Capítulo 20 #2
Dice que vinimos con la intención de ir al servicio en caso de que estuviera abierto o que hubiera alguien que nos dejara pasar.
Nadie contestó cuando llamamos, a pesar de haber gritado, llamado con los nudillos a la puerta cerrada y también a la ventana de la oficina.
Probé a llamar al fijo varias veces, pero la línea daba ocupada.
Aclaro que no tengo el número de móvil de Wally ni el de su hija Clemmy.
—Los conozco bastante bien. —Fruge busca en los contactos de su teléfono—. Antes de que me ascendieran, pasaba por aquí a menudo. —Hace la llamada—. Pero ya no vengo tanto, y ahora lo lamento. —Empieza a dar tono—. Así tenía el lugar vigilado…
—¡Un momento…! ¿Hola? —La mujer que contesta la llamada en modo altavoz está riendo.
Se oye música alta y voces de fondo. Da la impresión de que está en un bar o en un restaurante, pasándoselo en grande.
—¿Clemmy Potter? —pregunta Fruge en tono grave.
—¿Sííí…? —La alegría de su acento sureño arrastrado se tiñe de incertidumbre—. ¿Quién es?
—La inspectora Blaise Fruge de la policía de Alexandria. —Es toda una profesional.
—¡Ah! Vaya. Esto…, ¿qué tal? ¿Va todo bien? —Clemmy está un poco incómoda, parece que se ha tomado unas cuantas copas—. ¿Se ha disparado la alarma del almacén? Ay, no. Otra vez no. Mi padre está en casa. ¿Has probado a llamarlo? Porque, ya sabes, si está viendo la tele no siempre oye el teléfono…
—¿Clemmy? —pregunta Fruge mientras escuchamos en el aparcamiento del almacén a oscuras—. ¿Dónde estás? ¿Estás aquí en Alexandria?
—En Newport News, visitando a mi hermana y a su marido. Hemos salido a cenar. Estoy pasando el fin de semana con ellos. Es mi cumpleaños… —añade, sin venir a cuento, y Fruge no la felicita, gracias a Dios.
—Estamos delante de vuestro establecimiento —dice Fruge—, y la furgoneta de tu padre sigue aquí en la cochera. Me preguntaba si lo habrá llevado alguien a casa.
—¿Qué…? ¡Ay, Dios!
—¿Clemmy? Necesito que llames a Wally ahora mismo mientras estás al aparato —dice Fruge.
—¿Cómo voy a llamarlo si estoy hablando contigo? —empieza a ponerse nerviosa.
—¿Clemmy? Dile a tu hermana que llame a Wally por teléfono mientras sigues conmigo —le indica Fruge en tono sereno, aunque dándole a entender que es ella quien manda—. No cuelgues. Tienes que seguir al aparato mientras averiguamos qué pasa.
—De acuerdo. —Le tiembla la voz—. Un segundo…
Marino, Fruge y los tres agentes continúan con la pistola en la mano, apuntando al suelo, el dedo índice preparado junto al gatillo. Alumbran hacia los árboles y arbustos en flor, en busca de cualquier movimiento sospechoso, mientras el móvil de Wally Potter suena y suena de fondo.
—¡No contesta! —dice Clemmy, presa del pánico.
Oigo a su hermana exclamar, preocupada, que tienen que irse. Se arrastran unas sillas y el marido le pide a alguien la cuenta a voces.
—Debe de haberle pasado algo. —Clemmy está llorando—. ¡Ay, Dios! Si no, la furgoneta de papá no estaría todavía ahí. Tendría que haber llamado, haberme asegurado de que llegara a casa. ¡Sabía que no debía dejarlo solo este fin de semana!
—Mantén la calma —dice Fruge—. Te llamo en cuanto sepa algo más. —Pone fin a la llamada—. Vamos —le anuncia al grupo, y por ahora es ella la inspectora.
Aunque ella dirige la operación, si lo que sospecho es verdad, no será así mucho tiempo. En el caso de que hallemos lo que me temo una vez registremos el interior del mercado, la siguiente llamada que hará Fruge será al Servicio Secreto; a Lucy.
—Te diría que esperases en la furgoneta —me advierte Marino cuando empezamos a cruzar el aparcamiento—, pero no lo harías, aunque tampoco te dejaría sola, con todos esos gilipollas zumbados buscando líos por ahí.
—No pienso quedarme ahí sola. —No se lo voy a discutir.
Me detengo junto a la cochera sin acercarme a la Malibu Classic que hay dentro, un regalo de los padres de Wally cuando terminó la secundaria en 1965.
La mantiene en perfecto estado. Mandó construir la cochera por ese vehículo, y nunca omitía el detalle cuando yo hacía algún comentario sobre su magnífica furgoneta vintage.
—No parece que nadie haya manipulado el coche —observa Marino—. No hay señales de que lo hayan tocado.
Ilumina la trasera, baja y alargada, con sus luces de freno, grandes y redondas.
El potente haz de luz blanquea la pintura azul, reluciendo sobre el cromo y el cristal.
Rebusca por el suelo, está sembrado de restos vegetales tras la tormenta.
Se fija en un bidón metálico para basura, medio oxidado, e ilumina el interior.
Revisa cada uno de los que vamos encontrando.
La noche vibra por efecto de la música de las criaturas nocturnas que afinan como una orquesta.
El chirriar de las cigarras, el trinar y el piar de los ruiseñores, resuenan amplificados; las luciérnagas centellean y se apagan como si sufrieran un cortocircuito.
En algún lugar, siguiendo el curso del río, los coyotes comienzan a aullar y gañir mientras doblamos la esquina del antiguo mercado con estructura de madera.
En la trasera hay más espacio de estacionamiento y mesas de pícnic rodeadas de jacarandás que derraman flores púrpuras por todas partes.
La cámara frigorífica tiene un candado en el asa; otro indicio de que Wally había dado por concluida la jornada.
Junto a la rampa de madera que se usa para las entregas hay una puerta para peatones, que también está cerrada.
A ambos lados, las moscas corretean por las mosquiteras mientras Marino y la policía alumbran con las linternas.
Nada indica que haya alguien en el interior, vivo o muerto.
—Bueno, tiene que estar aquí —afirma Fruge—. ¿Dónde si no iba a estar, a menos que lo hayan secuestrado?
—Las moscas nunca son buena señal —observa Marino—. ¡Apartaos! —Abre la puerta con un fuerte taconazo, y nadie le impide entrar el primero.