Capítulo 22
Atrapo con suavidad la enorme pelusa con ayuda de la cinta adhesiva en el reverso de varias notitas. Las meto en el sobre y enciendo la lupa para echar un vistazo. Pedazos diversos de bichos. Trozos de hilo negro, retazos de fibras y hebras de pelo enmarañadas.
—Además, fragmentos de algo reluciente de forma irregular y diversos colores. —Sigo describiendo lo que veo bajo la lupa de bajo aumento—. Docenas de trocitos minúsculos, muy reflectantes. Algo así como purpurina navideña, pero no exactamente. Verde, negra, plateada, cobriza, ocre, dorada.
—¿Virutas de metal, quizá? —pregunta Marino mientras ilumina lo que hago—. ¿Pintura?
—No se distingue, pero me parece que no. —Cierro la solapa del sobre con cinta roja para pruebas, que luego etiqueto.
—Igual es purpurina de las fiestas de Navidad o de un cumpleaños o algo así cuando el establecimiento estuvo decorado.
—No sé qué es, pero ya lo averiguaremos —respondo.
Desando mis pasos sobre las alfombrillas y meto el sobre en el maletín de campo que nos ha prestado Fruge.
El asesino seguramente ha traído la silla de la oficina aquí.
La enorme pelusa bien podría albergar el microcosmos de otro mundo.
Es posible que descubramos un cúmulo de desechos de la residencia, el lugar de trabajo o el vehículo del asesino.
Las pelusas son electrostáticamente esquivas, pero también pegajosas.
Es posible que esta se adhiriera a algo que ha traído el asesino consigo a la tienda.
Imagino un bolso de tela, un kit de asesinato.
Pienso en la cinta americana, y yo me inclinaría por eso.
Los laterales del rollo debían de estar pegajosos, y han inmovilizado el cuerpo con la cinta mientras lo mantenían sentado en la silla detrás de la que rondaba la bola de polvo.
Es aproximadamente donde se habría situado el asesino mientras le cortaba el cuello a Wally.
Al tiempo que Marino reúne los termómetros y demás material, yo rebusco un poco más con la linterna.
Hay varias cosas fuera de lugar que no podrían ser más evidentes.
Ojalá estuviera Benton aquí. Imagino algunos de sus comentarios, empezando por la manera en que se muestra el cadáver.
El asesino ha creado adrede una impresión falsa, porque no se aprecia suficiente sangre como para justificar el fallecimiento de Wally, que tiene la pechera de la camisa a cuadros azules empapada de hilos de sangre secos y medio coagulados.
En las musleras de los pantalones caqui y en las manos atadas sobre el regazo solo se aprecian algunas manchas.
En el suelo hay charcos de una consistencia parecida a la del pudin: calculo que quizá se ha vertido una unidad de sangre, medio litro a lo sumo.
Nada más, y algo así no es posible. Cuando se cortan arterias carótidas, sigue manando sangre hasta medio minuto.
He visto salpicaduras en paredes y muebles a una distancia de hasta tres metros y medio de la víctima.
El flujo de sangre de una hemorragia así puede llegar casi los cuatro litros; el patrón arterial sigue el ritmo del corazón y es inconfundible cuando está presente. No veo nada parecido, ni de lejos.
—No creo que la causa de muerte vaya a ser el cuello cortado ni el desangramiento.
No ha sangrado lo suficiente. —Eso ya se lo puedo decir a Marino—.
No parece que se resistiera cuando lo han atado ni que lo hayan obligado por la fuerza a sentarse en la silla.
No hay arañazos ni magulladuras, ninguna señal de forcejeo hasta el momento.
Alumbro con la linterna la cinta americana manchada de sangre en torno a las muñecas: le han dado dos vueltas y no ha quedado lo bastante prieta como para hundírsele en la piel.
—Por lo general, cuando alguien está a punto de morir, entra en pánico.
Tú y yo lo hemos visto más veces de las que nos gustaría recordar —continúo explicándole—.
La cinta se arruga, a menudo se clava en las muñecas y los tobillos mientras la víctima se resiste como loca.
Y lo mismo sucede si está amordazada, sobre todo si la persona tiene dificultades para respirar.
—¿Y si alguien se te acerca por detrás con un cuchillo?
Entonces seguro que pierdes los papeles.
—Marino ilumina con la linterna todo lo que hago—.
No vas a quedarte ahí sin más con la cabeza echada hacia atrás.
Por mucho que tengas sujetas con cinta las manos y los pies, seguro que intentas escapar o resistirte como un demonio.
—Siempre y cuando estés vivo y consciente —señalo.
Las carótidas y demás vasos sanguíneos seccionados hacen pensar en mangueras cortadas, y los músculos infrahioideos y la vía respiratoria están limpiamente rebanados.
Examino el cuello por delante y por detrás desde todos los ángulos como mejor puedo, intentando no mover la cabeza de la víctima, medio desprendida del cuerpo.
—Es posible que le hayan cortado el cuello en esta habitación —decido—, pero sospecho que no ha muerto aquí.
—Eso mismo pensaba yo. —Marino me acerca los termómetros y el escalpelo—. Debería haber salpicaduras de sangre por todas partes.
—Y no las hay porque ya estaba muerto —repongo—. Eso puedo determinarlo ahora mismo con bastante seguridad.
—Quizá ha tenido un infarto. Quizá cuando el asesino ha sacado la cinta americana y el cuchillo, Wally se ha dado cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir, ¿no?
Al margen de cuándo haya sido, se ha llevado literalmente un susto de muerte.
—La ira de Marino centellea de nuevo—. Ya hemos visto casos en los que la víctima muere en el transcurso del ataque.
—Hay que buscar ADN por transferencia en toda la ropa. —Desabrocho los pantalones caqui apenas manchados de sangre—. El asesino ha tenido contacto físico con el cuerpo mientras lo colocaba, lo amordazaba y le cortaba el cuello. —Bajo la cremallera.
Noto algo plano y duro en un bolsillo lateral de los pantalones de Wally.
Meto los dedos enguantados y encuentro una llave de acero de aspecto común y sin etiqueta.
Se la paso a Marino. Sujetando la linterna con una mano, hago una pequeña incisión en el cuadrante superior derecho del abdomen e inserto el largo termómetro químico de cristal.
—No sé de qué puede ser. —Marino alumbra la llave—. Desde luego no es de la tienda ni de la vieja furgoneta Chevy.
—¿Y de la caja registradora?
—No parece de un cajón de esos, pero lo comprobaremos —asegura.
Manipulo los brazos y las piernas, que ofrecen resistencia.
El rigor mortis está bastante asentado y el cuerpo se nota tibio al tacto.
Marino alterna hacer fotografías y facilitarme el material mientras alumbra lo que hago.
Sigo oyendo a gente hablar y moverse tras la puerta cerrada que da a la parte delantera del establecimiento.
No sé con quién está Fruge o qué dicen. Saco el termómetro de la pequeña incisión que he hecho. La temperatura interior del cadáver es de 27,7 ºC.
—Encaja con que haya muerto aproximadamente hace siete u ocho horas en estas condiciones —le digo a Marino.
—He obtenido una lectura de unos grados menos con el termómetro de infrarrojos —señala.
—Era de esperar.
Se afana con la linterna, el bloc y el bolígrafo al tiempo que ahuyenta moscas, y hay cada vez más.
Ilumino los zapatos de cuero marrón con cordones de Wally y me fijo en la ausencia de sangre y en que la suela está limpia.
Examino las tres vueltas de cinta americana que le inmovilizan los tobillos y me llega un olorcito a colonia que me provoca una punzada en el corazón.
El papel cruje con estrépito mientras enfundo la parte inferior de las piernas de Wally en una bolsa grande; entonces se abre la puerta que da a la parte delantera de la tienda.
Es como si mi deseo se hubiera hecho realidad.
Benton entra con una torre de luces led conectada por medio de un cable a un generador.
—Tienes compañía. —Me mira—. Hágase la luz.
El atractivo rostro de rasgos marcados de mi marido está enmarcado en Tyvek blanco. Deja la torre en el suelo y al encenderla crea en el almacén un terrorífico espectáculo de luces y sombras.
Luego entra Fruge seguida de Doug Schlaefer, emitiendo roces susurrantes con sus equipos de protección personales.
—Quedaos en las alfombrillas descontaminantes y no toquéis nada. —Marino nunca vacila en recordar a todo el mundo que el cadáver y cualquier cosa relacionada con él es de nuestra competencia.
—Lucy y Tron también han venido. —Benton me lo dice a mí; su expresión impenetrable tras la mascarilla y las gafas de protección—. Están ahí fuera cerciorándose de que no se acerque nada ni nadie sin invitación.
—Dios bendito. —Doug mira el cadáver, y estalla su indignación—: ¿Qué coño le pasa a la gente? —Por un instante asoman lágrimas a sus ojos.
—¿Lo preguntas ahora, después de tanta mierda como has visto? —Marino ahuyenta moscas impacientemente con las manos enguantadas.
—¿Por qué hostias había necesidad de hacerle algo así? —Doug adopta un semblante que ya he visto en otras ocasiones.
—Eso no tiene nada que ver con la necesidad. —Marino no tiene mucha paciencia con la frágil sensibilidad de mi subdirector—. El cabrón que ha hecho esto es un puto cobarde, además de un matón. Tendría que meterse con alguien de su puto tamaño.
—Amén —conviene Fruge, que se dispone a ponernos al corriente de las últimas novedades.
Ha llamado a la hija, Clemmy, para informarle de que Wally Potter está muerto. Fruge ha dicho que al parecer lo han matado durante un robo y que su cadáver ha aparecido en el almacén.
—No quería que se enterara por las noticias —explica la policía—, y ya nada se mantiene en secreto mucho rato. Le he dicho que ha entrado alguien en la tienda, que ha robado algunas cosas, y que se ha ido la electricidad. Le he dicho también que la propiedad ha sufrido desperfectos.