Capítulo 19 #2
Levantamos la camilla, plegamos las patas e introducimos el cadáver en la camioneta.
Luego el vehículo se aleja hasta desaparecer por el sendero, barriendo con los focos la densa arboleda y la maleza, donde chispean algunas luciérnagas.
Me estoy quitando el equipo de protección personal bajo la carpa cuando aparece Lucy.
Cojo la chaqueta y el maletín de donde los he dejado antes y echamos a andar por el sendero hasta la furgoneta de Marino.
Él lleva los maletines de material forense; es como si alguien hubiera vuelto a activar la naturaleza.
Mientras ilumina el camino, Lucy nos explica que, al oscurecer, han retirado los dispositivos repelentes ultrasónicos.
El Servicio Secreto ha dejado de usar drones por ahora y lo están recogiendo todo.
No tardarán en marcharse, dejando que los demás hagan lo que juzguen conveniente; se refiere, sobre todo, al FBI.
Seguimos el brillante haz de luz de su linterna táctica mientras el bosque se llena de vida a nuestro alrededor.
Los búhos ululan de ese modo siniestro y las cigarras chirrían monótonamente.
Las ranas croan y las libélulas parpadean como minúsculos cuásares.
Los saltamontes frotan sus alas y producen ondas y ritmos diversos; sus sonidos casi eléctricos hacen que se me erice el vello de los brazos.
—No tardaré en volver a casa. —Lucy alumbra con la linterna los adoquines y una ranita verde se aleja a saltos del fulgor—. Entonces me pondré con el ordenador. ¿Cuándo vas a hacer la autopsia? Espero que esta noche no.
—No hay necesidad —respondo.
—Yo no iría a las oficinas ahora. Ni pensarlo —dice, como si fuera ella la más adulta—. No con todos esos indeseables furiosos y listos para liarla. Y necesitas descansar.
—Hemos hecho todo lo posible de momento y hemos recogido las pruebas que no podían esperar —respondo—. Así que, sí, me voy a casa.
—Tenemos agentes patrullando la propiedad. —Lucy alumbra con la linterna charcos que evitamos—. Estarás bien allí; necesitas comer algo y dormir. Mañana será un día muy largo.
—Me pondré con ella a primera hora de la mañana. Supongo que no hay por qué esperar ninguna interferencia, ¿verdad? —respondo, y Lucy sabe a quién me refiero.
—No de quien suele provocarlas —dice.
Consulto el móvil. No hay noticias de Maggie. Tampoco de Elvin. Pero Doug Schlaefer me ha enviado un mensaje de texto para decirme que está a mi disposición. Contesto que lo veré por la mañana. Mientras lo escribo, me llega un mensaje de Benton.
«Casi estoy en casa. Annie va a pasar la noche aquí», escribe.
«Estupendo», respondo sin perder el paso.
A la vuelta de la esquina, la entrada a Chilton Farms se ve iluminada como un aparcamiento.
Han retirado la cinta policial y desplazado una de las camionetas de transporte del Servicio Secreto para que Fabian pudiera entrar y salir.
La calle está abarrotada de vehículos policiales, incluidos más blindados BearCat, que probablemente serán del FBI.
Veo al menos una docena de agentes de la policía de Alexandria con uniforme antidisturbios.
—¿Dónde están ahora los alborotadores? —pregunta Marino cuando nos dirigimos a su furgoneta—. ¿Vamos a poder salir de aquí sin problemas?
—No te pasará nada; no vas a estar solo durante la parte más complicada —dice Lucy—. La mayoría de esos capullos han dado media vuelta. La media docena de vehículos que quedan están en el arcén de la autopista, y hay mucha vigilancia.
Dice que Blaise Fruge y otros agentes de Alexandria escoltarán la furgoneta de Marino, que abre la caja trasera y guarda los maletines de material forense.
—Ten cuidado. —Miro a Lucy, resistiéndome al impulso de darle un abrazo.
—¿Cenamos, aunque sea tarde? —sugiere con un asomo de sonrisa.
—Sé justo qué preparar —respondo.
Poco después, Marino y yo avanzamos por la carretera rural apenas iluminada.
Pienso en las empanadas de salchicha que voy a hacer en la freidora de aire y en las tortillas de queso que voy a cocinar.
Con unos Bloody Marys o sin ellos; debería haber jugo de verduras especiado y limas de sobra.
Le digo a Marino que Dorothy y él están invitados.
—Siempre y cuando no os importe dormir en el cuarto de invitados pequeño del piso de arriba —me disculpo—. Annie estará en el otro.
—Estaba pensando lo mismo. Le enviaré a Dorothy un mensaje para proponerle el plan —responde mientras las luces de emergencia le iluminan la cara—. Con la que está cayendo, más vale que estemos todos juntos.
Fruge abre paso en su Ford Interceptor. Detrás de nosotros van tres coches patrulla con las luces encendidas.
El primer punto de control es un mar de luces estroboscópicas rojas y azules.
Debe de haber al menos veinte coches de policía aparcados en el arcén.
Han montado más barreras, y hay unidades móviles de noticias; el ruido de los helicópteros es incesante.
La policía dirige el tráfico en el cruce y detiene a los vehículos para pedir identificaciones.
Los guías caninos y sus animales aguardan mientras agentes pertrechados con equipos tácticos sostienen la mirada a tipos de aspecto furibundo reunidos en torno a camionetas y furgonetas.
Algunas pasajeras ondean banderas confederadas por las ventanillas y sostienen carteles de JUSTICIA PARA APRIL .
Dana Diletti está grabando delante de su camioneta, entrevistando a una mujer joven y tatuada que me resulta familiar.
Sea lo que sea lo que está diciendo la famosa corresponsal, la mujer asiente y contesta enérgicamente a la vez que, muy alterada, señala con el dedo a la policía.
Es posible que sea una de las amistades de la familia que antes se marchó del juicio cuando lo hizo Nadine Tupelo.
A ella no la veo, pero prefiero no fisgonear con demasiado descaro.
Estoy segura de que una parte de los manifestantes estaban hoy en la sala de justicia.
Ahora van vestidos de camuflaje o con ropa táctica y llevan pistolas al cinto o rifles de asalto colgados al pecho; nos fulminan con la mirada a nuestro paso.
Veo de pasada un cuello con la bandera estadounidense tatuada.
Es el del hombre que me ha puesto la zancadilla.
Tiene ojos de loco; su rostro, curtido por el sol, reluce cruelmente ante nuestros faros.
Levanta el puño y alardea de un rifle de asalto AR-15 porque puede.
En Virginia, como en la mayoría de los estados, es legal llevar armas en público, incluidas las semiautomáticas.
—No mires a nadie —me advierte Marino cuando pasamos con nuestra escolta policial, las luces de emergencia a todo gas—. Con suerte no se fijarán en nosotros.
—Nos han reconocido, eso seguro. —Noto las miradas cargadas de odio como picaduras de insecto.