Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

La unidad científica del Servicio Secreto ha puesto iluminación, y reparo en las dos bicicletas eléctricas apoyadas en la carpa sin laterales. Benton y yo vamos quitándonos el mono y los guantes de Tyvek, pero sigo sin ver ni a Lucy ni a Tron.

—No me importaría nada no volver a ponerme esto en la vida. —Tiro el EPI al contenedor de residuos biológicos.

—Los zapatos son un bonito detalle. —Benton examina el traje de lino arrugado que llevaba en la sala de justicia y los calcetines y las zapatillas de deporte que me ha prestado Lucy.

Él lleva el mismo traje que se ha puesto esta mañana temprano, gris marengo con una camisa de rayas gris y corbata a juego, y el sudor ha traspasado todas las prendas.

Se retira de la frente el pelo húmedo color platino en el momento en que Marino aparece por la misma puerta por la que acabamos de entrar nosotros.

Tiene mi maletín, como había prometido, y me lo entrega.

—No te preocupes, me he cambiado de guantes antes de tocarlo —asegura.

—Por cierto. —Indico al agente que toma huellas de la puerta principal—. Más vale que los pongas al tanto de nuestra visita de antes.

—Ya lo he hecho —dice Marino.

Nos cuenta que Fabian llegará en cualquier momento, y entró en la carpa forense para coger unos botellines de agua de la nevera portátil.

Benton y yo vamos hacia el aparcamiento, donde las luces estroboscópicas de los servicios de emergencia resultan estridentes y hasta desconcertantes.

Hago visera con la mano para protegerme y entorno los ojos como si mirara el sol.

El retumbo constante de los motores diésel es como el fragor del mar en plena tormenta; evito mirar hacia las cámaras que nos enfocan. Alcanzo a oír a Dana Diletti, que habla por el micrófono acerca del «legendario Benton Wesley».

«El hombre que susurra a los asesinos en serie», así es como se refiere a él. «Igual que en El silencio de los corderos …», dice.

El todoterreno Tesla negro de mi esposo está aparcado entre dos vehículos sin distintivos, y cuando nos montamos, quito el tapón a dos botellines de agua y le paso uno.

No quiero dejar pétalos de flor, tierra y demás desechos en la alfombrilla, así que me limpio las suelas de las zapatillas.

Benton hace lo propio, y cerramos las puertas.

El motor eléctrico es silencioso, y la policía retira las barricadas de caballete para permitirnos salir mientras las cámaras continúan grabando.

A veces se me olvida que mi marido, tan elegante en su vestir y tan intuitivo psicológicamente, pasa tanto tiempo como Lucy en el circuito de conducción táctica del Servicio Secreto, por eso no es casualidad que arranque y salga disparado, y nadie va a ponerle una multa.

No hay mucho tráfico en la autopista, así que adelanta a todos como si tal cosa con movimientos leves pero firmes.

—Hola. —Su perfil se bosqueja con nitidez bajo la tenue luz de la cabina acristalada; la barba incipiente en su mentón parece arena—. Me alegro de verte. —Me agarra la mano.

Los bosques están negros como boca de lobo entre donde nos encontramos y el río. Miro por los retrovisores una y otra vez, aliviada de que no parezcan seguirnos. Sin duda, Benton despistaría al que lo intentara. Es la primera vez que me relajo ligeramente en todo el día.

—Yo también me alegro de verte —respondo—. Estaba deseando que llegaras y, de pronto, te vi. Es una suerte que hayas venido. No hay nada como ver las cosas en persona.

—No es la única razón de que apareciera. —Abre un menú en la pantalla táctil para ajustar la temperatura del aire acondicionado—. He pensado que necesitarías que alguien te llevara a casa. O eso esperaba. Y tengo novedades.

Me advierte de que no son alentadoras. Los terroristas a los que nos enfrentamos son nuevos en lo que hacen, pero también astutos y sofisticados.

Son más listos de lo que a Benton le gustaría creer, me explica de camino a casa.

Lo que ha ocurrido hoy es peor de lo que han dado a entender a la ciudadanía.

—No es lo que esperaba oír —reconozco.

—Nadie ha visto venir el ataque —confiesa—. Ni el Servicio Secreto ni el FBI ni la CIA: nadie. No sabemos nada de los responsables. Y eso es muy preocupante, Kay.

—Es más que preocupante, y nos pilla demasiado de cerca como para tomárnoslo con calma. —Pienso en las muchas horas que hemos pasado hablando precisamente de esto.

Estamos acostumbrados a los peores escenarios imaginables, y la información es vital para protegernos y estar preparados.

Las calamidades se evitan gracias a avisos previos, y casi siempre corren rumores en internet.

Hay actividad en teléfonos móviles e imágenes por satélite.

Espías y colaboradores nos ponen sobre aviso.

Además, el modus operandi suele ser predecible y reconocible.

—Pero no con estos canallas —dice Benton—.

No hemos detectado nada hasta el último momento.

Y no eran sus móviles lo que detectábamos, sino sus puñeteras armas abriendo fuego.

Como bien dices, nos pilla muy de cerca para tomárnoslo con calma.

No estábamos buscando a esos tipos, y no tenemos ni idea de quiénes son.

—No es eso lo que han estado diciendo en las noticias, tienes razón —replico—. Según los medios, recibisteis un chivatazo.

—Lo que se ha hecho público es lo que queremos que crean los terroristas.

Que hemos recibido una alerta. Que no nos han cogido desprevenidos.

Pero no es así. No quiero ni pensar en lo que podría haber ocurrido de no haber desviado la comitiva.

Si el presidente y otros cargos llegan a bajarse de sus vehículos… Bueno, no hace falta que lo diga.