Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Tenía alguna idea de quién puede haber hecho algo así? —pregunta Marino—. ¿Le ha llamado alguien la atención últimamente? ¿Alguien que viniera por aquí a dar problemas o algo por el estilo?

—No tenía ni idea —responde Fruge—. Estaban siempre muy liados durante las horas punta; hay muchos turistas. Ha dicho que estas últimas semanas venía gente relacionada con el juicio de Hooke y que tenían mala pinta. Pero no ha sucedido nada digno de mención.

—¿Cuándo estuvo con Wally por última vez? —pregunto mientras introduzco sus manos atadas en una bolsa de papel.

—Ha trabajado hoy con él —responde Fruge—.

Han venido hacia las siete de esta mañana, pero en coches diferentes, porque Clemmy quería marcharse antes.

Ha dicho que cuando ha aflojado el ritmo a eso de las dos, se ha ido a Newport News.

Otro empleado a media jornada iba a ocupar su puesto durante el fin de semana festivo.

—¿Y la caja fuerte? —indaga Marino—. ¿Qué había dentro?

—Wally guardaba ahí los billetes de lotería y los vales regalo, cualquier cosa valiosa o importante como escrituras, la documentación del coche, extractos bancarios; lo típico —señala Fruge—.

Pero no el dinero en efectivo. Habréis visto la cámara frigorífica grande al fondo, con el candado en la puerta. Clemmy pregunta por la lleve.

Si Wally llevaba tiempo sin pasar por el banco, escondía ahí la recaudación. Su escondrijo secreto era una toma eléctrica inutilizada en el interior de la cámara frigorífica al fondo del establecimiento, donde no se le ocurriría mirar a nadie.

—Luego guardaba la llave del candado en la caja fuerte, aquí en su oficina —dice Fruge—.

Seguro que lo llevaba haciendo desde hace cincuenta años.

Pero no es un mal sistema, en mi opinión.

Naturalmente habría sido mejor no tener mucho dinero en la propiedad.

Pero no era raro. Clemmy dice que debe de haber al menos cinco mil dólares dentro de la cámara, suponiendo que el asesino no haya entrado.

Mientras Fruge continúa contándonos lo que ha descubierto, Benton escucha estudiando el cadáver. Se fija en todo lo que lo rodea, elevando la vista al techo a menudo, como si recibiera señales desde el cielo. Luego nos mira a todos, tal como hace cuando tiene algo que decir.

—Cuando ha aparecido el asesino, Wally estaba vivo y alerta —empieza su vaticinio Benton como un profeta—.

Se ha visto obligado a abrir la caja fuerte, en la que había cosas de valor, pero no dinero en efectivo.

Ha tenido la presencia de ánimo para esconder la llave en el bolsillo sin que el tipejo se diera cuenta.

Wally era consciente de que había bastante dinero. No quería que el intruso se lo llevara.

—A fin de cuentas, estaba pensando en su familia —señala Doug.

—Solo que el capullo se pregunta qué demonios ha sido del dinero de la caja registradora —responde Marino—. Y ahora está cabreado de verdad.

—Exacto —conviene Benton—. Se lleva otras cosas equivalentes al efectivo: billetes de lotería, vales regalo. Pero quería el dinero. Quería tener el control y ejercer todo el poder.

—Y quizá eso es lo que estamos viendo, y el motivo de que haya hecho esto: la ira. —Ilumino con la linterna el cuello de Wally, la herida abierta como una boca que gritara.

Explico que la herida post mortem se ha infligido por medio de un único corte de derecha a izquierda que arranca en el lóbulo de la oreja derecha. Me sitúo detrás del cadáver para mostrárselo.

—La incisión cruza en línea recta la parte anterior del cuello, yendo a parar aproximadamente centímetro y medio por debajo de la oreja izquierda.

Y rara vez he visto algo así cuando le cortan el cuello a alguien —explico, y Benton es quien más necesita oírlo—.

Lo típico en casos así es que la agresión se produzca desde atrás, con el asesino y la víctima en pie.

La trayectoria del tajo es descendente, no en línea recta a través del cuello.

Mientras describo todo esto en la habitación caldeada y sin ventilación, el hedor a descomposición es horrible y no hará más que ir a peor.

Las previsibles moscas azules siguen acudiendo al cadáver y el zumbido constante es infernal.

Describen sus glotonas órbitas a la luz estridente de la torre de iluminación, y las espanto como puedo mientras continúo con mis observaciones.

—Lo han sentado y amordazado después de muerto —señalo—. El asaltante estaba detrás de él, donde estoy yo.

Lanzo un tajo al aire en horizontal con un cuchillo imaginario para demostrar a qué me refiero. Sugiero que, a menos que el asesino sea ambidiestro, seguramente es zurdo como yo. Esta persona es bastante fuerte, y usaba un instrumento de corte de tamaño considerable.

—Algo que ha traído y que se ha llevado después de hacer esto —afirma Benton como si lo supiera.

—No hemos encontrado el arma, ni el rollo de cinta americana ni nada de lo que pudiera haber utilizado cuando estuvo aquí —informa Marino.

—Es probable que estén en lo que use el malnacido para llevar todo lo que necesita —dice Benton—.

Posiblemente algo que guarda en su vehículo.

O en casa o en el lugar de trabajo, allí donde pase el tiempo.

Seguro que no se deshace de esas cosas. No lo considera necesario.

Le gusta y tiene confianza en aquello que conoce y cree fiable.

Se trata de alguien que tiene rituales y costumbres que le han dado resultado. Pero se está volviendo descuidado.

—¿Descuidado? —Doug tiene los ojos abiertos de par en par y desprenden furia—. Esto me parece muy premeditado. Ese cabrón ha venido con un plan.

—Ha sido impulsivo —dice Benton—. Pero eso no significa que no se haya planteado robar en este establecimiento alguna otra vez. Ha actuado cuando lo ha hecho dejándose llevar por la emoción. Tiene un comportamiento compulsivo, y nunca sale de casa sin ciertas cosas que pueda precisar.

—¿Y un cúter? —pregunta Fruge—. Por lo general suele haber más de uno por ahí en las zonas de almacenamiento. No veo ninguno. Me pregunto si no se los habrá llevado el asesino.

—No habrá vacilado en llevarse cualquier cosa que necesitara —dice Benton—. Pero no se trata de alguien que se presente y coja lo que tenga más a mano para usarlo como arma.

—Esto no se ha hecho con un cúter. —Indico la salvaje herida del cuello—.

La hoja no es lo bastante larga. El tajo llega hasta la espina dorsal.

La tráquea está cortada por completo, lo que supone una manera horrenda de morir.

Por regla general, en la autopsia observaríamos que ha aspirado sangre.

En esencia, intentas tomar aire a bocanadas, estás inhalando tu propia sangre, te ahogas a la vez que te desangras hasta morir.

—Suponiendo que todavía estuviera vivo cuando le han cortado el cuello —dice Doug, que suda copiosamente—. Joder, espero por su bien que no lo estuviera.

—No lo creo —respondo—. Estoy casi segura de que confirmaremos que no lo estaba.

—¿Por qué razón lógica iba a hacer nadie algo así? —suelta Doug, alarmado.

—¿Qué te hace pensar que este tipo de putadas son lógicas? —La voz de Marino resuena como el metal.

—¿Para qué tomarse tantas molestias si ya estaba muerto? —Doug está cada vez más furioso y disgustado—. Suponiendo que haya sufrido un paro cardiaco, ¿para qué hacerle esto después, por el amor de Dios? ¿Para enviar un mensaje?

—Es una buena razón, sí —dice Benton—. Pero no la única.