Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 20
50%

Capítulo 20

El gentío furioso ha quedado detrás. Dejamos de verlo al continuar por la autopista, alejándonos de Raven Landing y Chilton Farms.

No hemos llegado muy lejos cuando las luces de emergencia de nuestra escolta policial se apagan, tanto delante como detrás de nosotros.

Fruge debe de considerar que no hay peligro a partir de este punto, y los cuatro coches de la policía se desvían en la siguiente intersección.

Consulto varios sitios web de noticias para ver qué nos hemos perdido en las últimas horas.

No me sorprende que el alboroto que acabamos de presenciar cope los titulares y se haya vuelto viral.

No hay nada como el asesinato y la anarquía para captar la atención de la gente; la vida de Rachael Stanwyck se describe en estos instantes como una sucesión de tramas retorcidas, espionaje y demás intrigas.

Se especula con que su sospechosa muerte esté relacionada con su trabajo en la CIA y una posible trama rusa.

Quizá haya sido un asesinato por encargo por parte del esposo del que estaba separada o por los peligrosos secretos que conocía sobre él.

O tal vez sea un crimen de odio contra su hermana, la famosa jueza, vinculado al juicio de Gilbert Hooke.

La noticia de que el Servicio Secreto está al mando de la investigación y que el FBI se ha involucrado debido a las amenazas terroristas corre como la pólvora.

Las autoridades federales relacionan el «presunto homicidio» de Rachael con el intento de atentado contra el presidente de hoy, y yo ya podría haber predicho que Bose Flagler estaría a la altura de las circunstancias.

—Nunca pierde la oportunidad de sacar tajada —continúo informando a Marino mientras seguimos la carretera en penumbra de regreso a casa—. A ver qué tiene que decir.

Pongo el vídeo de las declaraciones televisadas del fiscal. Sus largas e interesadas explicaciones se han difundido por todos los medios y redes sociales. Avanzo rápido hasta la parte sustanciosa.

«… He hablado con la jueza Chilton y, naturalmente, está consternada —dice a cámara—. Pero hemos acordado que lo primero es cumplir nuestro compromiso con la ciudadanía. Nuestra prioridad deben ser los ciudadanos de Virginia que nos han encomendado la tarea de hacer justicia…».

Está sentado tras el escritorio de su despacho, ante un fondo de volúmenes de jurisprudencia y una colección de diplomas y distinciones.

Rodeado de banderas de altos mástiles coronados por águilas rampantes de latón, parece el líder del mundo libre, y eso es lo que quiere.

Desde que se enfrentó a mí en el tribunal, ha tenido tiempo de ponerse un traje negro de raya diplomática azul, con un pin de la bandera estadounidense en la solapa.

Su camisa blanca es de puños franceses, y lleva la corbata roja perfectamente anudada.

Nos informa de que el juicio de Gilbert Hooke se reanudará mañana según lo previsto.

Luego se muestra un intercambio de correos electrónicos en los que Annie afirma que no tiene intención de inhibirse.

Está decidida a cumplir con sus deberes como jueza y promete estar en el estrado por la mañana para los alegatos finales.

Pero lo que está haciendo Flagler es, en realidad, demostrar su dominio de la situación y dejar implícito que Annie y él son aliados.

«Así pues, como pueden ver, los rumores acerca de que la jueza y yo vamos a eximirnos son falsos». Los ojos de Flagler relucen de impostada indignación. Pongo la imagen en pausa.

Hago zoom en su atractivo rostro para ver qué más aprecio, buscando el más leve indicio de pesar, una insinuación de tristeza, un destello de miedo. Pero el apuesto fiscal del estado está a la altura de su apodo y lema de campaña: «Flagler, el Infatigable, nunca le defraudará».

Se muestra firme y constante. No advierto ninguna señal de que la muerte de Rachael lo haya afectado, o le importe siquiera, mientras mira fijamente a la cámara.

«Mañana espero que el jurado inicie las deliberaciones en breve y todo siga adelante. —Está implacablemente centrado en el juicio que tiene intención de ganar—. ¿Y estas protestas que se están produciendo? Bueno, eso es inaceptable, señores…».

Con gesto dramático, se levanta de la mesa y la rodea para situarse delante, ofreciéndonos una imagen mucho mejor de toda su gloria. Se desabrocha la chaqueta del traje.

«No vamos a tolerar ningún comportamiento violento aquí, en Alexandria, ni en ninguna otra parte; no mientras sea responsabilidad mía —asegura—.

He hablado con el gobernador Dare, y si es necesario recurrirá a la Guardia Nacional.

Estamos dispuestos a encerrar a quien haga falta y tirar la llave…

», dice, y cierro el archivo en el móvil.

—Ni la más mínima alusión a que conociera a Rachael —le digo a Marino—. Suponiendo que sea cierto.

—Me da la impresión de que Lucy y Tron creen que lo es.

—Entonces Flagler es aún mejor actor de lo que creía —respondo—. O simplemente más frío y egoísta.

—Está decidiendo qué narrativa le conviene más tras la muerte de Rachael. Por eso no dice nada todavía.

—Probablemente tengas razón —contesto—. Ya encontrará la manera de utilizarla en provecho propio. Es su especialidad.

—No me extrañaría que acabe en la Casa Blanca algún día. —Marino aminora la velocidad al acercarse a un semáforo en rojo.

Justo al otro lado está el anuncio de Raven Landing que pasamos camino de Chilton Farms. La silueta se recorta en negro contra la noche como un pequeño rascacielos, y recuerdo entonces lo que ha dicho Lucy: árboles, edificios y otros objetos altos bloqueaban las transmisiones de radiofrecuencia de alta energía como las microondas.

Más o menos por esta zona fue por donde Tron y ella detectaron la señal de 2,305 GHz, antes de perderla durante más de media hora. La valla publicitaria es lo bastante grande como para haber causado interferencias. Entiendo que Lucy suponga que eso fue lo que ocurrió, pero yo no lo creo así.

—Esto no me gusta. —Miro hacia el vacío oscuro donde se sitúa Belle Haven Market, al resguardo de los árboles al otro lado de la calle; no hay ni una sola luz encendida.

—Joder, a mí tampoco. —Marino entra en el aparcamiento. La furgoneta Chevy azul vintage de Wally Potter sigue donde la hemos visto antes—. ¡Maldita sea! Esto tiene mala pinta.

Marino ya está anticipándose a la situación, preguntándose qué demonios ha pasado por alto cuando estuvimos aquí antes.

Yo pienso en lo mismo. Nos detenemos junto a la isleta de hormigón del surtidor de autoservicio.

Se me ha acelerado el pulso y vuelvo a notar el subidón de adrenalina. Marino coge el arma de la consola.

Se apea dejando que los faros iluminen los ventanales del frente del establecimiento.

Retira la manguera del surtidor de gasolina y mueve la palanca, pero no ocurre nada.

Se vuelve y me mira negando con la cabeza.

Hay un corte de energía en toda la propiedad, una situación muy parecida a la que hemos visto en Chilton Farms. Marino tiene la pistola lista, pegada al costado.

Pasea el haz de la linterna por el aparcamiento vacío, los cobertizos y las inmediaciones del bosque. Observa y escucha, cada vez más tenso. Se monta en la furgoneta y hace una llamada; esta vez Fruge contesta.

—Estamos en Belle Haven Market y tenemos que comprobar si todo va bien —dice por el móvil en modo altavoz, con un tono urgente que indica que puede haber peligro—. Se ha ido la luz. El surtidor de gasolina no funciona…

—Doy media vuelta ahora mismo.

—El apagón es general, pero el vehículo del propietario sigue aquí —dice Marino con una voz que delata una situación de riesgo—. La vieja furgoneta Chevy de Wally Potter…

—Entendido. Vamos en camino. —Fruge pone fin a la llamada, y empezamos a oír sirenas a lo lejos.

El ruido es cada vez más intenso mientras aguardamos con los faros resplandeciendo sobre el surtidor de gasolina y el almacén vacío y oscuro más atrás. Marino, con el arma en la mano, se mantiene vigilante.

—Cuando hemos estado aquí antes —le digo—, ¿estaban apagadas las luces de dentro?

—Esa impresión me ha dado —dice, y ninguno quiere creer lo impensable—.

Por eso he pensado que Wally había echado el cierre por hoy.

He supuesto que alguien lo habría llevado a casa y por eso seguía aquí su coche.

No teníamos razón para pensar que hubiera nadie dentro del almacén. Pero ya no estoy seguro.

Imagino cómo estaba todo cuando pasamos antes.

Eran en torno a las seis y cuarto cuando Marino intentó abrir la puerta con la esperanza de que el establecimiento siguiera abierto y Wally nos dejara entrar.

Ya había escampado y había luz diurna de sobra; si las luces hubieran estado encendidas, no habría resultado evidente desde fuera.

—Yo he supuesto lo mismo, que simplemente había cerrado —respondo, mientras dentro de la furgoneta oímos las sirenas cada vez más cerca.

—Cuando he pasado por delante de la máquina de hielo, en el porche, me ha parecido que había demasiado silencio —sigue dudando de sus apreciaciones—.

Me ha dado la sensación de que no funcionaba; ahora caigo en la cuenta de que el motor estaba apagado.

Todo estaba demasiado en calma. ¡Tendría que haber prestado más atención, maldita sea!

Entonces entran en el aparcamiento cuatro coches de la policía con las luces y las sirenas a pleno rendimiento.

Se detienen a nuestro lado y las apagan.

Fruge y tres agentes se bajan y cierran las puertas al unísono.

Todos llevan linternas tácticas y el arma en la mano.

Yo soy la excepción. Me guardo el móvil en un bolsillo y dejo el maletín en la furgoneta.

—La doctora y yo hemos pasado por aquí de camino a Chilton Farms, como ya sabes por mi mensaje. —Marino se dirige a Fruge.