Capítulo 21
Fruge va justo detrás de él, ambos con la linterna táctica en alto y el arma preparada.
Los oigo hablar y avanzar hasta que desaparecen en el interior, registrando la parte de atrás del edificio.
Espero junto a la puerta abierta con tres agentes de uniforme.
Por la súbita maldición de Marino, deduzco que no hay buenas noticias.
—¡Lo hemos encontrado! —nos grita—. Vamos a seguir registrando. ¡No entréis!
No quiere que nadie reciba un disparo accidentalmente, así que espero con los tres policías a cierta distancia de la puerta abierta.
Vemos destellos de luz en las ventanas mientras Marino y Fruge revisan hasta el último rincón.
Conforme pasan los minutos y no volvemos a verlos ni oírlos, mi inquietud aumenta.
Finalmente resurgen sus dos figuras con linterna en dirección a nosotros. Marino y Fruge han salido por la puerta delantera dejándola abierta, según nos dicen al llegar a nuestra altura.
—Bien, los de la científica y cualquier otro que pueda entrar sin acceder por aquí atrás —dice Marino con semblante pétreo.
Fruge está descompuesta, se nota en la rigidez de sus movimientos, en la mirada impávida y la atención vacilante.
Se esfuerza demasiado por parecer serena y confiada.
Casi alcanzo a ver cómo se le ha disparado la imaginación.
Ha venido a Belle Haven Market infinidad de veces a por comida para llevar, artículos de primera necesidad y caprichos.
Todos lo hemos hecho: este lugar nos resulta cálido y conocido como nuestro jersey viejo favorito.
—Está en una silla, atado con cinta americana.
—La voz de Marino es dura como el sílex—.
Da la impresión de que lo han interrogado antes de cortarle el cuello de oreja a oreja.
Seguro que para obtener la combinación de la maldita caja fuerte, que está abierta en la oficina.
Parece algo así como un encargo de la puta mafia.
No nos hemos acercado porque no hay la menor duda de que está muerto, y lo han matado hace bastante.
Que nadie entre hasta que nos hayamos equipado.
Mientras habla, Fruge pide por teléfono que acuda la unidad científica.
Informa a la persona con la que está hablando de que necesitamos refuerzos.
Los necesitamos ahora, dice en tono agresivo, y tiene que acudir la unidad táctica porque, además, hay alborotadores armados en la zona.
Exagera su autoridad porque está asustada.
—Lucy y Tron necesitan saber qué ocurre. —Marino le dice a Fruge lo que no quiere oír.
Él se pone a teclear en el móvil, la linterna encajada bajo el brazo y alumbrando al azar la fachada trasera con la pintura desconchada.
—Más vale que lo hagas tú. —Tal como lo dice, no es una sugerencia.
Marino la mira y abre una pausa para que ella reaccione, a la espera de que haga lo correcto.
—No veo qué relación tiene esto con el Servicio Secreto —replica ella al fin; confía en que no haga la llamada, quizá no todavía.
Fruge sabe lo que está a punto de decir Marino, pero ella no quiere que el Servicio Secreto, el FBI ni nadie más vuelva a adelantársele hoy.
No le ha pasado inadvertido que los dos escenarios están conectados.
Si los federales han estado involucrados en uno, lo más probable es que se presenten en el otro.
—Tiene relación con ellos tanto si queremos como si no. —Marino le recuerda que no es ella la que elige sus casos.
—¿Me estás diciendo que lo que le ha pasado a Wally es un asunto de seguridad nacional? —Sondea la oscuridad con la linterna, moviéndola de aquí para allá con gesto furioso.
Es la primera vez que dirige una investigación de este calibre y es muy consciente de que están a punto de darle la patada dos veces: es una absoluta decepción; se siente humillada.
—Tienes que hablar con Lucy, decirle lo que pasa —insiste Marino.
—¿Cómo se comunican los federales? ¿Por móvil? —Es uno de los agentes de uniforme quien lo pregunta.
—Seguro que se comunican por todo tipo de medios —contesta Marino.
No piensa mencionar las señales de microondas detectadas cerca del cementerio de Ivy Hill, Chilton Farms y Belle Haven Market.
Esa es la pieza de la que carecen Fruge y la policía.
Pero al igual que la presunta aventura de Rachael Stanwyck con Bose Flagler, no nos corresponde a nosotros compartir la información, sino al Servicio Secreto.
—Suponiendo que haya un nexo entre los casos, debemos poner más empeño que nunca en evitar la contaminación cruzada —les recuerdo a Marino y a Fruge—. Tomaremos medidas extra.
—Todo tiene que ser nuevo y desechable, si es posible —coincide Marino.
—Asimismo, no quiero que usemos los mismos maletines forenses que en la casa en Chilton Farms —añado—. Nada de lo que utilizamos allí puede emplearse aquí.
—Yo tengo material forense que no ha salido del maletero —se ofrece Fruge—. Todavía no he tenido ocasión de utilizarlo, pero está todo listo para su uso.
—Claro, fui yo quien te lo preparó —le recuerda Marino—. Entre tu material y el que tenemos nosotros, nos debería bastar. Venga, vamos a llevar los vehículos ahí atrás.
Van hacia el aparcamiento delantero mientras yo me alejo para tener un poco de intimidad. No tengo intención de gestionar todo esto sola, así que llamo a Doug Schlaefer.
—¿Qué tal va eso? —contesta—. ¿Todo bien? He estado siguiendo las noticias. Por Dios, espero que no te hayas cruzado con esos matones de los rifles de asalto…
—Hay novedades, y necesito que vengas a un escenario cerca de Chilton Farms. —Voy directa al grano.
—Eso no suena nada bien.
—Es muy grave, y seguramente está relacionado con el asesinato de Rachael Stanwyck. Conoces Belle Haven Market, ¿verdad?
He visto a Doug con comida para llevar en las oficinas. Siempre habla de lo mucho que le gustan a su esposa los productos del campo y las sopas.
—Ay, no. —Su voz rota me llega por el auricular mientras camino por el aparcamiento trasero—. No me digas que ha pasado algo allí.
Le informo de la situación mientras un búho lanza silbidos de advertencia en algún punto del bosque. Las luciérnagas chispean como si me transmitieran su propio sobresalto.
—Vamos a tener que alternarnos —le digo a Doug.
Mientras discutimos el mejor enfoque, alumbro el suelo con la linterna, que ilumina un macizo de nardos blancos donde se ha posado una mariposa nocturna.
La mariposa abre lentamente las amplias alas verde pálido, mostrando sus manchas en forma de ojos que parecen mirarme.
Me acuerdo de todas las cajitas de cartón que van camino del Smithsonian y siento cómo me hierve la sangre.
—El caso es que no veo la relación entre los dos casos —dice Doug por el auricular—. ¿Por qué crees que la hay? A Rachael Stanwyck no le han cortado el cuello, ¿verdad?
—Hasta donde sabemos, el asesino no ha tenido contacto físico con ella —respondo.
—Parece un tipo de crimen distinto…
—En ambos casos se ha empleado una tecnología de radiofrecuencia para inutilizar las cámaras —señalo—. Y por eso se fue la luz.
Explico el nexo entre Rachael Stanwyck y Wally Potter, y le advierto a Doug sobre el carácter secreto de lo que acabo de revelarle.
Era necesario que se lo contara, porque mi subdirector tiene que hacerse una idea clara de a qué nos enfrentamos.
No puede ayudarme si no lo sabe, y voy a tener que confiar en él.
—Es probable que la misma arma haya provocado la muerte de Rachael. Por eso están involucrados el Servicio Secreto y el FBI —sigo explicándole—. Debemos ser sumamente escrupulosos con la confidencialidad, no hay que decir ni una sola palabra sobre los detalles. Ni siquiera a los nuestros.
—¿Es seguro registrar el lugar? —Doug suena aprensivo. Su esposa está embarazada de su primer hijo y no quiere correr riesgos.
—Hay maneras de monitorizar cosas así. —No voy a entrar en más detalles—. Creo que lo mejor será manipular lo menos posible el cadáver aquí.
—Yo no te lo voy a discutir. Pero ¿por qué iba a hacerle daño nadie a Wally Potter? Si se lo preguntas a mi esposa, te dirá que era un encanto de hombre. ¿Qué le hizo nunca a nadie…?
—Los microrrestos tendrán una importancia crucial, porque el asesino ha estado dentro del establecimiento. —No tengo tiempo para prestar atención a las emociones de Doug—. Esa persona ha tenido contacto con la víctima, con Wally.
—Hay que embolsarlo todo. —Coincide conmigo encantado.
—La cabeza, las manos, los pies, el cuerpo entero antes de meterlo en la bolsa para restos humanos —observo—. Luego podemos tomarnos el tiempo que haga falta con el material forense y la iluminación apropiados.
No quiero que los dos cadáveres estén en la misma cámara, sala ni vehículo en ningún momento.
Le explico que vamos a mantener los dos casos completamente aislados y separados.
Por la mañana, Doug se ocupará de la autopsia de Wally Potter y yo realizaré la de Rachael Stanwyck.
No tendremos ayudantes ni material forense en común.
Ni siquiera estaremos en los mismos sistemas de ventilación.
—Quizá puedas hablar tú con Fabian —digo a modo de conclusión—. Tiene que descontaminarse antes de volver a salir. No quiero que conduzca la misma camioneta que está usando para transportar el cadáver de Rachael Stanwyck. Ya debería estar en las oficinas a estas alturas.
—Lo último que queremos es que se transfiera ADN de un caso a otro —observa Doug, y lo oigo salir hacia su coche—. Dios santo, vaya desastre de mierda.
Veo cómo Fruge y Marino conducen sus vehículos hasta la parte de atrás, donde aparcan de manera que sus faros iluminen el mercado.
—Hemos tenido desastres de mierda más que de sobra últimamente —replico, y Doug sabe a qué me refiero.
—Sin novedad en el frente occidental. Maggie y Elvin no han dicho ni pío.