Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¡A veces odio a la puta humanidad! —declara Doug. Y eso que solo tiene cuarenta años.

Se enfurece como muchos patólogos forenses todavía lo bastante novatos para quedar consternados y traumatizados.

Lo he visto mandar de una patada un cubo de plástico hasta la otra punta de la sala de autopsias entre maldiciones.

Lo he visto sentarse y esconder la cara entre las manos intentando recomponerse, sobre todo si es un niño el que está encima de la mesa.

Cuando empezó la invasión de Ucrania, tuvo que dejar de ver las noticias porque si no, no dormía.

Según me dijo en confianza, había ciertas atrocidades que no estaba seguro de ser capaz de gestionar en el caso de que se lo pidieran.

Quizá escogió la profesión equivocada, reconoció durante el almuerzo un día especialmente malo.

Le dije que me preocuparía que no se sintiera así.

—Creo que ya he visto suficiente —decide Benton—. ¿Estás lista para que nos vayamos? —Me mira a mí, y yo miro a Doug, a ver si está preparado para la tarea.

—¿Te apañarás? —pregunto a mi lugarteniente, y sabe que lo digo en serio—: Puedo quedarme.

—Nos encargamos nosotros a partir de aquí. —Respira hondo.

—No te preocupes, Doc —me dice Marino—. Ya sé lo que hacer. ¿Por qué no te vas a casa con Benton? Yo me quedo aquí con Doug y nos vemos luego.

—El maletín…

—Sí, lo sé, está en la furgo —responde Marino—. Déjame un par de minutos y te lo llevo.

En la parte delantera de la tienda, unos cables eléctricos que serpentean por el suelo de baldosas conectan más torres de luces led. Las estaciones de energía portátiles son ruidosas.

—Supongo que no has venido solo para llevarme a casa —le comento a Benton—. Aunque es un detalle por tu parte y me alegro mucho de verte.

—No es el único motivo, pero sí uno importante —responde.

Hemos llegado al mostrador donde está ordenada y preparada la comida.

Hay galletas, magdalenas, pan y dulce de azúcar caseros en vitrinas de cristal.

Wally o alguien ha retirado los productos perecederos, lo que concuerda con mis sospechas de que había cerrado temprano.

Miro a través de la puerta de vidrio de un frigorífico los envases de plástico de sándwiches de rosbif con salsa picante y el gazpacho especiado que me encanta.

Las etiquetas llevan la fecha de hoy, así como la lista de ingredientes. Otros alimentos se han preparado esta mañana, como la ensalada de atún y huevo, y prefiero no pensar en el hambre y la sed que tengo.

—Creo que ha sido una agresión de oportunidad —observa Benton—. Como lo que ha sucedido con posterioridad en Chilton Farms.

Empieza a ponerme al tanto de más observaciones ahora que estamos a solas.

El robo y el asesinato no estaban previstos hasta que el atentado contra el presidente ha fracasado, lo que ha sido motivo de enorme frustración y decepción para los terroristas.

Pero este psicópata en particular tenía que seguir demostrando lo duro que es.

—Si el intento de asesinato de antes contra el presidente hubiera tenido éxito, esto no habría pasado. —Benton se refiere a que no se habrían ensañado con el mercado, y probablemente tampoco con Chilton Farms.

El asesino se ha presentado aquí primero. Tenía intención de eliminar a quienquiera que estuviera trabajando en la tienda, y debía de saber que Wally estaba solo.

—Pero el asesino no se esperaba lo que ha ocurrido —dice Benton—.

Se le ha negado la oportunidad de cebarse, de ver miedo y hacer sufrir a alguien.

Quería tener esa sensación de poder, y no lo ha logrado.

Wally ha muerto antes de que su asesino tuviera ocasión de ensañarse con él como un sádico: ha sido como un trapo rojo para un toro ya enfurecido.

—¿Y Rachael? ¿Por qué ella? —pregunto cuando enfilamos un pasillo abarrotado de conservas y bolsas de café en grano que puede moler el cliente—. ¿Porque el asesino no había satisfecho su compulsión?

—Sí —dice Benton—. Y quizá por algún motivo no tenía a Rachael en el radar. La gran pregunta es por qué ha ido a Chilton Farms para empezar. ¿Por qué escogió esa propiedad? ¿Estaba familiarizado con el lugar? Yo diría que la respuesta es sí. El asesino está al borde de la locura.

—Justo lo que necesitábamos. Alguien fuera de control con un arma de microondas.

Un tipo que dispara desde el coche con ella, desactiva sistemas de seguridad, provoca daños cerebrales, o incluso la muerte, a cualquiera que se le cruce —respondo, y ya estamos en la sección de golosinas y chicles retro.

—Se encuentra en un periodo de calma que no durará mucho —dice Benton—. Supongo que a estas alturas habrá regresado adonde vive. Te recuerdo que tiene amigos y vecinos, seguramente familia que ignora por completo su vida secreta.

—Hablas como si supieras quién es.

—Sé lo que es, y no hablamos de una sola persona —dice Benton—. Trabaja con su manada. También actúa solo, es reservado y no se apega emocionalmente a los demás.

El helado y los demás alimentos congelados que atestan las neveras se están derritiendo, como si no se hubiera desperdiciado ya suficiente hoy.

Buena parte de lo que hay en la tienda se echará a perder, y me pregunto si volveré alguna vez por aquí.

Me pregunto si abrirá de nuevo este establecimiento.

Sería terrible que Belle Haven Market desapareciera después de tantos años.

Alexandria habría perdido parte de su alma.

Cerca de las cremas solares y los repelentes contra insectos hay un barril de chanclas.

Luego un aparador de libros de bolsillo y, al final, el mostrador de la caja registradora.

El cajón vacío está abierto y recubierto de un polvillo hollinoso.

Detrás del mostrador hay un tablero de clavijas de las que no cuelga nada.

—Dinero en efectivo o similares, eso tenía en la cabeza —observa Benton—. Los vales regalo se pueden usar. Los billetes de lotería se venden en internet de forma anónima. Te puedes deshacer así de casi todo, incluidos bienes robados y moneda falsa.

Así es como se financian los terroristas hoy en día, explica. Y en los últimos años han contado cada vez con más subvenciones y apoyo de los rusos.

—La persona que ha hecho esto sabía exactamente qué llevarse y dónde estaba. —Examino docenas de clavijas vacías.

Los billetes de lotería y los vales regalo detrás del mostrador no serían visibles desde el exterior de la tienda si se mirase a través de las ventanas o de la puerta acristalada de la entrada.

Hay que estar cerca de la caja registradora para ver el tablero de clavijas, lo que yo diría que es un detalle importante.

El asesino sabía qué había aquí dentro que pudiera interesarle.

—Otro argumento a favor de que está familiarizado con el lugar —añado.

—Ya había estado aquí antes —dice Benton—. Creo que el cajón del dinero ya estaba vacío y la tienda cerrada para cuando disparó con el arma de microondas, cargándose las cámaras y todo lo demás.

La caja registradora no estaba cerrada cuando la ha visto Fruge. No había nada dentro, salvo el recibo en papel de la recaudación total del día guardado bajo el separador del efectivo, según me dice Benton.

—Debe de haberlo hecho Wally después de sacar el dinero —respondo mientras miro la silla ergonómica detrás del mostrador y me lo imagino ahí sentado—. La persona que abra a la mañana siguiente tendrá los detalles de la víspera. Otra vieja costumbre, supongo.

—Desde las once de esta mañana hasta las dos o así no han parado: ventas por valor de casi mil quinientos dólares —comenta Benton.

Después ha habido poca actividad, la última transacción se ha hecho a las 14.37, dice. Alguien ha pagado cincuenta dólares por gasolina con un vale regalo que no quedaría vinculado con el nombre del cliente ni ningún tipo de dato que lo identificara.

—Es la última transacción que figura en el recibo de la caja —explica Benton.

—Lo que significa que no sabemos quién era, porque no se ha pagado con tarjeta de crédito. Y no ha tenido que entrar para pagar —respondo.

—Mucho me temo que era el asesino llenando el depósito —sugiere Benton—. Estaba haciéndose una idea de la situación mientras tanto, cerciorándose de que no hubiera nadie que lo oyera o lo viera.

—Seguía habiendo luz eléctrica en esos momentos. Tenía que ser así si funcionaban el surtidor y la caja registradora —respondo—. La persona que ha puesto gasolina debe de haber quedado grabada, suponiendo que las cámaras estuvieran activas.

La que hay en la pared enfrente de la caja registradora está apagada, su mirada ciega fija en la puerta de entrada.

Aparte de esa, la única que he visto está fuera, en un poste de luz en la isla de autoservicio.

El ataque con microondas ha destruido el sistema de seguridad, por lo que Benton no espera que las cámaras nos aporten nada.

La puerta de entrada se ha quedado abierta y un agente de la científica busca huellas dactilares.

Imagino a Marino mirando el interior con las manos ahuecadas en torno a los ojos y apoyadas en el cristal.

Sin duda la policía encontrará pruebas de que estuvo aquí, pero eso ya lo explicará él.

Benton y yo salimos para encontrarnos con un trepidar de luces rojas y azules; el aparcamiento está atestado de coches y furgonetas de organismos policiales, con distintivos y sin ellos.

Ha aparecido el FBI, con al menos una docena de agentes con chaleco antibalas.

Hay helicópteros sobrevolando la zona. Supongo que era inevitable que los medios se enteraran de que ha ocurrido algo a escasos kilómetros de donde han hallado muerta a Rachael Stanwyck.

Ha venido el Canal 5. Han acudido las principales cadenas de televisión, con sus camiones vía satélite alineados en la calle mientras los equipos de grabación acechan el acceso cortado a Belle Haven Market.