Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Mejor, y con un poco de suerte seguirán así —le digo.

Y con qué facilidad cambia la lealtad de la gente.

O en todo caso deciden que es mejor apoyarte a ti porque el matón de turno se ha largado a otra parte.

Por ahora, al menos. Esta noche, como mínimo.

Se oyen portazos de Marino y Fruge tras salir de sus vehículos.

—Mientras esperamos a que llegues, voy a ponerme manos a la obra —informo a Doug—. Me ocuparé de los preliminares habituales y todo lo que hagamos quedará bien documentado.

—Estoy en el coche. —Su voz en el auricular, el ruido del motor al ponerse en marcha—. Si no hay ninguna incidencia, estaremos allí en media hora. Y yo me ocupo de Fabian.

Cuelgo en el momento en que Marino y Fruge dejan en el suelo un maletín forense y una caja grande de equipos de protección.

Empezamos a pertrecharnos con ayuda de la iluminación desigual de los faros, los motores de las furgonetas al ralentí.

Me fijo en que mis zapatillas prestadas están manchadas de barro y restos de follaje.

Limpio las suelas con un poco de agua antes de ponerme los cubrezapatos.

—Os dejo a lo vuestro —nos dice Fruge a Marino y a mí—. Voy a registrar la entrada de la tienda, sobre todo el área de la caja registradora. Vamos a ver qué ha hecho ese cabrón mientras estaba ahí dentro.

—Fíjate en si hay algún recibo de papel que indique cuándo se han hecho las últimas transacciones. —Marino y yo no podemos evitar aconsejarla—. ¿Cuándo van a llegar los de la unidad científica del Servicio Secreto?

—Ya vienen en camino. —Fruge ha hablado con Lucy—. Se encargarán de la iluminación, y montarán una carpa y todo lo necesario.

—Tienen que registrar a fondo los aparcamientos. —Marino me tiende un fajo de alfombrillas de descontaminación y una linterna—. El asesino seguramente habrá venido en un coche. Cómo si no iba a desplazarse. Dudo que fuera en un Uber.

Lo sigo al interior del mercado, precedidos por la luz de nuestras linternas, y justo delante hay una pequeña oficina atestada en la que no he estado nunca.

Nada más entrar, hay una mesa con un cenicero de metal abombado; debe de tratarse de una manualidad infantil.

En su interior hay unas llaves cuyo llavero es una bala de plomo de la guerra de Secesión.

Conocí a Wally en compañía de Annie durante nuestra época de estudiantes de Derecho.

Entonces ya tenía el mismo llavero y el mismo vehículo clásico.

La última vez que pasé por este mercado fue hace un mes; me regaló albahaca y orégano frescos, insistiendo en que invitaba la casa.

Hago lo posible por ahuyentar la imagen de sus ojos brillantes, su cara amable y su cabello blanco y ralo.

Desde el umbral de la oficina, alumbro la mesa de metal verde, y echo en falta la silla.

Veo fajos de lo que parecen facturas y recibos, el obsoleto teléfono fijo, la anticuada agenda giratoria.

El interfono en un estante era para comunicarse con los clientes del surtidor mientras los vigilaba por la ventana.

La pantalla de seguridad es como las demás del edificio: en funcionamiento, mostraría el movimiento del aparcamiento; los coches que entran y salen, y los clientes que vienen y van. Me pregunto si Wally estaría aquí sentado, ocupado con el papeleo, cuando el asesino provocó el apagón.

—Eso suponiendo que la señal anómala que Lucy y Tron han detectado y luego perdido procediera de aquí —le explico a Marino—.

Voy a aventurar una suposición y a decir que la descarga de energía que han detectado diez minutos después de las tres de la tarde era el asesino disparando su arma de microondas contra el local.

Cualquiera que estuviera dentro necesitaba una protección considerable.

Alumbro con la linterna la ventana a la izquierda de la mesa; las persianas de láminas están medio abiertas. Desde aquí veo que son de metal.

—Has intentado mirar por esta misma ventana cuando hemos pasado por aquí antes —le recuerdo a Marino— y me he llevado la impresión de que hay mosquitera en la parte exterior.

—Así es —dice.

—Abiertas o cerradas, las persianas de aluminio debían ofrecer protección, igual que la mosquitera metálica —explico—. Los archivadores de acero a los lados de la ventana habrán bloqueado la radiación, al igual que la caja fuerte, de buen tamaño, en el suelo con la puerta abierta de par en par.

La gruesa puerta tiene una rueda giratoria de combinación, y nuestras luces sondean los estantes de metal galvanizado, forrados y vacíos.

Han dejado limpia la caja, y es poco probable que todo lo que había dentro fuera de valor para el asesino.

Tengo la sensación de que alguien con prisa ha cogido cuanto ha podido para revisarlo luego como los ladrones en un robo relámpago.

Al otro lado de la oficina está el servicio solo para empleados.

Me paro delante. Alumbro el retrete de porcelana blanca, el lavabo, el suelo de linóleo que posiblemente sea de la década de los setenta.

En un estante hay medicamentos sin receta médica.

Hay un dispensador de desinfectante de manos, una pastilla de jabón y un frasco de colonia Old Spice.

—Está en la habitación de al lado —dice Marino. Al acercarnos oigo el siniestro zumbido.

La silla que faltaba detrás de la mesa está en mitad del suelo; el cadáver de Wally, recostado hacia atrás contra el respaldo.

El cuello, con un tajo profundo, ensangrentado, cubierto de moscas que zumban alrededor y se posan en él.

Tiene las muñecas y los tobillos atados con cinta americana gris, que también sirvió para amordazarlo.

Huelo a cartón húmedo y a hortalizas medio pasadas, y me llega el olor dulce y pútrido de la sangre coagulada en descomposición, que se ha remansado en torno a la silla.

Al enfocarla, reluce como un cristal rojo negruzco.

Marino y yo esperamos en el umbral para no contaminar el suelo con un paso en falso de nuestros pies cubiertos de Tyvek. El asesino ha estado dentro de este edificio. Ha estado dentro de estas mismas habitaciones hace no mucho. Marino se agacha e ilumina oblicuamente el suelo de pino.

Busca huellas de calzado, cualquier cosa que se haya podido caer o arrastrar aquí.

El almacén propiamente dicho es aproximadamente del tamaño de un garaje para dos coches.

La puerta opuesta a aquella por la que hemos entrado da a la zona delantera del mercado que está registrando Fruge.

Oigo que habla con alguien, pero no distingo quién es ni lo que dice.

—Esto está muy limpio; casi no hay polvo ni suciedad en el suelo, así que no será fácil ver huellas —me dice Marino—. En el suelo de madera antigua sin barnizar no se aprecian muy bien, pero… ¿qué es eso?

Alumbra en ángulo y capta algo reluciente detrás de la silla. Cubrimos el suelo con las alfombrillas de descontaminación conforme avanzamos. Cuando llego al cadáver, me encuentro una bola de polvo oculta tras una pata trasera de la silla, y me acerco lentamente, con cautela.

—Necesito un sobre de papel, notas adhesivas y una lupa con luz —pido; los artículos habituales.

Marino me trae lo que necesito y me arrodillo en las alfombrillas de papel donde se adhiere todo lo que podamos arrastrar al interior o sacar de allí.

Apenas respiro, me muevo lo menos posible porque es muy fácil que las acumulaciones de polvo se dispersen.

Son huidizos cosmos de telarañas y desechos que se mantienen unidos gracias a la electricidad estática.

Esta es del tamaño de una pelota de tenis.

Se encuentra agazapada tras la pata de la silla, ligeramente asomada, reluciente como una galaxia lejana bajo la luz deslumbrante de la linterna mientras mi mano enguantada se acerca.

Entonces la etérea nebulosa emprende una huida ingrávida, rodando y rielando cual espíritu asustado.