler no estaba enamorado de Rachael Stanwyck, pero ha reconocido que ella sí lo estaba de él. Estas últimas semanas no la había visto mucho, y no solo por el juicio de Gilbert Hooke.
—La familia de Flagler tiene un yate fondeado en Raven Landing, pero él tampoco ha tenido tiempo para salir a navegar —dice Benton—. Supongo que le resultaba más fácil ver a Rachael si de paso hacía alguna otra cosa de su gusto; así mataba dos pájaros de un tiro.
—Ella debía de estar hecha polvo.
—A Flagler le preocupaba que Rachael se hubiera tomado la relación tan en serio demasiado pronto —afirma Benton—. Estaba buscando la casa perfecta para mudarse y esperaba que lo hicieran como pareja. Asegura que ella había empezado a decir que sería la consorte ideal para un político.
—Con lo humilde que es ese, suena a algo que diría él —respondo—. ¿Es él la razón de que decidiera divorciarse de su esposo multimillonario?
—Flagler lo niega, pero me parece que no hay duda al respecto.
Camino de nuestra casa antigua a orillas del río nos cruzamos con coches de la policía de Alexandria que patrullan el barrio. Los agentes nos saludan con un gesto de la cabeza. Benton dice que tendrán vigilada nuestra propiedad hasta que las cosas se calmen.
—¿Cuándo crees que será? —Le acaricio la mano con el pulgar.
—No lo sé.
—¿Crees que la relación de Rachael con Flagler tiene algo que ver con su muerte?
—Todo está relacionado con todo —asegura Benton—.
Si es el motivo de que decidiera mudarse a Chilton Farms una temporada, la puso en situación vulnerable.
Estaba en un sitio que no le gustaba y en el que no se sentía a salvo, y todo por él.
Es una propiedad que prácticamente carece de seguridad, y estaba a merced de cualquier depredador.
—Sería más lógico que el asesino se hubiera llevado las joyas, el dinero en efectivo que llevaba en la cartera, que hubiera intentado robar la casa tal como ha hecho en el mercado —respondo—. No entiendo su móvil.
—Ni eso ni la elección de la víctima —conviene Benton—. Por eso nos falta algo importante.
A la entrada de nuestro sendero de acceso de ladrillo hay unas lámparas de carruaje encendidas, y la verja de hierro negro está cerrada.
Las luces de la casa chispean como llamitas entre los densos árboles mecidos por el viento.
Benton pulsa la pantalla en el interior de la cabina del vehículo eléctrico.
La verja va deslizándose por el riel hasta quedar abierta, todo grabado y supervisado por el software de inteligencia artificial de Lucy.